El último hombre de la tierra

Publicado: 08/06/2017 en Cuentos e historias cortas, Excusas y otras cosas

Arthur quitó la última palada de tierra del agujero que estaba haciendo en el suelo y se secó el sudor de la frente. Había sido un día muy duro trabajando y sus viejos huesos ya empezaban a quejarse. Renqueando, fue hasta su casa a descansar. El día siguiente todavía tenía cosas que hacer. Mientras el sol se ponía en la distancia, Arthur admiró el paisaje que se extendía ante él. Una gigantesca urbe, construída en los tiempos antiguos, se alzaba hasta más allá de donde sus ojos le permitían ver. Grandes moles de acero, cemento y cristal habían desafiado al cielo. Hoy en día, tan solo quedaban los restos. Le habían contado las historias, cómo antiguamente había sido un bullicioso centro de la gente más importante de todo el mundo. Le parecía irónico, tal desafío ante la tierra y el cielo, reducido a ruinas por el tiempo y la naturaleza. Había habido carros metálicos que llevaban a la gente, pero habían sido destripados todos hacía ya tiempo para hacer herramientas. Ya nada quedaba en esa gran urbe de antaño.

Su padre le había contado las historias del mundo antiguo. Su vieja memoria apenas recordaba nada de ellas, pero en sus tiempos mozos las había recogido por escrito y había guardado los escritos en un lugar seguro. Sin embargo, todas las historias tenían algo en común. El espíritu humano de no rendirse nunca y confiar en que todo iba a salir bien. Por supuesto, eso se estaba volviendo más y más difícil a medida que el tiempo pasaba y había que afrontar la realidad. Había esperado todo lo que había podido. Esperando que algún otro ser humano se le acercara. Pero no había tenido esa suerte. Los que habían partido de la aldea buscando otras localidades no habían vuelto. Los que se habían quedadado habían intentado mantener una población estable, pero habían sido muchos años de endogamia. Arthur era el último de todos. Hacía dos días había enterrado a su mujer. Habían tratado de tener hijos, pero la infertilidad era cada vez más común y por desgracia ambos la padecían. De su generación, ninguno había podido tener hijos. Todos habían muerto ya. Arthur era el último humano vivo. Y cada vez le quedaba menos tiempo.

Arthur fue a la cama. Mañana tenía que terminar con su propia tumba e instalar el aparato que le enterraría cuando muriera.

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