Res Ion

Publicado: 24/06/2017 en Cuentos e historias cortas, Excusas y otras cosas

Todo estaba oscuro y frío cuando te levantaste. No sabías quien eras. No sabías dónde estabas. No sabías qué aspecto tenías. No sabías ni siquiera qué pensabas.

Miraras a donde miraras, todo estaba oscuro. Sin luz. Sin calor. Sin comida ni bebida. Sin futuro. La nada se expandía a tu alrededor y te invitaba a abandonarte a ella. Pero tu decidiste no rendirte aún. Decidiste que intentarías seguir adelante. Escogiste una dirección y comenzaste a andar. Las rocas del suelo te herían los pies. De vez en cuando, alguna rama te azotaba la cara, los brazos o el pecho. No llevabas nada para protegerte y marcas de heridas comenzaron a llenar tu cuerpo. Pero seguiste andando hacia adelante. Las heridas tan solo te mantenían alerta.

Poco a poco, te fuiste volviendo insensible al dolor. Las ramas y las rocas eran algo más de la miserable vida que te había tocado vivir. El dolor era insoportable. La llamada del vacío era cada vez más fuerte. ¿Qué clase de broma de mal gusto era esta? Acaso tu creador quería reírse de ti? ¿Para esto te había dado vida? Para sufrir y morir. Si no iba a haber nada más, ¿por qué seguir? Solo te esperaba dolor y sufrimiento más adelante. Nada iba a cambiar si te detenías ahora. Tan solo ibas a dejar de sentir dolor. Y eso era bueno. El pensamiento te gustó. Sí. Dejar de sentir dolor era bueno. ¿Por qué deberías seguir viviendo? Las ramas te llenaban el cuerpo de cicatrices. Las rocas del suelo te herían los pies a cada paso. Daba igual la dirección en que fueras, no había nada diferente en ninguna de ellas. No había futuro alguno. Paraste de andar. Habías tomado una decisión. Echaste un último vistazo a tu alrededor.

Fue entonces cuando lo viste. Lejos, en la distancia. Apenas visible. Una zona que en lugar de ser de un negro absoluto, era ligeramente gris. Un cambio en el panorama desolador. Podrías haberlo pasado por alto. Podrías haber decidido ignorarlo. Pero había algo más adelante. Tal vez era algo bueno. Decidiste soportar durante más tiempo la negrura y el dolor para ver qué era eso gris.

Poco a poco, fue aumentando de tamaño y volviéndose cada vez más claro. Era algo que emitía luz. Algo que vencía a la oscuridad. Las piedras aún te taladraban los pies. Las ramas aún te llenaban el cuerpo de heridas. Pero la curiosidad de ver qué era eso era más fuerte. Un cambio era bienvenido. No sabías si sería algo bueno o algo malo, pero cualquier cosa que fuera diferente era bienvenida. Incluso otro tipo de dolor sería bienvenido a estas alturas.

Finalmente, llegaste a la fuente de luz. Una sola ramita yacía en el suelo. La punta encendida en llamas. Estaba caliente. No era el frío al que te habías acostumbrado. Estaba caliente. Quemaba. Te abrasaba la piel cuando te acercabas a la llama. Te acurrucaste un poco lejos, dándole la espalda a la llama. La vista mirando a la oscuridad, la espalda mirando a la luz. Para recordar lo horrible del mundo mientras esperabas el final. Y esperaste. Y a medida que esperabas, el calor de la llama te fue inundando. Empezaste a encontrarlo agradable. Y te acercaste a la llama, poco a poco. Tal vez no era tan malo. Era algo nuevo. Ibas a intentar avanzar con ello. Tomaste el palo en llamas y seguiste avanzando.

La fuente de luz dio sus resultados. Las rocas aún te hacían daños, pero ahora la luz te permitía evitar las ramas. Dejaste de hacerte daño con las ramas por todo el cuerpo. Había mejorado tu situación, pero todo seguía siendo un desierto yermo, con rocas por todas partes y sin cambio alguno. Ni siquiera había elevaciones del terreno. Tan solo una larga planicie de rocoso suelo. Pero la llama te daba luz. La llama te daba calor. La llama te daba esperanza.

Un nuevo sonido te sobresaltó. Era algo nuevo. Tan solo habías escuchado el crepitar de las llamas hasta ahora, así como las rocas y las ramas dañándote. No fue difícil acercarte a la fuente de sonido para ver qué era. Cuando llegaste, viste que era un charco de agua. Te acercaste a mirar el charco.

Fue ahí cuando viste por primera vez tu reflejo. Y no te gustó. Las cicatrices de las ramas surcaban tu rostro, dejando marcas por todo tu cuerpo. Era una monstruosidad. Un recordatorio perenne del sufrimiento. Era imposible apreciar algo así. Era un error de la naturaleza. El sobresalto te hizo soltar la llama. Mientras seguías contemplándote en horror, el charco crecía y crecía y la llama se fue haciendo cada vez más pequeña, hasta casi extinguirse. Cuando pudiste apartarte, la llama era una sombra de lo que había sido antes. Aún así, la sacaste del agua e intentaste seguir adelante. Andando. Hacia cualquier lugar. Buscando más cambios, pero con la seguridad de acabar sin compañía. Nadie querría a un mónstruo como tu.

Pero la luz no dura para siempre. La llama se acercaba a su final. Poco a poco, te fue quemando la mano. Te fue haciendo daño. Otro tipo de daño. Mucho peor que las piedras y las ramas que habías tenido hasta ahora. Habías confiado en el palo. En que te daría seguridad y bienestar, y no dolor. Finalmente, soltaste el palo, que cayó al suelo y se apagó. Dejándote sin luz una vez más. Habías conocido el bienestar gracias a la llama. Habías conocido la luz y el calor. Ahora no podías volver a la oscuridad. No. Era imposible. No ibas a volver a pasar por ello.

Pero entonces, lo viste. La luz del palo no te había permitido darte cuenta, pero a lo lejos, había otra fuente de luz. Esta era mucho mayor. Su calidez te empezaba a llegar. Fuiste en su dirección, las ramas te hacían daño, pero no te importaba. Las rocas se clavaban en tus pies, pero no te importaba.

Cuando llegaste a la luz, te paraste en seco. Había alguien más ahí. Una figura se alzaba delante, con la piel sin rastro de arañazos por las ramas y los pies cubiertos por sandalias. Te dio miedo. Estaba muy por encima de ti. Era un ser perfecto. Y tu eras un mónstruo. Un ser desfigurado y dañado. Nunca estarías a su altura. Te hiciste un ovillo en el suelo, lejos de las llamas. El calor residual era suficiente.

Pero la figura se acercó a ti. Te envolvió en un abrazo. Te tendió la mano para ir hacia el fuego. Te acercó al fuego y continuó abrazándote. Tal vez sí que un mónstruo como tu pudiera encontrar a alguien. Tal vez, este mundo oscuro, lleno de dolor, sí que tuviera algo que valiera la pena.

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