Ladrones en el hiperespacio

Publicado: 05/11/2016 en Cuentos e historias cortas, Excusas y otras cosas

Todo comenzó un lluvioso día de Abril. Por supuesto, esto tiene una connotación diferente en el espacio que en la tierra. Desde la ventana de mi despacho en la estación espacial se podía ver la tierra de fondo, con una lluvia de meteoritos sobre su superficie. El planeta estaba cubierto de centenares de colas de fuego de las estrellas fugaces. Era todo un espectáculo. Pero siempre me había parecido más bonita la tierra. Siempre me distraía mirándolo desde el espacio. Por eso mi mesa de despacho daba la espalda al ventanal. Si no, me sería imposible hacer cualquier trabajo.

En ese día en concreto, vino el señor Blake. Ya había recurrido anteriormente a mis servicios. Llevaba un traje impoluto, a la ultima moda, cosa que contrastaba mucho con el sombrero de copa anticuado que llevaba. Debía ser un engorro en las zonas de microgravedad de la estación. También lucia un frondoso bigote, cuidado con mucho detalle. Destacaban en su cara unas cejas tan pobladas que darían envidia a la ciudad de Tokio.

Ya sabia a que venia. Siempre era igual. Tenia un problema grave que le iba a costar un dineral si no conseguía una solución satisfactoria. Y yo era la persona encargada de solucionar el problema. Ojala vinieran antes, cuando solucionar el problema me llevaría unos pocos minutos. Incluso podría evitar que el problema ocurriera del todo. Pero por supuesto, este también se le había ido de las manos. Siempre se les iba de las manos.

Siempre, ruegos desesperados. Había escuchado tantas veces el “Por favor, ayúdeme. Es mi única esperanza.” Siempre era igual. Estaba empezando a estar hasta las narices de tantos ruegos desesperados, todo por no seguir unas sencillas pautas.

Pero esta vez, fue diferente. Por eso lo recuerdo tan claramente. Por una vez, me habían hecho caso y habían tomado precauciones, pero no habían sido suficientes.

-Se trata de un problema que ha surgido con un viaje hasta próxima Centauri. Los muy…

El señor Blake solo podía balbucear. Estaba muy alterado. Más de lo habitual. Pero el caso pintaba interesante. Así que en un viaje hasta Próxima Centauri. Bueno, esto iba para largo. La tecnología hiperespacial era todavía muy nueva y tan solo sabíamos usar el hiperespacio para transportar información por aquel entonces. Eso quería decir que para comunicarte con Orión o con cualquier otro punto de la galaxia o incluso del universo, podías hacerlo instantáneamente, pero el viaje físico hasta allí todavía tenia que hacerse a velocidades cuasiluminicas. Con lo cual, se tardaban cinco años en ir desde la tierra hasta Próxima Centauri. Este trabajo iba a salirle muy, muy caro.

Para tranquilizarlo un poco, le pregunte:

-Vamos a ver, cálmese. ¿Qué ha pasado?

-Es mi invento. Me lo han robado. Los muy malvados…

-¿Cómo? Me parece que no le entiendo bien. ¿Le han robado el invento y no se ha dado cuenta hasta ahora?

-No. Bueno, si. Dejame explicarme.

La cosa, por visto, era que hace un año presentó un invento relacionado con la tecnología hiperespacial en una feria. Llevaba mucho tiempo desarrollándolo, pero todavía era poco mas que un prototipo. Hacía poco tiempo que había terminado de desarrollar el invento completamente, pero la oficina de patentes le había respuesto con una negativa alegando que ya tenían un invento con las mismas funciones exactamente y que este no era más que un plagio. Cuando había pedido ver la entrada de la que se suponía que se había copiado, se lo habían negado.

El pobre hombre estaba muy alterado con todo lo que había ocurrido, así que traté de calmarlo.

-Vamos a ver, tranquilícese. Arreglaré este problema cueste lo que cueste. ¿Que pone en mi puerta?

-Sam Boggart

-¿Y qué más pone?

-Abogado especialista en propiedad intelectual interestelar.

-Exactamente. Soy el mejor en esto, y lo sabe. El caso que me plantea es bastante peliagudo, al menos en parte, pero no se preocupe que voy a solucionarlo. Lo primero es saber quien es el que le ha robado el invento. Necesitamos un nombre. Una vez tengamos ese nombre, sabremos quien se lo ha robado. Y una vez sepamos quien ha sido, podremos saber qué es lo que tenemos que investigar. Sin embargo, me preocupa que no me esté diciendo toda la verdad.

-¿Que quiere decir?

-Vamos señor Blake. Soy su abogado de confianza. Soy el que se va a encargar de este caso. No me oculte información. Usted ha dicho que era un problema y que tenía relación con Próxima Centauri. Creo que usted ya tiene una pequeña idea de quien es el culpable. Y le agradecería que me lo dijera. Me ayudaría mucho.

-Yo no le oculto nada, como se le ocurre pensar eso.

El señor Blake había empezado a sudar profusamente, pese al control climático de la estación. Comenzó a tocarse el cuello, como si le incomodara algo. Se puso rojo y desvió la vista de mi. Me ocultaba algo. Estaba totalmente seguro. Hasta un niño de preescolar se habría dado cuenta. El señor Blake no era muy bueno mintiendo. Sabía lo que tenía que hacer para que cantara como un pajarito. Aunque en su caso tal vez sería más adecuado decir como una morsa. Me recliné en mi asiento, junté las puntas de los dedos y le miré a los ojos con una ceja levantada. Guardé silencio. A los pocos segundos, el señor Blake se rindió.

-Está bien. Cuando llegué a mi laboratorio, estaba muy cabreado y me puse a gritar. Fue entonces cuando me enteré que RSI, ya sabe, la empresa competidora a la que me tiene contratado, acababa de anunciar que habían hecho un descubrimiento revolucionario en viaje hiperespacial. El jefe de desarrollo y tecnología de RSI se fue hará unos tres años y medio hacia Próxima Centauri, con lo que en ese tiempo no puede haber desarrollado nada. Así que supuse que serían ellos. No es más que una suposición pero…

Así que era eso. Tan solo una suposición. Una muy probable, pero no tenía ninguna prueba que la respaldara. Seguía teniendo que comprobar quien era el que había registrado el invento de mi cliente en su lugar y le había robado el invento. Rápidamente, tracé un plan de acción.

-Muy bien señor Blake. Ahora mismo, quiero que usted vaya a su despacho y me traiga el impreso que presentó a la oficina de propiedad intelectual como petición registral. Ademas, quiero que me traiga la respuesta escrita que le dieron. En ella ha de haber suficiente información para poder ver la patente por la cual se lo denegaron.

Quince minutos después, tenía el impreso de petición registral delante. Pero no tenía la respuesta escrita denegando la inscripción. Esto era muy extraño. Debía tener una. Si no era así, era un problema muy gordo, pero para el registrador que no había aceptado a trámite la petición. Así no era como funcionaba. Tendrían que habérsela aceptado primero y luego habérsela denegado con un escrito.

-¿Y la respuesta escrita, señor Blake?

De nuevo, el señor Blake presentaba todos los signos de estar nervioso, amén de algunos más, como un tic en el ojo. ¿Cuándo aprendería?

-Verá es que… no me dieron ninguna. Cuando me dijeron que estaba ya patentado me puse furioso y me fui echando pestes de ahí.

No me sorprendía. Sin embargo, seguía siendo altamente irregular. Pero tenía que buscar una solución. Ahora tenía que encontrar quien era el responsable de denegarlo. Si no lo encontraba, podría tardar semanas en obtener una respuesta correcta, que probablemente fuera negativa, pero tuviera los datos que me hacían falta. Datos, información. Eso era lo que siempre me faltaba. Siempre guardaban lo que no me servía y tiraban lo que realmente me era útil.

-En ese caso, señor Blake, acompáñeme al registro y dígame cual es la persona que denegó su inscripción.

Cuando llegamos al registro, me señaló automáticamente a una mujer. Era una mujer por la que valdría la pena morir. Tenía un hermoso pelo largo y negro, unas caderas de infarto y unos brazos largos y delgados. El traje ceñido que llevaba solo realzaba su figura, dejando a la imaginación más de lo que revelaba. Su cara también era una obra de arte. Sus ojos almendrados captaban la mirada de casi todos los de la sala. Pero sus labios destacaban por encima de todo, pintados de reluciente negro. Era la mujer más bella que había visto. Debía de ser nueva en la oficina, puesto que por mi trabajo venía aquí con cierta frecuencia y nunca la había visto. Pero tenía que centrarme en mi trabajo. Ella era la que había denegado la inscripción. Muy bien, era hora de ponerme a trabajar. Me acerqué al mostrador.

-Disculpe señorita, me gustaría inscribir esta patente. Si fuera tan amable de tramitarlo, por favor.

Apenas miró la patente. Cuando contestó, lo dijo con una forzada simpatía y sin ni mirarme. Era evidente que no le apetecía estar allí encerrada y toda la simpatía que estaba dispuesta a ofrecer era la necesaria para conservar su puesto. ¿Cómo habría terminado en la estación? No era un destino normal. Tenía que pedirse expresamente y tan solo se podía venir aquí si ya se tenía un puesto de trabajo por los grandes costes del viaje.

-Lo siento. Ya tenemos una patente idéntica a esta. No se lo puedo tramitar. Gracias por venir.

Me quedé ahí, sin decir nada, mirándola atentamente. Cuando volvió a contestarme, toda la simpatía se había esfumado.

-¿Qué diablos se le ha perdido? Ya le he dicho que no. Váyase o llamaré a seguridad.

-Verá estimada señorita, según el artículo 43 del reglamento de funcionamiento de las oficinas del registro de patentes, no puede inadmitir una solicitud de registro de una patente de entrada, sino que tiene que admitirla de entrada y luego comprobar si infringe algún precepto. No puede denegarlo de entrada.. Es su obligación recogerla, tramitar la solicitud y dar una respuesta escrita. Es posible que usted no me conozca. Me llamo Sam Boggart y soy abogado especialista en propiedad intelectual aquí en la estación. Mi cliente, el señor Blake, ya vino a registrar esta misma patente y usted misma se la inadmitió directamente, sin darle ninguna respuesta escrita.. De hecho, tan solo ha echado un vistazo al nombre de la patente. No le ha dado tiempo a observarla en mayor detalle, por lo que creo que es muy presuntuoso por su parte negar directamente el registro. Déjeme decirle una cosa. Con las pruebas de que dispongo ahora mismo, y créame, dispongo de pruebas para demostrar lo que acaba de hacer, podría hacer que perdiera su puesto, que fuera encarcelada y que tuviera que abandonar la estación, además de abonar una suma más que cuantiosa al señor Blake. Y eso solo por los cauces legales. Tengo a mi disposición suficientes remedios paralegales que tomar que podrían ser muchísimo peores. Sin embargo, estoy dispuesto a pasar este incidente por alto si accede a cooperar conmigo.

La mujer me miró fijamente, sopesando sus posibilidades.

-¿De verdad cree usted que me importa este trabajo lo más mínimo?

-Lo dudo. De hecho, parece que lo desprecia, pero aún así, estoy seguro de que hay algo que hace que usted no huya a la tierra. Puedo averiguarlo sin ningún problema y sin dejarle con pruebas para decir que he sido yo.

Una mirada dice más que mil palabras. Eso es algo que había aprendido a lo largo de años y años de profesión. Y había aprendido a fingir todas las miradas que hicieran falta. Tras unos momentos, la mujer dio media vuelta y volvió tras cinco minutos con unas fotocopias que dejó en el mostrador.

-Esto es todo lo que puedo hacer y dudo que pueda hacer esto siquiera. Nada de esto ha ocurrido, ¿lo entiende?

Esta vez fue ella la que habló con su mirada. Su mirada pedía auxilio desesperadamente. Pero a la vez, dejaba entreve que estaba atada de pies y manos y que con esto se estaba arriesgando más de lo que debería.

-Le doy mi palabra. Nadie más se enterará de que usted me ha proporcionado estos papeles. Perdón por las molestias. Espero poder devolverle el favor algún día.

Con todos los escritos necesarios en mi poder, me fui a mi despacho a examinarlos con comodidad. Cuando entré, la visión de la tierra de fondo me hizo suspirar como siempre. Era tan bella… Pero tenía trabajo que hacer. Comencé a examinar de que iban las patentes. Probablemente tendría que haberlo hecho antes, pero no lo había necesitado. Ahora tenía que comprobar que iban de lo mismo.

Tan solo sabía que se trataba de un invento relacionado con tecnología hiperespacial, pero cuando descubrí cual era la invención en concreto que estaba en juego, comencé a entender por qué alguien se habría arriesgado a robarlo.

Era un motor hiperespacial. Con lo que tenía en mis manos, si se creaba el objeto, se podría viajar a cualquier punto del universo conocido y por conocer en cuestión de segundos. Hasta ahora, solo la información podía viajar por el hiperespacio, pero con esto… Se abría una nueva era de la exploración espacial. Se abrían todas las riquezas que ofrecía nuestra galaxia. Y no solo nuestra galaxia, también el resto de galaxias. Con esto, teníamos el universo a nuestros pies. Todo el espacio existente. Y aquí estaba la patente. El que consiguiera tener la exclusividad de este invento haría miles de millones. Probablemente se hiciera el hombre más rico del planeta. Es más, probablemente fuera el hombre más rico de toda la historia, aun sin ajustar a la inflación en el futuro. Pasaría a todos los libros de historia. Sería considerado la mayor eminencia científica de todas, ofuscando a Einstein, Newton, Pitágoras… En mis manos, tenía oro puro. No, el oro puro era menos valioso. En mis manos tenía el objeto más valioso de toda la historia. En mis manos, estaba escribir la historia bien o mal.

Y por supuesto que yo iba a sacar tajada de ello. Con este caso, podría retirarme si quisiera. Y si no recurrían a mi, estaban perdidos. Era el mejor. Y este caso era lo suficientemente importante para usar todos mis recursos. Yo no iba a pasar a los libros de historia, pero eso no era algo que me importase. El dinero que sacaría era suficiente recompensa, y me iba a asegurar de ello. Me puse a examinar los documentos al detalle.

El resultado final fue que ambos eran prácticamente idénticos. El invento del señor Blake era más avanzado, pero apenas había diferencias. Solo pequeños ajustes, típicos del paso de prototipo a modelo definitivo. Sin embargo, aunque se había intentado registrar posteriormente, se había hecho publicidad del invento en una feria muy especializada. Esto debería permitirme atacar el de la competencia.

El escrito ya registrado era, como se imaginaba el señor Blake, de RSI. De hecho, llevaba el sello de la oficina de Próxima Centauri. Según decía, se había presentado telemáticamente a través de comunicación hiperespacial. Además, tenía la firma del jefe de desarrollo de RSI. Por lo tanto, tenía que haber recibido el diseño por comunicación hiperespacial. Debido a ello, debía haber un topo que había filtrado los planos. Y era alguien que tenía acceso a ellos. Ese era un problema que tendría que esperar. Por mucho que quisiera atrapar a quien lo había filtrado y saber por qué, no me iba a ayudar a resolver el problema de que ya estaba registrado.

Era hora de recoger pruebas. Tenía que pensar lo que la otra parte iba a alegar y buscar formas de desmontarlo. Lo básico era demostrar que el invento era del señor Blake. Busqué gente que hubiera ido a la feria y que hubieran visto el invento. Unos cuantos testigos que lo certificaran. Tenía las fotocopias con el sello oficial que certificaba que eran idénticas a lo que estaba registrado. No creía que fuera a tener muchos problemas. Sin embargo, era probable que los de RSI decidieran confundir al tribunal con la relatividad. Ahí es donde tendría problemas.

Siempre se me habían dado mal los números. Esa era una de las razones por las que había escogido la carrera de derecho. Era bueno con las palabras. Se me daban bien las personas. Pero no podía tragar los números. Si tiraban por la relatividad y lo hacían bien, estaba perdido. A pesar de estar especializado en el espacio, no tenía ni idea de como funcionaba la relatividad a nivel técnico. Sí que pillaba el concepto general, pero estaba seguro de que en el propio tribunal iban a usar las ecuaciones concretas y ni yo ni los miembros del tribunal íbamos a entenderlas. Nos iban a liar y eso jugaba en mi contra. Necesitaba encontrar ayuda o aprender el funcionamiento de las ecuaciones como nunca. Pero ese día decidí ahogar mis preocupaciones el alcohol. A lo mejor el licor me iluminaba la cabeza. O a lo mejor pillaba una intoxicación etílica. Lo que ocurriera antes.

Por lo visto, ese fue mi día de suerte. Llevaba ya dos copas y el alcohol comenzaba a hacer de las suyas. Fue entonces cuando la vi. La mujer del registro, con su ajustado vestido, su cabello negro y su preciosa cara y sus sensuales labios. Lo sensato habría sido no acercarme a ella, pero el alcohol había tomado suficiente control sobre mi cuerpo para que esa idea fuera descartada.

El resto de la noche la recuerdo brumosa. Recuerdo hablar con ella. Se llamaba Dalila y por lo visto tenía un grado en astrofísica. Siempre había querido viajar al espacio a trabajar, pero llevaba un tiempo sin encontrar nada. Un día, RSI contactó con ella para un trabajo. Le iban a conseguir un puesto como registradora de la propiedad, pero a cambio iba a tener que denegar la inscripción del señor Blake. Esto me cuadraba perfectamente. Por eso la había inadmitido en lugar de admitirla y denegarla. Había entrado a través de unas oposiciones amañadas. No sabía cómo funcionaba el registro. Pero ahora RSI había roto el acuerdo y había conseguido que la expulsaran de su puesto de trabajo. Sin un puesto de trabajo, tendría que abandonar la estación en la siguiente nave que partiera.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme a la mañana siguiente en una habitación desconocida, totalmente desnudo, con Dalila también desnuda a mi lado. Había ropa por todas partes. Había sido una noche loca, por lo visto. Tendría que repetirlo en un futuro, pero sin alcohol, para recordarlo. Comencé a vestirme. Ya tenía a mi experta en astrofísica. Estaba casi vestido cuando Dalila se despertó.

-¿Ya te vas, hombretón?

-Tengo trabajo que hacer. Ya lo sabes. Y cuanto antes me ponga a ello, mejor.

-Esperaba que pudiéramos hacerlo una vez más antes de separarnos para siempre.

-No te preocupes, así será. Vente a mi despacho dentro de una hora. Tienes una tarjeta en la mesilla.

Cuando volví a mi despacho, allí me estaba esperando, tan perfecta como siempre. Yo llevaba una carpeta con un montón de papeles.

-¿Qué es eso que llevas?

-Los registros de vuelo de la nave en la que viaja el supuesto inventor de la patente de RSI y los detalles técnicos de su nave. Voy a necesitar que les eches un vistazo y me digas qué conclusiones sacas.

-Mi nave sale dentro de cuatro horas y todavía tengo que empaquetar todo. ¿Cómo me va a dar tiempo a mirar todo eso?

-Fácil. Te ofrezco ser mi ayudante. Tengo el contrato ya preparado. Con solo una firma tuya puedes quedarte en la estación. Además, te ofrezco la posibilidad de vengarte de RSI. Ambos salimos ganando.

Primero me miró extrañada, pero luego se encogió de hombros y agarró el contrato de trabajo. Tras leerlo entero dos veces, lo firmó.

-Perfecto. Voy a formalizar esto antes las autoridades de la estación para que cancelen tu salida de la estación. Mientras, échale un vistazo a eso y me cuentas.

Pronto descubrí que Dalila era igual de metódica en todo lo que hacía. Estuvo dos días seguidos repasando los datos antes de darme una respuesta definitiva.

-Esta nave ha seguido un curso un tanto extraño. Si examinas los datos con atención, hay un momento en que cambia su velocidad. Debido a eso, mientras que deberían haber pasado doce meses en su interior, solo han pasado once. Y fue un punto muy concreto. Es hace un año. Es muy posible que recibieran las órdenes y los planos por comunicación hiperespacial. Esta nave en concreto no debería tener instalado un comunicador hiperespacial, pero se modificó para que tuviera uno.

Eso era perfecto. Teníamos una prueba que demostraba que la nave podía recibir comunicaciones. Y además, que había habido un cambio de la velocidad de la nave que coincidía con el anuncio de un motor que permitía ir por el hiperespacio. No solo eso, teníamos el testimonio de Dalila de que la habían contratado y le habían encargado trabajar en el registro para denegar esa inscripción, además de grabaciones y documentos que lo demostraban. No había tirado nada. Todo iba a pedir de boca y por lo tanto, algo se nos estaba pasando por alto.

Me pasé todo el día siguiente examinando tratados internacionales y acuerdos entre ambas empresas hasta que encontré una cláusula en un acuerdo por el que ambas empresas se sometían a la competencia del tribunal de la estación espacial internacional en materia de propiedad intelectual. Ya tenía donde ir, así que redacté el escrito de demanda y lo presenté.

Tardaron un poco en dar la respuesta admitiendo a trámite la demanda y todavía más en contestar a la demanda. Como esperaba, se opusieron a ella. Su principal argumento para oponerse, por lo que pude entender del horrible escrito que hicieron, era la relatividad, como me esperaba. El invento se había presentado en la feria hacía un año exactamente, sin embargo, por la relatividad, los integrantes de la nave llevaban solo once meses en el espacio, con lo que para ellos, todavía faltaba un mes para que se presentara el invento. Esto cuadraba con lo que había calculado Dalila, salvo que no mencionaban el cambio de velocidad. El tribunal señaló vista para dentro de una semana.

Cuando llegó el día del juicio, Dalila, el señor Blake y yo tomamos una lanzaderas hacia la estación espacial internacional. Había sido sustituida hace unos 20 años por una nueva estación espacial, con todos los avances modernos. No era la tecnología más puntera que existía, pero estaba bastante cerca. Durante un tiempo, el tribunal había estado situado en el centro de la estación, en la zona de gravedad cero, pero rápidamente cambió de lugar porque los magistrados y las partes se mareaban con el movimiento de las paredes. Yo estuve y hay que decir que era, como mínimo, molesto, y una distracción innecesaria.

Las dos partes estábamos preparadas para entrar en el tribunal. En él, tres jueces nos escucharían y decidirían quien tenía razón. Estaba tranquilo, cosa que no se podía decir de Dalila y Blake. Yo ya estaba curtido en cientos de batallas judiciales, pero para ellos, esta era la primera vez. Les había explicado cómo debían comportarse y les había dejado muy claro que a menos que se lo dijera expresamente yo o algún miembro del tribunal, no dijeran nada. Era importante que no respondieran a las pullas de la defensa.

Por fin, los jueces nos dejaron entrar y comenzó la vista. En la tierra, las vistas duraban un tiempo determinado y si hacía falta se posponía para otro día. Debido a los costes del viaje espacial, aquí era diferente. Las vistas duraban lo que hacía falta, con pausas cada cierto tiempo para reorganizar la estrategia y relajarse un poco, ya que podía hacerse muy pesado. Si se alargaba demasiado, proseguía al día siguiente y las partes descansaban en la propia estación espacial.

Así comenzó el juicio. Las primeras intervenciones de cada una de las partes no fueron más que formalidades. Nosotros expusimos nuestra versión de los hechos, ellos expusieron su versión de los hechos… lo típico. La parte interesante venía después, con las pruebas.

Por fin llegó la fase probatoria. Lo verdaderamente importante. Lo primero que hice fue presentar el testimonio de Dalila conforme había denegado la inscripción de la patente por instrucciones de RSI. Cuando protestaron, supe que los tenía. Tal y cómo esperaba, dijeron que si lo que había dicho Dalila era cierto, era un delito de usurpación de la función pública y por lo tanto, el tribunal no era competente. El abogado encargado de la defensa no era especialmente brillante.

Aquí entró en juego otra de las especialidades del tribunal de la estación espacial internacional, también por el precio del viaje espacial. El tribunal de la estación espacial internacional podía conocer de asuntos civiles, mercantiles, penales, administrativos, laborales… Todos los juicios con una conexión con el espacio ultraterrestre se llevaban a cabo en la misma sala. En la tierra, si en un juicio civil aparecía un problema penal, se abría un proceso penal y este lo llevaba a cabo otro tribunal. Aquí no. Todo se hacía en el mismo.

Hubo un descanso de unos minutos y comenzamos con la parte penal del juicio. Aquí la evidencia fue abrumadora. La metodicidad de Dalila había facilitado mucho mi trabajo. La evidencia era tal que para evitar una pena de cárcel, admitieron todo.

Casi no podía creerme lo bien que estaba yendo todo. Ahora tenía una declaración expresa de que habían influenciado en el registro de la propiedad para evitar que mi cliente registrara una patente. Eso era como dispararse en el pie, pero claro, preferían eso y que nosotros nos conformáramos con una pequeña multa a que encarcelaran a los jefes de la compañía. Eso habría hundido la compañía.

Con la parte penal ya resuelta, retomamos la parte de la patente. Comencé a atacar todas sus alegaciones, sin dejar ninguna en pie. Fue entonces cuando llegaron a la que era más difícil de todas. No porque fuera complicada de refutar, sino porque lo difícil era hacer que los miembros del tribunal entendieran algo de lo que se les decía. Nos tocaba hablar de relatividad.

Ellos alegaron que en el interior de la nave no había pasado un año desde que se hizo la presentación en una feria, dando publicidad al invento del señor Blake. Por lo tanto, no podrían haber sabido del invento. Yo presenté el peritaje hecho por Dalila. Todas las ecuaciones, todas explicadas, una detallada explicación de cómo funcionaba la relatividad con ejemplos que aclaraban lo que ocurría… Fue una clase magistral. Y aun así, creo que la prueba decisiva para convencer a los jueces de que sí pudo saber algo aún estando en la nave es el hecho de que la nave alteró su velocidad tras la presentación. La gente puede ser muy obtusa con lo que no entiende.

Los había desarmado completamente. No les quedaban argumentos. Había refutado todo lo que habían alegado. Los jueces estaban convencidos de que el señor Blake tenía la razón. La sentencia de condena no fue más que el clavo final en el ataúd. Habían de pagar una cuantiosa multa por usurpar una función pública, se les revocaba la patente que tenían registrada y se le daba al señor Blake, además de una indemnización por daños y perjuicios y de las costas del juicio. Dalila no se libró tampoco de una pequeña multa por hacerse parar por registradora de la propiedad, pero se libró también de la pena de cárcel. Y gustosamente iba a pagar yo la multa.

En el viaje de vuelta a nuestra estación, hablé con el señor Blake.

-Enhorabuena, Señor Blake. Debe estar muy contento con el resultado del juicio.

-Muchísimas gracias. No lo podría haber hecho sin usted. Por fin está todo solucionado.

-Bueno. Todo todo no.

-¿A qué se refiere? ¿Qué falta por solucionar?

-Bueno, en primer lugar, todavía pueden recurrir la sentencia. Por suerte, solo cabe un recurso. Y tal y cómo ha ido este juicio, dudo que se atrevan. Solo supondría más gastos para ellos. Además, queda por saber quién filtró los planos a la competencia. No creo que pudieran desarrollarlos ellos solos, ni mucho menos que el diseño fuera idéntico al suyo en todo con solo un vistazo y una explicación breve. Esos planos fueron una filtración.

-Pero si trabajé en total secreto. Nadie sabía de los planos aparte de mi y de mi ayudante.

-Pues entonces, o bien su ayudante filtró los planos, o bien entró un espía y se los robó. Porque no creo que usted los filtrara a la competencia sin darse cuenta. Usted mismo, elija cual de las dos es más posible. Y para la próxima vez, a ver si lo registra antes y nos ahorramos disgustos.

Finalmente, no hubo ningún recurso y la sentencia se hizo firme. Por supuesto, el motor hiperespacial, capaz de transportar materia por el hiperespacio, está cambiando el mundo tal y como lo conocemos. Y tanto yo como Dalila nos llevamos una más que suculenta tajada de ese caso. Pero no dejé el ejercicio de la abogacía, me gusta demasiado este mundo. Además, aunque tenga suficiente para retirarme, siempre puedo retirarme con más dinero en el bolsillo.

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