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Aquí todas las entradas de Elementum: Cólodin y Kailey, recopiladas. De principio a fin. Tened en cuenta que falta revisarlo.

 

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-Soldados, hacedle lo que queráis, ya sabéis lo que ha hecho hasta ahora. Conoceis todas las crueldades que ha llevado a cabo. Pero esa ampolla la quiero entera. Que no se pierda ni una gota.

-No te preocupes por eso, no se perderá una gota.

Cólodin se clavó la aguja en el brazo. Vació su contenido en un abrir y cerrar de ojos. Cólodin la dejó caer al suelo y sonrió.

Con una mueca en la cara, cayó al suelo. Se miró el brazo. Unas finas líneas negras comenzaron a aparecer en su mano. Rápidamente se extendieron al resto de su brazo. Cólodin gritó de dolor. Kailey no le había visto gritar así ni cuando se arrancó la lanza el último día. Estaba gritando de verdad. Era como si el brazo le quemara. Su grito se fue distorsionando. Al principio, era humano, pero poco a poco se fue volviendo más animal. A medida que el negro de su brazo avanzaba hacia arriba, gritaba más y más, y se parecía más a un animal. Hasta que el color negro llegó a su cabeza. Había ido directo hacia allí. No se había extendido hacia abajo, solo hacia arriba.

Ahora, el negro le cubría media cara. Y había dejado de gritar. Cólodin se levantó. Esta vez, era seguro que no era él. Movió el brazo ennegrecido un poco. A una cuarta parte de la tropa, una especie de araña de hielo les salió de sus entrañas, destrozándoles desde dentro. Arrancándo la armadura a trozos. Casi todos los soldados comenzaron a vomitar. Pocos pudieron terminar. El vómito se les congeló en la garganta, sin poder salir ni dejándoles entrar aire. Cayeron asfixiados al suelo. Los pocos soldados que todavía estaban vivos salieron por patas. Un enemigo que es capaz de hacer eso no lo puedes vencer. Nunca jamás.

El gran ejército del rey se havía visto diezmado en menos de dos minutos. Cólodin no se había ni movido. No había avierto la boca. Simplemente, estaba ahí de pie. El caballo en que el rey estaba se convirtió en una estátua de hielo y se deshizo en miles de piezas. Entonces Cólodin avanzó. Parecía una bestia salvaje. Kailey le había tapado los ojos a Flora. No tenía por qué ver la carnicería que aquello era.

Cólodin se acercó al rey y, agarrándole del cuello, lo levantó al cielo.

-Adelante, mátame. Otra víctima más. ¿Que te importa eso? Solo soy otro más de todos los que has matado. ¿Acaso sabes toda la gente que has matado? Nunca los has contado. Tu solo vas adelante. Una muerte más, otro pago para tí. ¿Me equivoco? Para tí las vidas humanas son tan solo números. ¿Qué te hace diferente de mi? Ese poder, ¿sabes para qué lo quería? Para defenderme de tí. Todos los reyes de este mundo te temen y admiran. Todos se unirían contra tí si supieran que pueden vencerte. Pero no lo hacen porque son unos cobardes. Mi úico objetivo durante todo este tiempo has sido tú. Tú y tus asesinatos, tus batallas. El inmortal Cólodin. El invencible. El bárbaro. El asesino. ¿Crees que hacías el bien? ¿Crees que tus acciones han ayudado a la gente? No. La gente aquí quiere a sus reyes. Los respeta. Los ama incluso. Liberanto a la gente de sus gobernantes tan solo has hecho que líderes sedientos de guerra suban al trono para evitarte. Para proteger a su gente de tí. ¿Realmente pensabas que no queríamos a nuestro pueblo? ¿Quien nos haría la comida? ¿Quien nos defendería? Nosotros no somos nada sin el pueblo y el pueblo no es nada sin nosotros. Yo era un buen rey. Aplicaba mi idea de bondad, así como tu has aplicado tu idea de bondad. Somos iguales en realidad.

-He matado a 428.631 personas exactamente.

Y una gigantesca estaca de hielo lo empaló. Tras unos últimos estertores, se quedó quieto.

Cólodin, o mejor dicho, lo que ahora era Cólodin, se dirigió hacia Kailey. No parecía que fuese a decirles algo. Kailey puso a Flora detrás suyo y se preparó. Tal vez tendría que luchar. Cólodin tenía el brazo en negro cubierto de escarcha. Lo lanzó hacia Kailey.

Se detuvo a un centímetro de su estómago. Gritando, llevó el brazo atrás. La parte oscura de su cara estaba desapareciendo. También la de su brazo. Poco a poco, volvió a ser normal. Y cayó desmayado al suelo. Kailey se acercó hacia él y le levantó la cabeza.

-¿Cómo te encuentras? ¿Que te ha pasado?

Todavía un poco mareado, Cólodin comenzó a explicarse.

-¿Sabes la botellita esa? Pues era un concentrado. Un concentrado de virus. Del que dio los poderes. Es una cosa muy extraña. Por un lado, te da poderes. Pero, además, como para controlar los poderes necesitas fuerza mental, también te aumenta la capacidad mental. Te vuelves más inteligente. Tu cabeza procesa más datos. Yo, como ya tenía los poderes, al ponerme esa cantidad, he sufrido una sobredosis. Mis poderes han aumentado exponencialmente, al igual que mi mente. Pero ha sido algo extraño. El virus me susurraba… cosas. Iba a mataros a ti y a Flora. No podía pensar claramente. Al final, he conseguido congelar al virus. Pero me ha afectado al sistema nervioso. Eso no he podido evitarlo.

-¿De que manera te ha afectado?

-Dentro de quince minutos, mi corazón se detendrá. Aun si no se detuviese, en media hora mis sinapsis cerebrales se desharían hasta el punto que no podría controlarlo.

-Déjame ayudarte entonces.

-No. Esto es algo que ya sabía. Kailey. Déjame. Por una vez, no quiero seguir viviendo. El rey tenía razón en algo. Mis motivos para actuar han sido egoistas. Pensaba en lo mejor para mí. En lo que creía correcto, en lugar de lo que lo era. ¿Cuando vinimos por primera vez, recuerdas que nos dijeron?

-Que traeríamos sangre y muerte a esta realidad, sí.

-Al final, yo solo lo he hecho. He traído más sangre y muerte yo solo a este reino que ninguna otra persona. Todos esos soldados tenían familias, vidas. La mayoría estaban aquí obligados. Y yo, en nada de tiempo, les he quitado la vida. Ya sabía esto, pero no podía dejarlo así. Tenía que solucionar este asunto. Pero he tomado esa decisión. Ya he hecho todo lo que tenía que hacer aquí y todo lo que debía hacer aquí. Es hora de dejar este mundo a su propia merced.

-Entonces ven conmigo. Puedo ayudarte con mis poderes.

-¿Cómo vas a poder ayudarme con tus poderes de fuego, Kailey?

-¿Fuego? Soy de curación. ¿No lo recuerdas?

Cólodin se rió. Era una risa franca. Estaba realmente feliz.

-Ni siquiera he sido capaz de llegar hasta el universo al que quería ir. Eres igual a la Kailey que conocía, pero con otro poder. De todas formas, no quiero vivir. Por primera vez en la vida, estoy en paz. Todas las vidas que me he llevado pesaban mucho. Y con todas las que me he llevado hoy, pesarían todavía más. No puedo vivir así. Es imposible. Lo único que quiero es estar aquí tumbado, contigo. Por primera vez en mucho tiempo, no me pesan las muertes. No debo pensar en que haré mañana. Soy feliz. Simplemente feliz. Nunca lo volveré a estar. Kailey, concédeme esto.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Kailey. Estaba con Cólodin, por última vez. Esta vez, definitivamente era la última vez. Y estaba muriendo. Pero al menos, era feliz. Flora se había apartado para no estorbar. Cólodin estaba recordando todos los momentos felices de su vida mientras se los contaba a Kailey. La privera vez que se conocieron. Cuando descubrieron que tenían poderes, cada vida que salvaron o hicieron mejor con sus acciones en la escuela, las caras de agradecimiento de la gente a la que salvaban…

Tras diez minutos, Cólodin le dijo.

-Kailey, antes de que me olvide, tengo que hacerte un regalo.

Cólodin levantó su mano. Una pequeña bola comenzó a formarse en medio del aire. Cada vez era más y más grande, hasta llegar al tamaño de una bola de fútbol. Comenzó a arder. No se hizo más grande, pero Kailey podía comprobar como Cólodin añadía cada vez más materia en cada vez menos sitio. Y entonces, explotó. Pero no del todo. Al mismo tiempo que se formaba una supernova en miniatura, se formó un agujero negro en medio de la supernova. El espacio hizo cosas muy extrañas en ese sitio. Kailey no sabría decir exactamente qué. Y justo en medio de todo, se abrió la realidad. Y apareció Cólodin. De pie enfrente suyo. Sin ningún problema.

-Mi regalo…-Dijo el Cólodin que tenía en su regazo.

-Soy yo.-Siguió el otro.

-Nos dejas un momento a solas. Cinco minutos. No más.

-Por supuesto.-Se contestó a si mismo. Pero no a Si mismo, sino a si mismo. Era todo un poco confuso.

-Viene de otra realidad. Una realidad en que no vino aquí. Una realidad en que no va a morir. Una realidad en la que te ama. Y en la que no le amas. Lo he traído para quedarse en tu realidad. Contigo. Ese es mi regalo.

-¿Y su madre?

-Murió. Es huérfano. Nadie le echará de menos. Contigo, te tendría a ti. Tendría una familia. Sería feliz. Y era lo que tu querías, ¿no? Ya se que no soy yo en verdad, pero tampoco lo era hasta ahora y no ha pasado nada. Dime que lo aceptas. Tan solo eso. Por favor.

-Por supuesto que sí tonto.

-Gracias. A cambio, debo pedirte dos cosas. La primera es que incineres cada átomo de mi cuerpo cuando muera. No deben quedar restos míos de ningún tipo. Si no fuera así, vendrían a buscar el virus que todavía llevo encima. No puedo permitir eso. No dejes que ocurra. Debo arder hasta que no quede nada mío. ¿Lo entiendes? ¿Lo harás?

-Sí.

-Bien. La otra cosa que te debo pedir es que te quedes conmigo hasta que muera. Solo eso. Y no llores, por favor. Este no es un adiós.

Kailey no lo pensaba así, pero aceptó. Por supuesto que era un adiós. Era el segundo adiós definitivo que le daba a Cólodin. El primero fue cuando se fue por primera vez. Nunca más volvió a ver a ese Cólodin. Este era el segundo. Y era posible que hubiese un tercer adiós.

Cólodin volvió a hablar.

-Kailey…

-Dime.

-Han pasado quince minutos.-Sonreía. Cerró los ojos. Una última vez.

Kailey lloró. Tenía a Cólodin a su lado y al cadaver de Cólodin al otro. Era una situación extraña. Era un gran hombre. Tal vez el más grande de todos. Y se había ido. Había hecho tanto. Muchas cosas buenas. Muchas cosas malas. Pero todo lo que había hecho lo había logrado por si mismo. Y era impresionante. Quemó el cuerpo, tal y como le había pedido. Elevó la temperatura hasta lo más alto que pudo. El plasma dejó lugar a otro estado de la materia. Y cuando solo quedaron las cenizas, las volvió a quemar. No quedaron restos de Cólodin. Absolutamente nada.

Finalmente, abrió de nuevo el portal a su nueva vida, con Cólodin y con Flora.

-No saldremos de aquí.

Con un movimiento de su mano, Cólodin abrió el portal al otro mundo que estaba oculto. Cruzaron al otro lado y Cólodin lo cerró, tal y como Kailey le había visto hacerlo hacía siete años. No había cambiado nada, y al mismo tiempo, era otra persona totalmente distinta. Seguía siendo Cólodin. Se veía como Cólodin. Hablaba como Cólodin. Pero no actuaba exactamente como Cólodin.

-¿Y ahora, que?

-Esperamos aquí. Tiene que llegar una persona muy importante.

Parason las horas. Cólodin miraba hacia el horizonte fijamente y conversaba espontáneamente con Kailey, mientras que ella jugaba con Flora y admiraba sus habilidades para hacer crecer árboles.

Una columna de polvo comenzó a elevarse por el horizonte.

-Ah, ya llega. Por fin.

Un rato después, Kailey pudo ver algo claro: No era una persona. Eran muchas. Era un ejército al completo. Y menudo ejército. Era enorme. Habría unas 200.000 personas en el ejercito. Y cada vez se acercaban más.

Tardaron dos horas en llegar hasta donde estaban. Cuando lo hicieron, se pararon. 200.000 personas se detuvieron ante una sola. Un caballo se adelantó de la enorme formación que era el ejército. Era un caballo que haría quedar en ridículo al mejor de los caballos que había visto Kailey. Y al final, había visto muchos. El hombre que lo montaba llevaba una armadura chapada en oro. Destilaba dinero. Y poder. Era un hombre poderoso. Supuso que el rey que le había mencionado antes Cólodin.

-Veo que has decidido entregarte. Una pena que a estas horas, todos tus amigos estén muertos.

-Que va, no todos. Ahí están jugando dos, precisamente. Deberías contratar mejores asesinos, sabes, los que tenías hasta ahora son bastante cutres.

-Pagarás por tu insolencia.

-Ya lo he hecho. Te toca pagar tu parte. Por explotar a tu pueblo. Por llevarlos a la muerte. Por amenazarme. Por tus asesinatos cobardes. Por declarar la guerra a medio mundo y conquistarles. Por quemar aldeas y cultivos. Por destrozar las vidas de infinidad de gente y no preocuparte en absoluto. Por ser un tirano déspota que solo piensa en si mismo. ¿Crees que ese ejército te va a salvar? Vamos, sabes quien soy. Este ejército no va a durar nada.-El rey se dio la vuelta y se alejó. Cólodin alzó la voz.-Tus soldados harían mejor marchándose a sus casas y viviendo sus vidas con sus familias que quedándose aquí para morir por un rey que los desprecia y los humilla. Saben quien soy. Saben lo que les depara. O eso creen. Lo que he hecho hasta ahora va a quedar en nada. Por cierto, es esto lo que quieres, ¿no?

Cólodin se sacó una pequeña jeringuilla automática. Un avance de la ciencia. Una vez la clavavas, inyectaba su contenido automáticamente. Debía estar clavada muy poco rato, por lo que era ideal para gente con fobia a las agujas. Esta contenía un líquido oscuro. El rey se giró para verlo.

Kailey salía de su trabajo. Pero no era otro día más. Habían pasado siete años desde que empezó a trabajar. Siete años desde que Cólodin se fue. Esos días siempre lo recordaba, y miraba el orbe que le había dado. Al principio, pensó en deshacerse de él, pero no tuvo fuerzas para hacerlo. Lo mantuvo. Hoy iba a llegar a casa e iba a mirarlo. Lo sabía. Ese día siempre lo recordaba con más fuerza. De hecho, ¿ese tipo del otro lado de la calle no era él? No, no podía ser. Se había ido a otro mundo. No podía ser.

De camino a casa, le pareció verlo dos veces en la multitud. Pero cada vez qeu algo le tapaba la vista, desaparecía. No podía serlo. Era imposible. Se había ido y no lo volvería a ver. Todo esto le estaba afectando. Se iría a casa y se relajaría. No podía seguir así. Tenía que superarlo de una vez.

Cuando llegó a su apartamento, la puerta estaba entreabierta. No estaba rota la cerradura, eso lo podía ver, pero estaba segura que no había dejado la puerta abierta, y mucho menos la luz encendida. Kailey preparó sus poderes. Tal vez tendría que hacer uso de su entrenamiento. Hacía mucho que no combatía, pero todavía podría tumbar a la mayoría de los oponentes. Con sus poderes listos, entró en su casa.

-Buenos días Kailey, ¿que tal estás?-Dijo Cólodin.

Pero no podía ser Cólodin. Se había ido. ¿O tal vez sí? Estaba ahí. Sentado en su salón.

-Sí, Kailey, soy yo de verdad. He venido. Por fin he venido. Vamos, siéntate. Siéntete como en casa.

Cólodin le contó todo lo que había hecho en el otro mundo. Le contó como había estado haciendo pequeñas incursiones en este mundo para analizar sangre de Isaac. Como trató de mejorar la vida para los campesinos de la otra realidad, ayudándoles en época de sequía, luchando contra soldados para evitar que arrasasen aldeas.También cómo descubrió que la sangra de Isaac tenía unos virus. Unos virus que en cuanto entraban en contacto con la sangre de otras personas, los mutaban.

-Esos virus, cuando entran en el torrente sanguíneo, modifican tu ADN. A partir de ese momento, tu ADN te permite manipular elementos. Esos virus nos crearon, y todavía los tienen en su torrente sanguíneo. Un rey supo de la existencia de estos virus y que yo los tenía y me los lleva exigiendo. Y me los quiere sacar a toda costa. Y eso quiere decir que ha aprovechado portales que he ido dejando. Aunque los cerré, todavía se pueden volver a abrir. Es una herida reciente en el tejido de la realidad. Cuando más se alejen las dimensiones, más difícil será volver a abrirlos, pero esas son muy recientes y se requiere muy poco para abirlo. Tan solo necesitan materia. A través de esos huecos, ha enviado asesinos. Ammós y Lóraj han muerto y del resto no tengo ni idea. Por eso he venido. No quiero que te pase también a tí. Estás en grave peligro.

-¿Crees que no me puedo defender sola de unos asesinos? Recuerda lo que llegué a hacer, Cólodin. Recuerda a Drake. ¿Crees que por muy buenos que sean podrán conmigo?

-No creí que pudieran vencer a Ammós y Lóraj y lo hicieron.

-Yo no soy Ammós ni Lóraj. Yo soy yo.

-Por si acaso, quería asegurarme.

-Dime, ¿Por que te fuiste? De verdad. No me cuentes mentiras o frases trilladas. ¿Que fue lo que te hizo irte?

-Cuando me clavaron la lanza en el estómago, creí que moría. Realmente lo creí. Y en ese momento, vi todo. No me refiero a mi vida. Me refiero a la realidad. A la historia. A la totalidad de los universos. Cuando me la clavaron, abrí los ojos y vi ante mi toda la historia pasada. Todos los acontecimientos que habían pasado, brillando como estrellas. Los más importantes brillaban más. Los menos importantes menos. Y algunos eran simples motas de polvo. Era precioso y aterrador. Y me giré. Y vi todo lo que estaba por venir, en este y en otros universos. Por mucho que girase, nunca terminaba de verlo todo. siempre había algo más. Las luces más brillantes estaban ahí. No sabía que eran, pero eran gigantescos destellos. Y ante todo eso, tomé conciencia de mi importancia. De que era menos que una mota de polvo en el torrente de la historia. De que toda mi vida no tenía la más mínima importancia. Y me dio pánico. Saber que todo lo que he hecho en esta vida no tiene importancia, tener la sensación de que la había malgastado… No puedes ni imaginarte como me hizo sentir. Me fui por eso. No podía soportarlo. Lo que te dije tiene parte de verdad también. Además, esa forma impulsiva de comportarme no es típica de mi, así que creo que hice bien.

-Entiendo. Por cierto, ¿QUÉ PUÑETAS ES ESE RUIDO EN LA COCINA?

Una niña de unos seis años se asomó por la puerta de la cocina. Tenía el pelo verde. No. No era pelo. Eran hojas. Miles de hojas componían su pelo. Su piel era de color oscuro, pero parecía madera. Casi podía ver vetas en ella. Era como un árbol. Y sus ojos eran de un color azul claro, como el agua tranquila.

-Ella es Flora. Es la hija de Junco y Mar.

-¿No eran…?

-Sí. Un árbol. Ella es otra de las razones por las que he venido. Voy a necesitar ayuda con ella.

Kailey, que se había puesto de pie, se tuvo que volver a sentar.

-Son muchas noticias de vez. No se si podré asimilarlo todo en tan poco tiempo. Por cierto, ahora que pienso. ¿Cómo has sabido dónde vivía?

-Sabes la esfera que te di, la que tienes en tu cuarto.

-¡Dijiste que era unidireccional!

-Lo es. Y el pedestal también es unidireccional, pero en sentido contrario. He visto tu vida estos siete años.

-Incluso cuando yo…

-Sí, incluso eso.

-¡CERDO!

-No te preocupes. Ya sabes cómo soy respecto a eso.

-¡Me da igual! Es mi intimidad. ¿Cómo te atreves?

-Si no te importa, te lo cuento por el camino.

-¿Camino?

-Si Flora está aquí, ¿qué está haciendo ruido en la cocina?

Cólodin congeló la puerta de la cocina, para que quien estuviese dentro no se moviese. Agarró a Flora por la cintura y salió al pasillo, agarrando a Kailey por la mano. Bajaron corriendo las escaleras y corrieron por la calle. Kailey no se sentía así desde hacía mucho, mucho tiempo. Corrieron por varias calles de la ciudad, hasta que llegaron a un callejón sin salida. Los asesinos los habían seguido y ahora se mostraban. Eran cinco. Estaban en la boca del callejón. Estaban acorralados.

Arrivederci

Publicado: 17/03/2014 en Elementum: Cólodin y Kailey

A la mañana siguiente, Kailey se despertó. Antes de levantarse de la cama, se tomó un momento para recordar la noche anterior. Estaba flotando en nubes de algodón. Además, hoy era el día en que debía irse a su nueva vida. No podía quitarse a Cólodin de la cabeza. Se incorporó en la cama y echó un vistazo a su habitación. Era la última vez que la vería.

Había una cosa que no estaba ahí antes, estaba segura. Era una esfera encima de una base. Al lado, había una carta que decía «para Kailey». Era la letra de Cólodin.

Se levantó corriendo a leerla.

«Kailey, lo siento. De veras que lo siento, pero tengo que irme lejos. Se que suena a tópico, pero no eres tú, soy yo. Anoche, cuando me diste ese beso, congelé sin querer mi dedo. No puedo controlar ya mis poderes. No soy yo mismo. Ayer fue un beso, pero tal vez mañana sea un corazón o cualquier otra cosa. No quiero arriesgarme. No puedo arriesgarme. Por eso ayer traté de hacerte lo más feliz que pudiera, para que tuvieras un buen recuerdo mío.

Este orbe está sincronizado con mi mente. Cuando mires a través de él, podrás ver lo que yo veo. Oír lo que yo oigo. No funciona al revés. Y en serio, lo siento mucho. Pero es algo que debo hacer. Adiós Kailey.»

No se podía creer lo que acababa de leer. Tras todo lo que habían pasado, tras la noche anterior, Cólodin la dejaba como si nada. Una noche de mentiras y un adiós. Estaba furiosa. Y se dio cuenta que también triste. Tras todo lo que había pasado con Cólodin, no le podía odiar.

Todavía no era la hora de ir a sus nuevos destinos. Casi lo era, eso sí. Tal vez, si se daba prisa, podría detenerlo. Miró en la bola. El puente hacia la isla omega. Todavía podía llegar hasta él. Trató de abrir la puerta. Estaba atrancada con un pedazo de hielo. Kailey aplicó calor hasta casi fundir el pomo. No se abrió. En lugar de eso, unas palabras aparecieron en la puerta, escritas en hielo. «Por favor Kailey».

El maldito había puesto retroalimentación a su hechizo. Y no tenía tiempo para deshacerlo. Tal vez por la ventana podría. A lo mejor no había pensado en ella. Por supuesto que no. También estaba atrancada. Era Cólodin. Siempre pensaba en todo.

Se quedó mirando la esfera, en su habitación. Era todo lo que podía hacer. Tal vez viera donde se iba y pudiera seguirlo. Sí. Era una opción. Además, todavía tenía que atravesar a los guardias que tenía la isla omega tras su escapada al laberinto. Eran dos profesores experimentados. Deberían poder con un recién graduado.

No tardó ni un minuto en librarse de ellos. Cólodin era condenadamente bueno en lo que hacía. Y lo que hacía era luchar.

Se dirigió a la columna central. No. No podía ir allí. Atravesó el portal. El paisaje ya familiar apareció antes sus ojos. Iba a costarle mucho más encontrarle ahí. Pero Cólodin no avanzó. En lugar de ello, puso sus manos sobre el borde del portal. Montones de energía comenzó a irradiar de sus manos hacia el borde del portal. Parecía que el borde se lo tragaba. Y el portal se iba haciendo poco a poco más pequeño, hasta desaparecer por completo tanto el portal como toda posibilidad de contactar con Cólodin.

Kailey estuvo llorando un buen rato. Se había ido para siempre Cólodin. Y ahora, su nueva vida se le antojaba un lugar peligroso, desconocido y le daba miedo. Había pasado de su mejor día al peor.

Era hora de enterrar a los muertos. El entierro fue sencillo. Cada muerto estaba en un ataud de madera con una placa que decía su nombre, elemento y una pequeña biografía. Todos los elementales se pusieron alrededor de los ataudes, con la mano en el pecho en señal de respeto. Uno a uno, los fueron lanzando al mar. Estaban tratados especialmente para que se hundieran y para que ni el agua ni la sal hicieran daño al ataud. Una vez todos los ataudes cayeron al suelo, los elementales fueron a sus habitaciones. Era el último día de curso y había fiesta para los de último curso.

Era la primera vez que se organizaba una fiesta oficial. Eustaquio era el encargado de poner la música. El baile estaba previsto que durase hasta las cinco de la madrugada. Al día siguiente, a partir de las 11, tenían que ir a sus nuevos destinos.

Kailey estaba como pez en el agua. No paraba de bailar en la pista, cada vez con una persona distinta. Estaba radiante de felicidad. Cólodin estaba apartado de la pista de baile. No era algo que le llamase. Pese a ser el héroe del día y que le dedicaran varias canciones, no fue a bailar.

Eran casi las tres de la madrugada cuando Kailey se tomó un respiro de bailar y fue a por algo de beber. Vio a Cólodin apartado y solo, así que se le acercó.

-¿No bailas?

-No me gusta.

-Vamos, te lo pasarás bien.-Y le cogió de la mano, arrastrándolo a la pista de baile. Allí se pusieron ambos a bailar. Cólodin estaba rojo como un tomate. Nunca había bailado y menos con tanta gente. Además, no era muy dado a las multitudes. Se sentía incómodo. Media hora tras haber entrado, Cólodin ya no aguantaba más estar en la pista de baile. Se ahogaba. Tenía que salir a tomar el aire. Le gustaba tener espacio, y ahí no lo tenía. Así se lo dijo a Kailey, que aceptó. Ambos se fueron lejos del baile, al borde del acantilado.

Era una noche sin luna y el cielo estaba impoluto. Se veían miles de estrellas en el cielo. Incluso la vía láctea. La noche era preciosa. Además, estaba el sonido de mar de fondo. Y había terminado todo. Kailey tenía el corazón a cien, y no era por haberse pasado la noche bailando. Estaba a solas con Cólodin, en un paisaje idílico. Era tal vez la última vez que estarían así. Se lanzó. Besó a Cólodin. Tenía que hacerlo.

En un primer momento, Cólodin se quedó muy quieto. No esperaba esa reacción. Pero luego reaccionó y le devolvió el beso a Kailey. Cuando terminó, se levanto del cesped, le tendió la mano a Kailey.

-Venga, volvamos al baile.

Tras toda la noche bailando, Kailey estaba eufória. Y agotada. Cólodin la acompañó a su habitación. Para ella, había sido una noche perfecta.

Cólodin se había ido acercando a Ben poco a poco, hasta que Ben solo veía su cara desafiante. Y Ben había aceptado el desafío.

-¿Y tu qué? Sí, yo he matado a esa gente. Lo admito. Pero tu has quitado la vida de más gente. Mi padre murió en tus manos. Y más gente. Intenté llevar la cuenta de todos los que habían perdido la vida en tus manos, pero es demasiada gente. Tus manos están más manchadas de sangre que las mías. Y ambos hemos matado mucha gente sin justificación alguna. ¿Qué te diferencia de mí?

-Que por le menos yo me arrepiento.-Escupió Cólodin.

Una tos sonó al fondo, rompiendo el momento.

-Creo que tienes algo que explicar a nuestros compañeros, Ben.-Dijo Cólodin, antes de adentrarse a que lo curasen.

Ben retrocedió hacia los soldados. Los había contratado. Deberían salvarle. Cuando llegó hasta ellos, no le dejaron pasar. Un muro de cuerpos le impedía avanzar.

-Os he pagado, ayudadme. Eso es lo que hacéis, ¿no?-sollozó.

-Sí, pero verá. Nos ha pagado la mitad por adelantado y la otra para cuando terminemos. Y como vemos que cobrar la segunda parte no la cobraremos, ¿para que ayudarle? Es el inconveniente de trabajar con mercenarios, cuando no hay dinero, son tan solo un problema. Debería saberlo.

Cólodin volvió a salir de enetre la multitud. Esta vez estaba curado de su herida en el estómago.

-¿Qué vas ha hacerme? Si vas a matarme, hazlo ya. Se que te encanta.

-No es algo que me guste mucho hacer, Ben. Contigo haría una excepción. Pero le prometí a tu padre que no te haría nada. Fueron sus últimas palabras. Y eso voy a hacer. Yo no te haré nada. Tendrás un juicio.

-Un juicio justo… Algo es algo.

-¿Quien ha dicho nada de justo?-Dijo Cólodin.

La vista de Ben se comenzó a nublar. Estaba tiritando. Miró hacia abajo y vio como sus pies estaban congelados. Poco después, perdió el conocimiento. Dos profesores se acercaron, lo levantaron por los aires y lo encerraron en una habitación subterránea que nadie usaba, fuertemente vigilado.

Poco a poco, los mercenarios se disolvieron. Había terminado todo. Por fin, había acabado.

Agujero

Publicado: 24/02/2014 en Elementum: Cólodin y Kailey

Tomó una decisión. Eso iba a doler. Agarró primero la lanza con la mano derecha. Luego con la izquierda. Tomó aire. Volvió a tomar aire. Tomó aire otra vez. Todo parecía ir muy lento. Se dio cuenta que, si no lo hacía ya, no lo haría nunca. Tomo aire una cuarta y última vez. Y se arrancó la lanza de su vientre. Era una lanza barbada, con lo que al arrancarla se llevó carne por delante. La arrancó total y brutalmente. Cólodin gritó, pero ya tenía la lanza fuera. Con una mano apoyándose en ella, doblado por la mitad, con la otra mano, tapó su herida. Debía curarse. Pero no había tiempo. Improvisó. Con hielo, recreó sus tejidos y los canales sanguíneos desgarrados. La hemorragia cesó. Cuando se puso finalmente en pie, tenía un boquete trasparente en su estómago. Había que dar espetáculo.

Y ya lo entendía. Ya sabía que lo había causado todo. Ya sabía quien lo había causado todo. Todo el mundo le miraba atónito, aterrorizado y asqueado a partes iguales. Cólodin sentía que debía hacer algo, así que se dirigió hacia esa persona.

Kailey tenía los ojos empapados en lágrimas. No sabía si estaba contenta, triste, aliviada… Tenía una mezcla de sentimientos que no sabía interpretar. Pero al menos Cólodin estaba vivo. Se movía por si mismo. Y parecía saber lo que se hacía. Por experiencia, Kailey sabía que una parte de eso era mentira. Pero sí que tenía una idea de fondo a la que aferrarse. Ya improvisaría algo. Siempre lo hacía.

Por su parte, Cólodin estaba sufriendo de dolor. La herida, aunque sellada, seguía siendo un boquete en su estómago. Dolía. O tal vez se imaginaba el dolor. A efectos prácticos, poco le importaba. Era hora de terminar la función. Y ya tenía ganas. Cólodin estaba al lado de Ben. Se paró. Se giró hacia Ben y le golpeó en toda la cara. La sorpresa y el golpe lo tumbaron al suelo.

-¡Vamos, levanta perro!-Ben no se movió.-He dicho que arriba.-Esta vez, cogió a Ben y lo levantó con una sola mano.

La gente, inconscientemente, había dejado un círculo donde estaban.

-Te parecerá bonito, ¿no Ben? Tanta gente muerta por tu culpa. Tantas vidas destrozadas por tu simple capricho. No me mires con esos ojos de carnero degollado. Sé que has sido tú. Todos los problemas que he tenido, incluyendo este-Se señaló la herida de lanza- me los has provocado tú, directa o indirectamente. Pero no solo eso. A mucha más gente. Sabes, no fue inteligente dejar ese frasco etiquetado en casa de Víctor. Tienen un alfabeto diferente. Ese frasco era de este mundo. Y se que lo usó para el lio de los no muertos. Pobre Casilda, engañada por un sucio traidor. Y Anyreia, que se sacrificó para enmendar lo que hiciste y se quedó para siempre en ese mundo…

-Eso podría haberlo dejado cualquier otra persona. No se de qué me hablas. Estás delirando.

-¿En serio? ¿Te parece que con esta herida estoy para bromas? Deja de hacerte el loco y asume las consecuencias de tus actos. Ahora mismo casi no me puedo concentrar. Esto requiere mucha concentración. Pero si quieres más cosas, las tengo. Cuando murió Mar, conseguimos extraerle la bala que tenía en la cabeza. Examiniando sus estrías, no fue muy difícil determinar de dónde se había disparado y encontrar al dueño del arma. De hecho, no tuvimos ni que hacer eso. No era muy hábil, la verdad. En el mismo claro en que murió Mar, lo capturamos. Amablemente nos dijo que tú le habías contratado.

-No se de qué me hablas.

-En serio. Bueno, supongo que es normal. Tú no hacías nada por tu cuenta. Desde aquel día en que todo tu equipo pereció a manos de Drake, por lo menos. ¿Seguro que fue a manos de Drake? No ma parece el tipo de hombre que se mancha las manos. Prefiere dejarle a otras personas el hacer el trabajo sucio. Sospecho que tu equipo murió en tus manos, a cambio de un trato con Drake. ¿Qué te ofreció? ¿Dinero? ¿Poder? Da igual. No lo iba a cumplir. Des de un principio lo sabía. También sabía que eras un cobarde traidor. Una pieza perfecta para usar. Conseguí que me tuviese tirria. No me extrañaría que el trato fuese a cambio de mi cabeza. Pero no entiendo por qué tuvieron que morir tantas personas. Mar, Junco, Anyreia, Víctor… Tan poco valían sus vidas que por Dios sabe que birria de trato murieron.

Dolor

Publicado: 17/02/2014 en Elementum: Cólodin y Kailey

Los médicos no daban abasto. El elemental que habían salvado hacía cinco minutos volvía a ellos con más heridas y se estaban quedando ya sin energías. Algunos usaban la energía de los que sanaban para poder aguantar un rato más.

Se había formado una línea de combate que diferenciaba claramente a ambos bandos. Cólodin estaba junto con Kailey en el frente de esa línea de combate. Cólodin tenía la impresión de que era el elemental que más atención recibía. Además, cuando tenía una pausa, daba órdenes para que se cambiaran turnos. Los elementales de primero salieron fuera a prestar su energía a los médicos y los que atacaban de distancia fijaban zonas como objetivo por orden de Cólodin.

En medio de la batalla, Cólodin miró hacia Kailey. Estaba entre dos tropas y sólo veía una. El segundo soldado venía con una lanza dispuesto a ensartarla con ella. Cólodin ni se lo pensó. Se puso en medio de la trayectoria de la lanza. Muy tarde, se acordó de levantar un escudo.

Cólodin notó como la punta metálica de la lanza se clavaba en su estómago, rasgando piel, músculos y órganos. Un punto frío clavándose en su vientre y trayendo un frío al cual no estaba acostumbrado. Al menos no desde ese punto de vista. El frío de la muerte.

Kailey terminó con ese soldado y se giró, sólo para ver a Cólodin ensartado por una lanza. Y gritó. Gritó como nunca lo había hecho. Los soldados de su alrededor se giraron un momento para ver lo que ocurría. Todos se detuvieron. Poco a poco, el campo de batalla se detuvo. Los soldados desconocidos sabían quien era Cólodin y su importancia. O al menos esa era la impresión que daba. El que había ensartado a Cólodin murmuraba todo el rato «lo he hecho. Lo he matado. He matado a Cólodin».

Kailey lloraba horrorizada. Estaba sollozando. No recordaba cuando era la última vez que lo había hecho. Hacía tanto tiempo ya. Los elementales se pusieron de pie y se llevaron el puño al pecho, en símbolo de respeto. Cólodin estaba caído de rodillas, con las manos alrededor de la herida. Relajó sus músculos y las manos cayeron a un costado. El soldado pasó de murmurar a gritar. Los elementales seguían en silencio.

Kailey no se había llevado la mano al pecho. No se podía creer lo que acababa de ocurrir. No quería. Cólodin no podía estar muerto. Pero todo indicaba eso. Se giró y se abrazó al primer elemental que se encontró, que resultó ser Isaac. Nadie se podía creer lo que había ocurrido. Todo el mundo parecía haber olvidado que Cólodin tambien era un mortal. Que le podía ocurrir lo mismo que a todos. Ni siquiera había ido a curarse las heridas. No tenía. No le hacía falta. No le haría falta.

Una estaca de hielo surgió del suelo, matando al solado que había clavado su lanza en Cólodin. Y las manos de Cólodin agarraron la lanza. Todos estaban atónitos. ¿Cómo podía alguien hacer eso? Cólodin se levantó. Poco a poco. Se tambaleaba. Normal. Tenía una lanza en el pecho. Cólodin estaba medio atontado. Cuando la lanza se le clavó, pensó que iba a morir. Recordó su vida. Su padre. Su madre. Sus amigos. Sus compañeros de clase. Kailey. Sobretodo Kailey. Ella era la que más salía en sus recuerdos. No podía dejarla así. Tenía que protegerla. Tenía que hacerlo. Por ella. No podía terminar así. Sin pensar en nada. Se levantó del suelo y agarró la lanza que tenía clavada. En cuanto la tocó, volvió a la realidad. El dolor era insoportable. Pero no podía seguir con eso clavado en el pecho.

Y por fin, el último día llegó. Ese día, los alumnos de último curso tenian el día libre y hacían una fiesta hasta las tantas de la noche. Al día siguiente, se iban todos a sus nuevos trabajos. El director estaba presente todo el rato. felicitándoles por su trabajo y comunicándoles donde estaban destinados durante, al menos, un año.

Pero por supesto, ese año se truncó. Mientras el director estaba comunicando los destinos y felicitando, como cada año, una flotilla de barcos apareció por el horizonte. Por el otro extremo, aparecieron aviones. Cuando por fin desembarcaron, el primero en bajarse fue un hombre lleno de galones. Iba vestido de militar en combate. Eso debería haberles hecho sospechar, pero no lo hicieron. Ese hombre se acercó al director.

-¿Es usted quien manda en este lugar?

-Eh.. Sí. ¿Que…?

Antes de poder terminar la frase, le voló la cabeza de un disparo a bocajarro. Su cuerpo cayó interte al suelo. Las alarmas comenzaron a sonar para todo el mundo. Todos los alumnos oyeron las alarmas y acudieron al centro. Pero era un caos. Los barcos y los aviones soltaron soldados, que se esparcieron por toda la playa. Los alumnos de último curso y algunos profesores que no tenían nada que hacer en ese momento se organizaron como pudieron. Los más ofensivos fueron a primera línea. Los más defensivos atrás. Los de curación al fondo. Los profesores intentaban organizar a los alumnos que venían. Los alumnos de primero los enviaban entre los muros para refugiarse. Los de segundo se quedaban atrás, atacando a distancia. El resto, donde quisieran.

El campo de batalla era un caos. Isaac hacía lo que podía organizando los alumnos. El cuerpo inerte del director estaba siendo pisoteado sin piedad. Los soldados desconocidos comenzaron avanzando terreno y no tardaron en caer los primeros alumnos. Algunos tenían heridas superficiales y se retiraban un momento a curarse. Otros no tenían esa suerte y caían muertos. Los elementales de fuego que había se organizaron para encasquillar las armas. Fue un alivio momentáneo. Los soldados estaban preparados y sacaron armas blancas de todo tipo. No había un patrón claro de quien llevaba que, pero todos eran profesionales.

El caos ya fue total y absoluto. No sabían cómo ni por qué, pero su director había muerto y ahora tenían que luchar contra unos soldados desconocidos por su vida.

Cólodin había sacado ya sus armas blancas preferidas, que consistían en dos cuchillos cortos de hielo. En caso de que se le atascara uno, era más fácil recuperarlo. Comenzó a cortar carne. Primero rajó a un soldado su garganta. Su sangre salpicó en un buen radio. Acto seguido clavó su cuchillo en el pecho de otro soldado y usó su cuerpo para protegerse del ataque de otro. Cólodin estaba en su elemento. Una masacre. Pero el resto de alumnos no. Muchos eran reacios a matar y se limitaban a herir a sus adversarios en piernas y brazos. Kailey y otros muchos de fuego hacían enormes llamaradas para amedrentar a los soldados. Otros alumnos y profesores aprovechaban ese momento de vacilación y golpeaban. Elementales de agua y aire se habían puesto a los lados y no dejaban que se acercasen más barcos o aviones para descargar tropas. Por el aire volaban elementos de todo tipo. Además, el cielo estaba ennegrecido y caían rayos sobre los enemigos, conducidos por los elementales de retaguardia.