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El motivo

Publicado: 22/04/2013 en La muerte fría

Puede ser que alguien se pregunte por que he dejado la de “La muerte fría” a medias.

 

Ya no me atrae. Empecé la historia hace como 5 años y en este tiempo he madurado y el entorno ha cambiado. La historia, considero ahora que tenía un argumento muy infantil y tenía planeado un argumento que como mucho sería entretenido, pero poco más. Por eso, la historia se queda ahí. Si algún día me da por reemprenderla, la reescribiré por completo. Pues eso, espero que os guste la de 24 Lments (cuyo nombre no me convence y agradecería sugerencias).

empiezan las batallas

Publicado: 16/09/2012 en La muerte fría

Esa noche, se formaron dos grupos: los ex-soldados y los novatos. Se hicieron conocidos todos ellos. Nunca más allá, podrían enfrentarse y esa situación no sería buena para nadie. Reinaba un ambiente tenso. Unos cuantos aprovecharon las horas para rezar por ellos. En los momentos desesperados, es cuando más se confía en dioses.

Al día siguiente, los separaron en grupos de cinco personas. Joel estaba con cuatro novatos. Los encerraron a todos en una sala. Tenía unos cuantos obstáculos y parapetos. Cinco espadas estaban clavadas en el centro. Se pusieron a igual distancia de las espadas y sonó una bocina. El inicio era siempre una masacre. Cogían la espada y hacían el máximo daño posible antes de salir corriendo hacia un lugar alejado. dos personas murieron en ese momento. Joel se sentó en una esquina, sin espada, y esperó el tiempo necesario. Los otros dos estaban fijos el uno en el otro. Pensaban que había muerto en esa primera embestida. Pelearon durante cinco minutos hasta que uno atravesó el estómago del otro. En ocasiones empleaban la energía de sus armaduras para dar golpes más fuertes y para pararlos. Pocas veces hacían algo más espectacular. Cuando quedó uno, al no oír el bocinazo que indicaba el fin, giró la cabeza. Y vio a Joel, sentado tranquilamente en una esquina.

-¿Y tu que haces así? Deberías estar luchando.

-Mira chaval, yo de ti tendría un poco más de cuidado con lo que dices.

-Me importa una mierda lo que digas, vago. Deberías haber hecho algo más que quedarte sentado. Desgraciados como tu le quitais la gracia a esta competición.

-Si sigues así me enfadaré. Y yo de ti, me retiraría. Sería más sano para ti.

-Serás inútil. Y encima un esclavo.

-“EX” esclavo.-Dijo remarcando el ex hasta puntos casi imposibles.

-Como si eso me importara. Eres escoria, y nada más.

-Te lo he advertido, si dices una sola palabra más, lo lamentarás.

-¿Y que harás?, no tienes armas ni nada. Eres un desgraciado que no sabe hacer nada…

La frase quedó cortada. Y la cabeza. Joel tenía el brazo extendido, cuatro barras metálicas se extendía a lo largo de este. La punta estaba chisporroteando para dejar claro que había ocurrido. Dos metros más allá del cuerpo, cayó la cabeza con un golpe seco. La bocina sonó y se abrió una puerta, por la que Joel salió.

-Se lo dije.-Fue lo único que dijo.

Ese día ya no habría más combates. Eran muchos y los emitían a diferentes horarios, para que la gente pudiera ver el mayor número de muertes posible. Nunca se cansaban de ver gente desmembrada, asesinada de mil y una formas diferentes. Tras los cien combates del primer día, ya solo quedaban 100 participantes. Esta vez querían que los combates duraran más y que los participantes luchasen cara a cara, sin ayuda de nadie. Eran combates de uno contra uno.

Que si, que he vuelto

Publicado: 05/09/2012 en La muerte fría

-¿Y luego que pasó abuelo?

Paul sonrió. Recordó cuando Joel todavía no era el hombre crecido que era ahora, tan independiente y seguro de si mismo. Siempre le preguntaba lo mismo cuando acababa de contar su historia. Le pedía más, que había ocurrido, que ocurría y que iba a ocurrir.

-Vinieron unos años en que simplemente nos controlaron en casi todas las facetas. Tuvimos que aprender su idioma y todo. Cuando acabó la guerra, tu eras un recién nacido y hacía poco que tu padre había muerto. Tras quince años tranquilos, ya creíamos que todo iba a seguir igual. Y comenzaron las deportaciones. Un día venía una nave enorme y se llevaba un miembro de cada familia. Procuraban que fuera solo uno, para confundirles y manipularles más fácilmente. Nosotros tuvimos suerte, hemos estado juntos mucho tiempo, pero en esas naves, nadie conocía a nadie. Estaban separados todo el rato y todavía sueño con los gritos que nos ponían. Ahora ya se que eran totalmente falsos. Unos gritos grabados que sonaban día y noche, sin dejarte dormir. Lo hacían para destrozarte el cerebro. Una comida floja, falta de sueño y desorientación. Es de manual. Y ahora estamos así. Ya no sabemos que ocurrirá.

Justo en ese momento, cuando Paul hizo una pausa para seguir divagando, dos soldados irrumpieron en la estancia.

-Joel Armstrong Asimov. Has sido seleccionado para las pruebas para el Equipo Especial de Operaciones. No, no puedes rechazarlo. Debes presentarte. Ha llegado a nuestro conocimiento que tienes armadura electrónica propia, si la quieres, puedes traerla y se le hará una revisión. Si no la traes o no pasa la revisión, se te dará una para la prueba. Mañana, debes presentarte frente al Coliseo. Si no lo haces, serás considerado desertor y se emitirá una orden de busca, captura y asesinato.

-¿Que vas a hacer?-Le preguntó Paul.

-¿Que crees que haré? Iré y les enseñaré quien manda a esos engreidos. Tampoco puedor perder mucho.

-Me temo que no es así. Tu has estado fuera, pero es un sistema brutal de clasificación. No hay segundas oportunidades. Son unas rondas de clasificación a muerte. Los cinco últimos pasan a formar parte de los Equipos Especiales de Operaciones. Hay varios y cada año deben reponer miembros.

-En ese caso, lo mejor es no perder. Si voy, está la posibilidad de morir, si no, es una certeza.

Y al día siguiente, a primera hora de la mañana, estaba haciendo cola en el coliseo. Había más de cien aspirantes. Unos cuantos eran soldados que habían sido promocionados, como Joel. Otros eran unos advenedizos. Se habían entrenado mucho y, pese a no tener la misma experiencia, no eran unos enemigos despreciables. Los hicieron pasar temprano. Entre los advenedizos, reinaba un gran nerviosismo. Estaban muy seguros de su victoria. Se habían entrenado para ese momento. Entre los soldados, no reinaba nada. Era tan solo un matadero más por el que debían pasar. Ya habían visto mucho horrores en la guerra, no pasaba nada por uno más. Habían perdido casi por completo lo que se denominaría humanidad (si fueran humanos).

Hubo una inspección rápida. Muy rápida. Había más de 1.000 concursantes y se tenían que inspeccionar todas las armaduras. Joel no tuvo problema, pero no así unos cuantos advenedizos, que habían modificado sus armaduras y no podían pasar con ellas. Una vez dentro, les dieron un pequeño refrigerio. No gran cosa, no querían que vomitaran en mitad de la prueba, pero tampoco que se desmayaran por no comer. A las dos, comenzaron las pruebas.

El coliseo era un lugar muy diferente. Por fuera, era una gran cúpula, casi perfecta. Por dentro, era totalmente funcional. Había unas cuantas filas de asientos para las personas más influyentes, pero nada más. Todos los eventos que se hacían se retransmitían por televisión de pago. Eran televisores holográficos, así que la gente no se perdía detalle. El interior era totalmente personalizable. Desde un vaciado completo para batallas navales en el interior hasta miles de pequeñas celdas para combates entre dos participantes, una gran pista de carreras… Todo lo que se le pasara a alguien por la cabeza podía hacerse. Y bastantes cosas más también.

La primera prueba eliminaría a la mitad de los concursantes. Consistía en una carrera. Habitualmente eran solo combates, pero era un año con una gran afluencia de participantes y no podían hacerlo así, la gente se cansaría de tanta carnicería. Todo el mundo se cansa de algo si se repite indefinidamente. El hecho de que la pista midiera tres kilómetros en línea recta y que todos los participantes tuvieran un metro de espacio puede dar la sensación de que el espacio era enorme. En realidad, era todavía más enorme y quedaba un gran espacio a los lados.

-Tres, Dos, Uno. Adelante.

Todo el mundo comenzó a correr. Salvo uno. Joel. Este se giró y preguntó al que daba la salida:

-Oiga, se puede usar la armadura de energía, ¿no?

-Hombre, en el reglamento no dice nada, pero…

-Me vale.

Y apareció en la meta en un parpadeo y la cruzó tranquilamente andando. Parece ser que a nadie más se le había ocurrido que se podía emplear. Estaban más centrados en demostrar su potencia física y seguir las órdenes literales que en buscar alternativas. Hubo grandes discusiones acerca de si lo que había dicho se podía hacer, pero al final, decidieron que no había nada en contra y que si se podía hacer, así que pasó de ronda como el primero. Debían recolocar todo para formar las arenas de batalla, así que los participantes se quedaron a descansar. Ese día no se había emitido por televisión, ya que a nadie le interesaba ver la carrera. Querían ver como se masacraban entre ellos, nada más. Los participantes que pasaron, se quedaron a dormir en el estadio. Los que no, los dejaron para el año siguiente. Una masacre de tanta gente (en concreto, 563 personas) por  haber perdido una carrera tal vez era demasiado.

De vuelta

Publicado: 27/07/2012 en La muerte fría

Joel se quedó en la ciudad el tiempo  suficiente. Leía la prensa para enterarse de la situación política y económica, además del estado de la guerra.  Aprovechó un viaje barato que encontró por internet y fue a una ciudad que estaba cerca del frente y volvió con sus compañeros. No le ocurrió nada especial. No siempre  tienen que ocurrir cosas interesantes cuando uno está fuera.

Una vez estuvo en su sitio, fue a ver al comandante y le contó lo que sabía. Tan solo tres meses después, la guerra terminó. Joel recibió una medalla por todo su trabajo y se le dio una semana de permiso. La disciplina era muy férrea y no se podían tomar descansos.

Aprovechó esa semana para visitar a sus compañeros de clase y a Paul, quien le contó nuevamente su historia.

 

“Esta vez  fue algo más grande lo que nos prepararon. Empezaban a estar hartos. de nosotros, del poder que estábamos consiguiendo. Nunca iban a permitir que alguien tuviera más poder que ellos. Jamás. Decidieron que lo mejor, era destrozarnos en lo más hondo. De una forma muy literal. Seis equipos de sus mejores soldados aterrizaron en la Tierra. Cada cual cogió una de las seis entradas al núcleo, a la sala de mando. Dio la casualidad de que estaba de guardia en un puesto por una acción que había hecho que no viene al caso. Nos atacaron por detrás, con la guardia baja. Antes de que pudiéramos dar la voz de alarma, dos guardias habían muerto y el tercero tenía una espada clavada en su estómago. Luchamos lo más fuerte que pudimos y, finalmente, vencimos. Pero el grupo de guardia era de veinte personas, el de asalto solo tenía a cinco y terminamos vivos tres. Pero finalmente los otros grupos entraron y liquidaron a los que se habían quedado en el interior. Les advertimos y el personal más valioso, los técnicos, pudieron salir. Sin embargo, destrozaron los controles totalmente.

Tres eso, creímos que todo se había terminado, pero no. Enviamos a los técnicos al interior. Y el conducto explotó. Fue en el interior, así que no sabemos exactamente que hicieron, pero explotó. La tierra nunca más se movió. Tras eso, sembraron las ciudades de bombas y enviaron a su ejército al completo. No veíamos el sol provisional frente al que estábamos orbitando. Nos rendimos. Todos nuestros órganos de gobierno fueron desmontados y pasamos a depender de ellos en absolutamente todo. Nos barrieron de un plumazo del mapa. El resto de propiedades que teníamos estaban infestadas de agentes dobles y se pasaron a su bando. No pasaron ni 24 horas.

El resto, ya lo sabes. Nos explotaron hasta que no pudieron más y luego empezaron las recogidas de esclavos. La tierra se llenó de esclavos, esperando a ser deportados. A tu abuela y a mi se nos llevaron en distintas remesas de esclavos, así como a todo el mundo. Nadie conocía a nadie y te torturaban psicológicamente para hacer lo que quisieran ellos.”

Post batalla

Publicado: 02/07/2012 en La muerte fría

No, Joel no se iba a rendir. Quería honrar la memoria de su padre, hacer que se sintiera orgulloso allá dónde estuviera. Quería luchar con todas sus fuerzas, pero no por si mismo, sino por su padre. Y lo hizo. Luchó por sobrevivir, por mantener la cabeza en su sitio y por levantarse. Estaba agotado y tenía cortes por casi todo el cuerpo, pero se levantó.

Flexionó sus rodillas y sus manos. Notó todas sus extremidades y comprobó que funcionaban. Tras eso, se dio cuenta de que estaba  boca arriba y que no oía nada. Debido a que se había acabado la batalla o a que estaba sordo, eso no lo sabía.

Joel se dio la vuelta. Dobló una rodilla y la clavó en el suelo. Se levantó con los brazos como pudo. Todo el cuerpo le pedía que parase. Dobló loa otra rodilla. Ya estaba a cuatro patas, un paso más cerca a estar de pie. Con un último esfuerzo, puso el pie en el suelo embarrado de sangre. Era una mezcla asquerosa, pero suficientemente firme como para no resbalar. Luego el otro. Usando su espada cómo bastón se puso de pie y miró a su alrededor.

Vio cientos de miles de cuerpos por el suelo. Muchos estaban desmembrados. Tenía una mano tocando su pie. Sólo la mano. Una manada de cuervos estaba posada en un gran montículo de cuerpos, pero no le prestó atención. Había muchos muertos. Demasiados.  Joel buscó por los alrededores. Ahí estaban los compañeros que le habían acompañado en su incursión. No sabía el nombre de ninguno. No sabía ni de dónde eran. Se dio cuenta de que mo sabía nada de ningún soldado, todos eran unas caras anónimas, de las que ni se había preocupado en conocer el nombre. Gente olvidada en un campo olvidado, muertos en una batalla más entre otras muchas.

Estaba a punto de llorar por todos esos muertos, pero vio algo. Al fondo, había un grupo de personas. Estaban revisando los cadáveres, buscando superviviente a la masacre. No parecían de los suyos, así que lo mejor sería que no le vieran. Se dio cuenta de que era curioso, pero todas las especies que había encontrado y que eran inteligentes, tenían forma humanoide, con pulgares oponibles, dos piernas…

Debía pensar rápido, no podía dejar que lo cogieran o lo matarían. O lo usarían como rehén. Teniendo en cuenta el alto mando, no sabía cual de las dos opciones era peor. Vio los cadáveres de sus enemigos y supo que debía hacer. Era desagradable, pero no tenía otra opción. Quitó la ropa a uno de los cadáveres y se quitó la suya. Se puso la ropa del enemigo y corrió hacia el grupo explorador.

Una vez cerca comenzó a gritar para llamar su atención. Había aprendido un poco de la lengua de esa especie mientras estaba en el planeta. Los comerciantes siempre buscan su provecho y era útil saber hablar la lengua nativa para que no te estafaran. Finalmente, le vieron y corrieron hacia el.

-¿Que te ha ocurrido?

-Un soldado todavía vivo. Me engañó y me atacó. Ayuda.-Tras esto, se derrumbó en el suelo. No podía hablar más sin descubrir su tapadera.

Oyó como decían que debían llevarlo a un hospital a curarlo. Discutían sobre si era prudente. Tras un poco de comedia por su parte, con gemidos bastante exagerados (aunque no del todo) lo llevaron a un hospital. Su estancia allí se le hizo muy rápida. Solo comía, dormía y bebía. Ocasionalmente le hacían pruebas para determinar su estado mental. Joel nunca habló. Demostró estar bastante lúcido, pero nunca soltó una palabra. Finalmente, los doctores lo achacaron a un trauma causado por el ataque recibido y le dieron el alta. No tenía nada, ni tarjeta identificativa (que se había asegurado de esconder) ni objetos personales. Nada. Le dieron un par de mudas limpias y recibió una ayuda del gobierno, bastante pequeña debido a que eran tiempos de guerra. Finalmente, lo soltaron en medio de una gran ciudad al estilo medieval, con casas de piedra, murallas y hasta un castillo.

Joel estaba aturdido. Estaba tendido en el suelo. Estaba cansado. Estaba cubierto de polvo y sangre. Estaba furioso. Y, por supuesto, estaba inconsciente. Tras tantas hostias, había perdido el sentido y rondaba por el país de los sueños. Habitualmente soñamos con lo que hemos hecho ese día, pero en ocasiones extremas, podemos soñar y recordar pasajes que nos puedan ayudar.

Joel recordó otra parte de la historia de su abuelo. Recordó el suceso más dramático, la muerte de su padre en la guerra.

Soñó que estaba junto a un fuego que no tenía llama, sentado en una silla que no existía, mirando a su abuelo, de quien comenzaba a olvidar la cara. La calidez del fuego del sueño era tal que lo llevó más cerca del abismo de la muerte. Un paso más cerca de ser uno de los mucho cadáveres que poblaban el campo en que realmente estaba tendido. Soñó y recordó la historia de su abuelo como siempre se la había contado. Él no había estado con su padre cuando murió. Recordaba su pelo, negro azabache, sus ojos, de un azul penetrante, su porte antes de marchar. Y nada más. No habían intimado. No habían tenido tiempo. Tenía una foto suya, perdida en un montón de escombros de su casa, que también estaba perdida en algún lugar del espacio profundo. Su padre, que le había dejado tan solo una carta, algo que ya no se hacía en esos tiempos. Los caminos que escoge la mente para las situaciones son realmente extraños, insondables e insólitos. Pocas veces podemos comprenderlos, pero son los caminos correctos.

Su abuelo siempre le decía que había tenido un padre estupendo. Sabía moverse entre multitudes, tenía grandes aptitudes de mando y no era ambicioso. En las situaciones difíciles sacaba sus mejores cualidades.

Había sido un día lluvioso y todo estaba cubierto de barro. El cielo seguía oscuro cuando ocurrió. Lo habitual para ese tipo de personas es una muerte honorable, en medio de una lucha o por una cuestión de honor. Seguía siendo una muerte, bastante dolorosa, pero es el tipo de muerte que proporciona el tipo de inmortalidad que dan las palabras y los hechos. Sin embargo, con su padre no había sido así. Paul le había contado que iba en un escuadrón de reconocimiento. Una nave enemiga pasó por encima y soltó una bomba encima suyo. Tres compañeros sobrevivieron al ataque. De su padre, se pasaron una hora recogiendo los trocitos que había dejado la bomba. Más de uno decía que, en cuanto vio la bomba, apartó a quienes estaban a su alrededor y uno aseguró que le habían empujado. En medio de la explosión, se oyó un grito desgarrador.

Joel no supo más de su padre. Por acuerdo de todos, incineraron los restos de su cuerpo y los lanzaron al espacio, al polvo estelar del que viene toda la materia y al que, algún día, volverá. Su madre recibió una simple nota contándole lo sucedido. Siempre envían esas notas, pero son totalmente inútiles. Si alguna vez recibes una, te golpean con la desgracia en todo el estómago, sin amortiguar, con causas y razones frias que no sirven para nada. Es el lado que nunca se ve de la guerra y el que nunca se quiere ver. Y cuando lo muestran, nunca es lo suficientemente doloroso. Se muestra lo que dicen, las reacciones, pero los sentimientos que había antes por esa persona, todo el afecto y el vacío que deja no se pueden representar en ninguna línea, en ningún parlamento ni en ninguna metáfora o símbolo. Es un vacío total, una ausencia enorme.

Joel estaba determinado a honrar a su padre. Todo lo que recordaba de él era narrado, lo que le habían contado, pero de momento le bastaba. Joel  abrió los ojos y se movió ligeramente. Estaba vivo. Todo le dolía de forma indescriptible, pero al menos estaba vivo. Trató de levantarse y le fallaron todos los músculos. El sonido de fondo de la batalla había terminado. Dejó pasar un tiempo, descansó unos minutos y volvió a intentarlo. Tambaleándose, sin tener estabilidad, consiguió levantarse. El campo estaba sembrado de cadáveres y resbaladizo, pero se levantó. Le dolía todo, y aún así se levantó. Empleó todas sus fuerzas y se levantó. Y estaba feliz por estar de pie. Y vio que no estaba solo. Quedaba un pequeño grupo de desconocidos, soldados enemigos que pasaban por el campo de batalla recogiendo despojos, rematando a los vivos enemigos y ayudando a los amigos.

Y sigue la cosa

Publicado: 02/05/2012 en La muerte fría

Tras su hazaña, el ejército avanzó posiciones. Habían conseguido romper el frente y el rumbo de la guerra había cambiado. Finalmente, habían llegado al final de la guerra. Habían decidido que la guerra se iba a finalizar de forma clásica: una gran batalla campal, con mente y fuerza unidas. Disparos y  espadas juntos, escudos de metal y campos de fuerza codo con codo, flechas y balas en unión. Habían planeado la batalla durante semanas, hasta el más mínimo detalle.

Salvo uno. El tiempo. El imprevisible tiempo.

Los nativos lo conocían mejor, sabían combatirlo y sabían aprovecharlo. La batalla por el control del planeta comenzó en pleno vendaval. Rachas de viento de 130 Km/h sacudían las tropas de ambos ejércitos. Los nativos iban sin escudos, reduciendo su superficie de contacto. Sin embargo, Joel y los suyos tenían los escudos preparados. Cada cinco minutos, un soldado salía volando. Si contamos con que estaban al borde de un acantilado, hacia el que soplaba el viento, hubo muchas bajas estúpidas.

Y la batalla comenzó. Joel no estaba precisamente en primera línea, tenía cinco más delante suyo. En el choque inicial, la fuerza combinada del viento y los golpes mandó las tres primeras líneas a tomar por saco. Los enemigos también, no eran inmunes. Joel se encontró con que tenía que entrar rápido en la batalla. Era muy distinto a cómo había luchado hasta ahora. Los compañero podían proteger los flancos, y tu los suyos, tenías menos movimientos y era mucho más caótico a su manera. El viento desequilibraba a Joel. El escudo recogía demasiado viento. Optó por la solución rápida: tirar el escudo y coger otra arma. Sin embargo, seguía siendo muy dificil. En una de estas, se agachó y golpeó. Viendo que así el viento no le dificultaba las cosas, optó por seguir agachado.

La batalla avanzaba favorable al bando de Joel. Tenían más hombres y con mejor entrenamiento. Hacía rato que la munición arrojadiza se había acabado a ambos bandos. O eso creían. Joel recibió un flechazo en el hombro. Ya estaba agotado, llevaba luchando casi media hora, sin dejar de moverse. Entonces comenzó la lluvia de proyectiles. Los nativos habían asaltado un fortín de aprovisionamiento del bando de Joel. Comenzaron a llover proyectiles encima suyo. De todo tipo, tanto explosivos como sólidos, proyectiles que soltaban venenos… Entre las filas de Joel había una matanza indiscriminada. La confusión se apoderó del frente. Y el frente cayó.

Joel sentía mucho dolor en el hombro en que le había golpeado la flecha. Tenía un trozo de acero en el hombro que le impedía mover demasiado el brazo. Y la confusion general le afectó. No directamente, sino con una estampida de soldados que le dificultaban todavía más moverse. Recibió un corte en la pantorrilla. Primero sintió frio. Mucho. Al momento, una sensación húmeda y caliente que bajaba por su pierna. Y otro golpe en el pecho. Era tan solo superficial, no sangraba. Con un solo golpe, Joel acabó con el enemigo que tenía enfrente y, a base de dar hostias a los que tenía alrededor, reorganizó una pequeña parte del frente. Todos ellos comenzaron a masacrar a la línea enemiga. Uno a uno, los enemigos caían. Joel estaba cansado, dolorido, le costaba andar, y siguió adelante. Recibió un corte en la mejilla de una lanza, que rompió. Todo el grupo comenzó a adentrarse en territorio enemigo.

Y tan solo entró el grupo. Pocos soldados. Estaban totalmente rodeados por las tropas enemigas en cuanto se dieron cuenta. No podían volver atrás, ya que había un grupo de soldados fuertemente armados. Tampoco se rendirían, no habían aprendido a hacerlo y contravenía las normas. Estaban sentenciados a muerte.

Joel y su bravo grupo lucharon todo lo que pudieron, pero uno a uno fueron cayendo, hasta que quedó Joel solo, en medio de un corral de gente. Una cosa dura golpeó a Joel en la cabeza. Joel se derrumbó todo lo largo que era en el suelo. El cansancio acumulado le invadió el cuerpo. Luchó por ponerse de pie, por seguir luchando, por sobrevivir y poder ver a Paul, a Idemara y a los amigos que había hecho, pero su cuerpo no respondía. Era bastante irónico que el ejército por el que había luchado, ayudado y muerto no se acordara de el. Ni siquiera rescatarían su cuerpo, sino que bombardearían el área con bombas incendiarias y todos se convertirían en cenizas en un planeta extraño, fuera de casa. Sus familiares ni siquiera sabrían que había sido de ellos. Joel se dejó llevar por la negrura que ya le había invadido.

Exercitum

Publicado: 27/04/2012 en La muerte fría

Hacía ya un tiempo que había salido del planeta prisión. Tras salir, lo habían llevado a unos barracones y lo habían entrenado. Ahora estaba en una trinchera, perdido en un planeta por conquistar. Tan solo era un soldado raso. Habitualmente, no solían luchar con armas de largo alcance, sin embargo, en este planeta las habían desarrollado y era algo imprescindible.

-¿Oye, sigue ahí ese maldito francotirador?-Le preguntó su compañero.-Haz que salga, anda, que yo lo liquidaré.

En medio de un montón de palabras entre murmullos, Joel cogió su casco, lo rellenó de telas y lo puso en un palo. Lo levantó por encima de la trinchera y lo agitó un poco para llamar la atención. Una bala atravesó el casco de parte a parte. Justo en el mismo momento, una bala atravesaba la cabeza del francotirador.

-¿Cuanto tiempo llevamos en esta trinchera de mierda?

-Siete meses . Pero claro, tu eres nuevo. Tranquilo, te acostumbrarás.

-Lo dudo. Por cierto, si su comandante muriera, se tendrían que rendir, ¿no?

-Hombre, si, pero su comandante está muy protegido y nunca sale a descubierto.

-Vale, eso es todo lo que necesito.

Joel saltó por la trinchera. Había tenido que dejar su armadura de energía y llevaba una simple cota de malla para proteger un poco si era necesario. Los disparos comenzaron a lloverle. Joel dejó de pensar. Hizo zigzag, cambiando sin sentido su ruta. Sus compañeros le cubrían, había más tiros en un día que en el resto del mes. Finalmente, llegó un momento insoportable y se escondió un minuto. Se volvió a lanzarse a lo kamikaze. Los disparos le pasaban rozando. Pero el campo intermedio no es ilimitado y, finalmente, llegó a su objetivo. Saltó a la trinchera, justo en medio, con su espada desenvainada. Había tres soldados en ese trozo de trinchera.

-Os diría buenos días, pero tengo un poco de prisa.

Dos de ellos cayeron justo al acabar la frase. Al tercero, lo agarró del cuello y le preguntó:

-Dónde está el más alto cargo de esta trinchera.

-Todo recto y en la primera bifurcación a la derecha.

-Mientes.-Dijo apretando más fuerte en su garganta.-Te lo voy a decir una vez más: ¿Dónde?

-Ve hacia la derecha. Coge la tercera trinchera hacia la izquierda y luego la primera a la derecha. Hay dos soldados. Por favor, déjame ir.

Y Joel lo dejó ir. En medio de la tierra de nadie. Recibió tres disparos antes de poder ponerse de pie. Durante su camino, Joel encontró varios soldados rasos. Todos cayeron. Una vez llegó al lugar indicado, había efectivamente un par de guardias. Totalmente decidido avanzó hacia la puerta. Por supuesto, los soldados no le dejaron pasar.

-No tienen ninguna autoridad para detenerme. Traigo órdenes del mando central. Si no se apartan de su camino, van a tener que responder ante un tribunal militar bajo pena de muerte o cosas peores. Apartense. Ahora.

Y entró sin más complicaciones. Una vez dentro, cerró la puerta.

-Bueno bueno, que tenemos aquí.-Dijo el comandante.

-Su rendición incondicional.

-¿Disculpe? He oído lo que les decía a los guardias y estoy seguro de que esas no son las órdenes.

-No se preocupe por eso. Era una mentira. No esperaba que fuera tan fácil llegar desde el otro lado de la trinchera hasta su cubículo. Ahora, me va a acompañar. O le reviento la cabeza.

-¿Y que le hace suponer eso?

-Que yo he atravesado un maldito campo, en medio de una lluvia de disparos, he dejado medio vacía su trinchera y he llegado hasta aquí entero, mientras que usted se ha dedicado a estar sentado, rascándose la barriga durante años. Soy más fuerte que usted.

-¿Lo será más que mis guardias?

La puerta, que había estado soportando continuamente golpes, cedió y cayó al suelo. Los dos guardias entraron a saco dentro de la habitación. El primero levantó la cabeza y recibió la espada de Joel directamente en el cuello. Antes de que el segundo pudiera reaccionar, Joel le había disparado con una pistola que había “encontrado” por el suelo entre ceja y ceja.

-Antes de que intente llamar a más guardias, le advierto que a mi me da igual su propia vida. Intente salvar la de sus soldados.

-¿Para que? ¿Para que los conviertan en esclavos? No pienso ceder. Usted caerá. Puede llevarse a cuantos soldados quiera a su apestoso planeta o de donde quiera que sea. La esclavitud no es una opción.

-Voy a contarle una cosa, señor. Yo mismo fui un esclavo. Aquí, donde me ve, soy un hombre libre. Casi todos los que son de mi planeta, también son esclavos. Si no se rinde ahora, su planeta entero será destruido. Y me refiero a literalmente. Tendrá suerte si todavía queda un poco de polvo flotando por el espacio. Todo lo que apreciaba será destruido, volatilizado. A cambio, le pido una rendición. Todos estamos hartos de esta guerra, yo el primero. Tal vez, y solo tal vez, la esclavitud sea mejor que la libertad en un estado permanente de guerra, destrucción, sin hogar, vagando por el espacio cuando apenas habéis arañado su superficie. No le gustaría, verdad. No cejarían en su empeño. Si usted no se rinde, no pararán hasta haber aniquilado a toda su especie. No quedará nada. Todos vuestros registros y esperanzas de pasar a la historia serán borrados. Vuestra existencia habrá sido en vano. Perdurad, no como entidad física, sino como pueblo. Tal vez algún día su especie caiga. Siempre ha habido rebeliones de esclavos y han terminado mal. Además, cuando un imperio se expande en exceso, es inevitable: topa contra otro imperio, tan o más grande que ellos. Ese sería el momento. De todas formas, le aconsejo que se rinda, porque lo que le he descrito, es el escenario más bello posible. Una aniquilación total puede parecer algo deseable si supiera lo que pueden hacerle. Hace poco más de cuatro meses, yo estaba en una cárcel. Le gustará saber que fue por atacar a un hijo de un alto mandatario. Ahora no voy a a esperar su réplica, no tengo tiempo para una batalla verbal. Como intente decir alguna palabra, le vuelo la tapa de los sesos.

Joel se llevó al comandante por todo el campamento hacia la bandera. Los soldados no se atrevían a ponerse en su camino. Finalmente, llegaron a un pequeño círculo que tenía la bandera. Pese a que había empezado a llover y el suelo estaba embarrado, había dos soldados haciendo guardia. Levaron la bandera blanca en señal de rendición.

El el campamento amigo, el capitán general había visto la bandera blanca. El compañero de trinchera de Joel le había puesto en antecedentes de todo lo que había hecho.

-Creo que este tipo va a conseguir un ascenso. O eso, o que lo maten.

Y se acabó el desierto

Publicado: 22/04/2012 en La muerte fría

Sería bonito relatar todas las aventuras que les ocurrieron. Los ataques de bestias, las difucultades con los suministros, los ataques de bandidos y otros concursante, las frías noches a la intemperie, el sol a abrasadoras temperaturas, usando la energía que tuviera para no morir por la radiación…Sin embargo, eso lo dejo a criterio del lector, que rellene este hueco con su imaginación.

La cuestion es que finalmente llegaron a su destino. Había una fortaleza  en el polo norte. Exactamente en el polo norte. En realidad no era gran cosa, tan solo cuatro paredes de piedra y grandes depósitos de suministros y almacenes para los objetos personales de los condenados. También había varias habitaciones. Una vez a la semana, una nave se acercaba a la base y se llevaba a los que habían cumplido condena. Normalmente nadie volvía, no tenían ganas de pasar otra vez por la misma experiencia. Sin embargo, si alguien volvía, era fusilado nada mas llegar.

Tuvieron un día de descanso hasta que llegó la nave.

El depósito

Publicado: 21/03/2012 en La muerte fría

Había un pequeño túmulo en el paisaje. A primera vista parecía que estuviera a unos cientos de metros, aunque, tras andar un poco, seguía pareciendo estar a la misma distancia. Y así casi todo el rato. Tardaron todo el día en llegar y más de un cuarto de hora en encontrar la entrada. Finalmente, un agujero se abrió en la arena. Joel se asomó por el para ver que había. No veía nada, salvo una escalerilla de mano enfrente suyo. Bajó por ella. Ahora que no tenía la luz en la espalda y que se había acostumbrado a la oscuridad, podría ver claramente el depósito.

Una inmensa cúpula se extendía encima suyo en una negrura casi total, solo rota por la ténue luz que entraba por el boquete. Tres inmensos depósitos cilíndricos se alzaban enfrente suyo. Estaban cubiertos de arena y parecía haber muchas telarañas. No era por el abandono, sino que se debía a que medían cerca de cuarenta metros de alto y no había necesidad de limpiarlos. Encendió las luces al encontrar un interruptor y se iluminó la caverna. Era redonda, de piedra y daba escalofríos. Había huesos humanos por el suelo, no eran muchos, eso si, pero los había. También había un hoyo considerable bajo la escalera, probablemente debido a las caídas que había sufrido a lo largo de los siglos. Era algo antiguo, decrépito y tenebroso. No se había tocado durante cientos de años más que para rellenar los depósitos. Estos tenían una cubeta debajo. Si presionabas el botón, caía un plato lleno de comida, una cantimplora o el suministro aleatorio.

Comió casi toda su ración. Se guardó una pequeña parte en previsión de no encontrar un depósito en un tiempo. Gastó el mínimo posible de agua, para ahorrar lo que pudiera. En cuanto al suministro, le tocó una mochila aislante, en la que guardó el agua, la comida y todo lo que se pudiera pudrir con el calor. Durmieron en la caverna y salieron de mañana a localizar otro túmulo en que hubiera comida y bebida. Era mejor no correr riesgos.

Tras tres horas bajo el sol inclemente, Joel tenía los brazos rojos como un cangrejo. No sabía como podía llevar tantas cosas encima. Dos mochilas y su armadura eléctrica: Parecía un personaje de videojuegos.

Hubo un pequeño temblor en el suelo y Ficino se lanzó al suelo, cubriéndose con las manos.

-¿Que haces?

-Bueno, creo que Eso te lo explicará.

Y Joel miró adelante y lo vio. Una cobra real se alzaba ante el. Y sobre el. Y detrás de el. Obvia decir que era realmente grande y, como todos los animales grandes, su piel era muy dura.

-Detecta el movimiento. O eso creo.

-Pues hasta donde yo se, detectan el calor. Claro que con este sol, la diferencia debe ser nimia. Bueno, creo que necesitamos un poco de carne. ¿Te gusta la carne de serpiente?

-Tu estás loco. Por lo menos, deja aquí las mochilas. Si te come, me lo quiero quedar.

Antes de que terminara de hablar, Joel había llegado hasta la cabeza de la serpiente. Seguidamente, le clavó su daga en los ojos, dejándola ciega de vista. La serpiente se agitó y lanzó a Joel a varios metros de distancia. Joel se preparó para la embestida de la serpiente. Claro que una cobra de doce metros tiene bastantes más recursos que lanzarse a la desesperada. El medio hostil le había proporcionado otras habilidades. Un escupitajo con más veneno que saliva salió disparado de su boca. Joel se apartó justo a tiempo. Un pequeño lagarto que no se había podido apartar lo recibió de lleno y se disolvió, quedándose en los huesos.

Joel concentró energía en la hoja de su daga. Lo que pudo, y nada más. Corrió esquivando los escupitajos, que caían como meteoritos a su alrededor y le clavó la hoja. Al principio no pasó nada. Más tarde, el cuerpo se convulsionó, confundiendo la descarga eléctrica con un impulso eléctrico y se derrumbó.

-Venga Ficino, nos vamos. No creo que la carne ya cocinada de serpiente se muy buena.

Joel y Ficino se dirigieron hacia donde indicaba su brújula que estaba el norte.

La serpiente se levantó y se lanzó hacia ellos. Joel se lanzó hacia el lado en cuanto oyó el ruido. Nuevamente fue a por la cabeza, que era el punto más vulnerable. Ahora, la hoja estaba caliente. Muy caliente. Sin embargo, falló y no le dio en la cabeza, sino que la clavó un poco más abajo, en el cuello. Entre su peso y el calor de la hoja, fue bajando, abriendo la serpiente en canal. Mientras bajaba, Joel envió impulsos eléctricos para mantener el cuerpo quieto y que no lo aplastara.

-Jodido bicharraco.-Dijo al llegar al suelo.-No me pensaba que sus impulsos nerviosos fueran tan fuertes.

Ficino tenía la boca abierta de par en par. No entendía que acababa de pasar. Ese era el animal más peligroso de cuantos había en el desierto. Que el conociera, ya que era muy probable no salir vivo de un enfrentamiento con uno de ellos. Joel cortó dos tiras de carne, que puso en la mochila.

-Que, ¿nos vamos?