El caso del alquimista de mentira

Publicado: 31/05/2016 en Cuentos e historias cortas, Excusas y otras cosas, Fanfic

Alguien estaba a punto de comerse un bocadillo de nudillos. Por desgracia, no era yo. Los bocadillos de nudillos de Ammyt eran una delicia traída de egipto. Y como eran una delicia, se salían de mi presupuesto. No, quien se iba a comer el bocadillo de nudillos era el hombre que estaba investigando. El falso alquimista. Parecía tener unos trenta o cuarenta años, llevaba el pelo corto y perilla en la que se veían unos cuantos pelos blancos. También llevaba un colgante de Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola.

Hacia una semana que había llegado diciendo que había conseguido crear la piedra filosofal o la piedra chintamani o alguna cosa parecida. La cuestión es que podía convertir el hierro en oro. Aunque algunas de las criaturas del submundo tienen literalmente un caldero lleno a rebosar de oro, siempre podrían usar un caldero de oro para transportar su oro. Por impráctico que fuera, les atraía lo brillante.

Pero por desgracia para este supuesto alquimista, estaba en Barcelona. Y a quien no han intentado timar cuatro o cinco veces, lo han conseguido timar al menos diez. Así que muchos de los seres del submundo vinieron a mi para que comprobara la veracidad de lo que decía. En ese momento comenzó mi investigación.

Le llamé como una potencial cliente, para ver cuanto pedía. Para ser que convertía hierro en oro, no pedía mucho. Podías hacer negocio con eso. Cuando le mencioné esto me dijo que ya tenía todo el dinero que podía querer, así que decidía ayudar a los demás. Se le olvidó mencionar que ayudando a los demás cobraba el dinero que decía que le sobraba, pero la experiencia me decía que la gente rica no siempre era racional. Muchas veces era justo lo contrario.

Mientras se comía su bocata de nudillos, saqué una vieja olla de hierro que uno de mis muchos clientes me había prestado y se la di para que la convirtiera en oro. Por suerte para mi, era una de las primeras clientas que tenía en Barcelona, así que me dejó pagar después de la transformación. Le di la olla y me dijo que al día siguiente la habría transformado en oro. Como no tenía nada más que hacer, por ahí hasta que me diera la olla, me fui a mi oficina a hacer un poco de papeleo y luego me fui a casa a descansar un poco. Al día siguiente fui a primera hora de la mañana a ver al alquimista.

Cuando llegué, efectivamente había una olla de oro como la que le había dado. Y también era más pesada. No sabía mucho de ciencias en general, pero sí que sabía que el oro era bastante pesado. Pero seguía habiendo algo que me escamaba. Y de hecho, se me había ocurrido una idea.

Hacía tiempo que había aprendido que era una buena idea llevar encima una navaja. Más de una vez la había usado para cortar cuerdas y escaparme. Y como último recurso para defensa personal tampoco estaba tan mal. Si seguía subiendo el precio de la munición iba a acabarla usando mucho más que hasta ahora.

Cuando intenté clavar la navaja en la olla, rebotó y saltó una fina película dorada, dejando al descubierto el metal de debajo. Era justo lo que imaginaba.

-¿Así que tu piedra filosofal no es más que un truco de poner plomo para simular el peso y pintar con un espray dorado lo que te dan? Joder, que cutre. Al menos podrías usar pan de oro y no un triste aerosol.

Antes de acabar la frase, el alquimista había recogido ya todas sus pertenencias y se había largado por la puerta. Tampoco es que me imporara. A mi me pagaban por descubrir si de verdad convertía las cosas en oro o no y ya lo había descubierto. Cogí la olla y volví al Rainbow’s Arse para devolverle al cliente que me había dejado el caldero su premio y recoger mi pago de todos los clientes. El alquiler de este mes ya estaba pagado.

Le devolví el caldero Kilbeggan, el leprechaun más avaricioso de toda Barcelona.

-Así que era cierto lo que decía…-Dijo con los ojos puestos en el caldero brillante.

-Que va. Ese Kent no era más que un engañador. Ponía plomo para simular el peso y lo pintaba de dorado. Solo era una estafa. En cuanto le he pillado ha cogido todo y se ha largado de Barcelona. A estas horas debe estar todavía por la Diagonal parado en algún semáforo. Yo ya he cumplido con mi parte. Si queréis hacerle algo ya os apañaréis.

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