Atlántida

Publicado: 15/06/2015 en Cuentos e historias cortas
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Creo que antes de comenzar con la historia tengo que decir algunas cosas sobre por qué estará escrita de la forma que está escrita. Esto es de una idea que tuve hace un tiempo. Quería dar una sensación de claustrofobia y pesadez en una escena, y no quería limitarme a decir que era claustrofóbico. Así que me puse a pensar y se me ocurrió que si hacía un párrafo muy grande, daría esa sensación de pesadez y claustrofobia que quería. No se si funcionará esta idea. Lo dudo. Pero por si llega a funcionar, lo voy a intentar. Se que gramaticalmente estará mal, no hace falta que me lo digáis. Pero quiero ver cómo será el resultado.

En otro orden de cosas, exámenes. Durante dos semanas. Después viene el verano. Haré lo que pueda para seguir publicando a un ritmo normal, pero no hago promesas. Suelo tener poco tiempo libre en verano (aunque suene como una contradicción, es así) y además van a tener que operarme la boca para sacarme una muela del juicio.

Comencemos con el párrafo.

Lawrence llevaba seis meses ya en aquella investigación científica. Y durante seis meses, lo único que habían hecho era seguir a una ballena de punta a punta del mundo. Parecía mentira lo mucho que se podía llegar a odiar a un cetáceo en ese tiempo. Lawrence solo era un técnico de mantenimiento, pero le apasionaba la ciencia. Desde pequeño, le habían gustado todas las ramas de la ciencia mucho. Y ya en su adolescencia, descubrió su amor por la arqueología. Sin embargo, no pudo entrar a estudiar la carrera que quiso, con lo que decidió ir por otra rama. En lugar de estudiar sobre la antiguedad y su cultura, se puso a estudiar sobre motores y mecánica y al final consiguió que le contrataran de técnico de mantenimiento en un submarino científico. Podría ver barcos hundidos y también peces. Ambas cosas le gustaban. Y estaba muy ilusionado con su primera expedición. Iban a seguir a una ballena para ver su comportamiento. Al principio todo fue interesante y descubrió muchos detalles sobre la vida de las ballenas que no sabía antes. Pero después de seis meses, era muy agobiante. No se había dado cuenta del poco espacio que había en un submarino cuando se enroló y ahora era demasiado tarde. Ahora odiaba a ese cetáceo. No a los cetáceos en general, sino a ese en concreto. Llevaba semanas sin hacer nada más que mantenimiento. El nautilus estaba bien preparado y acababa de salir de fábrica. No tenía nunca ningún problema. Cuando terminaba su ronda en el compartimento de los motores, revisando que todos los mecanismos estuvieran adecuadamente engrasados y colocados y vigilando que no hubiera corrosión, ya que eso significaría una fuga, hacía lo mismo en el resto de salas. Una y otra vez los mismos instrumentos, sin ningún cambio. Y después de su ronda diaria, lo único que podía hacer era ir hasta la parte delantera del submarino y observar un gigantesco culo de ballena en la distancia. Casi nunca pasaban peces por delante y cuando lo hacían se movian demasiado rápido para poder saber donde estaban. La tripulación era igual. Eran siempre los mismos. Llevaba seis meses encerrado en un espacio minúsculo con las mismas personas para conversar. Los científicos solo sabían hablar de su trabajo y ya le aburría esa charla. Los otros tripulantes tenían trabajos más exigente y casi siempre estaban trabajando. Cuando no trabajaban, podían charlar un poco. Pero como casi no recibían noticias del exterior, los temas se habían atascado. Lawrence había sido lo bastante previsor como para llevarse un par de libros para leer. Pero había sido el único que se había llevado libros y cuando te sabes el libro de memoria, leerlo ya ha perdido su gracia. Las páginas estaban tan desgastadas de pasarlas que parecían tener cincuenta años más de los que los libros tenían. Ese día, sin embargo, pasó algo que puso todo ese pequeño mundo patas arriba. Lawrence acababa de terminar su ronda y fue de nuevo al morro de la nave. Odiaba a esa ballena, pero las otras opciones eran más aburridas incluso. Todo era azul. No había nada más que un montón de azul delante del submarino, dejando de lado la ballena y el ocasional pez. Estaba acostumbrado a esa vista. Por eso, cuando hubo un cambio que duró unos segundos, quedó sorprendido. Al principio no se lo creía. Pero ahí estaba. Un punto de luz blanca y brillante destacaba sobre el fondo azul oscuro. Llamó a los científicos que había, para saber qué puñetas era. Destacaba mucho. Y no era algo que había visto. No estaban a suficiente profundidad para que fueran peces abisales, ya que el submarino no resistía tanta presión. Y no conocía de muchos animales que hicieran luz, y mucho menos una luz tan potente. Además, estaba inmóvil. Pero a pesar de que todos los científicos fueron a ver la luz, ninguno supo qué era. Si era un animal, debería moverse. No conocían ninguna planta bioluminiscente por esas profundidades. No coincidía con nada conocido. Y estaba en un lugar fijo. Al final, los científicos decidieron decirle al capitán que girara hacia el punto de luz. La ballena tenía colocado un radiotransmisor y podían reemprender su seguimiento en cualquier momento, pero todos estaban muy intrigados por aquella luz. Y todo lo que rompiera la monotonía, aunque fuera un poco, era bienvenido. Después de una breve discusión y de ver que la ballena se dirigía también hacia ese punto, acordaron desviarse un poco y pasar más cerca del foco de luz para ver lo que era. Lawrence decidió dar una pasada más para revisar que todo estuviera bien. Para cuando terminó y volvió al morro del Nautilus, estaba todo lleno de los tripulantes. Se había generado mucha expectación. Había aparecido otro punto de luz. Y con el tiempo apareció otro. Y más tarde otro. Había cuatro puntos de luz formando una cruz. Y empezaban a estar cerca del primero de ellos. Poco a poco, una columna se perfiló. Tenía intrincados grabados. Pasaron a su lado mientras toda la cabina no paraba de tomar fotografías. Y después, una ciudad entera, con edificios de varias plantas, lugares que parecían tiendas. Era una ciudad sumergida. Era la ciudad de la atlántida. Todo el mundo apuntó las coordenadas del GPS y tomó tantas fotos como le fue posible. Eso era el equivalente a la fama. Habían encontrado una ciudad mítica y sabían donde estaba. Podían llegar y explorarla bien en cualquier momento. Y tan pronto se vino como se fue. Aunque la atlántida era más emocionante, no podían hacer nada en ella. El gigantesco culo de ballena volvió a ocupar el primer plano de la cabina de observación durante el resto del viaje.

 

Voy a terminar esto diciendo que soy consciente de muchos de los problemas de la historia. Lo poco fiel que es a la realidad, lo cutres que son los personajes… Se que es bastante cutre. No hace falta que me lo digáis. Mi única intención era dar sensación de agobio. Y reto a todo el que crea que hacer esto es fácil que lo haga. A mi me ha costado muchísimo escribir un párrafo tan largo. Sin embargo, he visto sentencias que, sin ni siquiera proponérselo, han hecho párrafos mucho más largos que esto (es horrible).

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