Memories

Publicado: 03/11/2014 en Elementum: Candela

Fue en una de esas misiones de mi segundo año que descubrí el motivo de que hubiese perdido la memoria.

Todo empezó como un secuestro. Ya había tenido que lidiar con algún secuestro antes. No eran gran cosa. Principalmente se trataba de gente que quería enfrentarse a un elemental. Había todavía algún grupo que sostenía que se debía eliminar a los elementales. Para ello, secuestraban a gente para que se enviara a elementales y así poder hacernos daño.

Pero esta vez no eran esos. Era un grupo independiente. Querían dinero. Y no solo eso, por una casualidad de las que de vez en cuando ocurren, habían secuestrado a la mujer que decía que era mi madre.

Nunca llegué a una total convicción de eso, pero esa señora me había cuidado después de salir del hospital. Como mínimo, le estaba muy agradecida y quería devolverle el favor. Este era el momento de hacerlo. Pedí que me dieran la misión.

Por supuesto que me la dieron. Estaba absolutamente todo planeado.

Aparecí en un descampado. Lo primero que hice fue taparme la cara. Me había costado un poco, pero ya sabía hacer hielo que solo dejaba pasar la luz desde un lado. Había una granja en la distancia. Más a lo lejos, había un pueblo. Tenía pinta de llevar mucho tiempo abandonado. Tanto la granja como el pueblo.

Me acerqué a la granja. No había nadie a la vista. Era principios de otoño. Las hojas todavía no habían caído y la hierba no estaba seca, pero empezaba a marchitarse y ponerse marrón. Una tormenta se adivinaba a varios kilómetros, pero todavía no había llegado. El sonido del viento cubriría todo ruido que mis pisadas pudieran hacer.

La granja tenía dos edificios. Uno era el usado para vivir. Una vieja casa hecha de piedra parduzca y adobe. La puerta estaba en el suelo. No quedaban ventanas. Debía tener un poco más de cuidado ahí dentro. En la planta superior había alguien. Por lo que notaba gracias a mis poderes, tenía un arma montada en un soporte. Estaba claro lo que debía hacer. Noquearlo e inutilizar el arma.

Solo había una persona. Me pude acercar sin problemas por la espalda y fue muy sencillo dejarlo fuera de combate. Le puse una mordaza de hielo que le cortó el flujo de aire y lo inmovilicé de pies y manos para que no pudiera hacer nada. Cuando perdió el conocimiento, y mientras todavía intentaba respirar, modifiqué la máscara y las ataduras. Ahora podía coger aire. En seis horas, el hielo se desharía lo bastante para que lo rompiera por su cuenta y en doce estaría totalmente fundido.

Cogí el arma montada y le congelé el muelle que tenía dentro hasta romperlo. Solo podrían disparar una bala. Además, la mirilla del arma se podía mover, así que la desapunté. No iban ni a acertar a un elefante. El siguiente lugar al que tenía que ir era el almacén.

No era una edificación de madera. Tenía dos metros de hormigón y luego cinco de chapa de color verde, aunque un poco comido por el sol. Era un almacén pequeño, por lo que había visto, destinado a guardar grano.

La tormenta estaba cada vez más cerca. Ya se escuchaban los truenos. Decidí aprovecharme de eso. Escalé la parte de hormigón sin problemas. En cuanto llegué a la chapa, miré hacia la tormenta. Vi un rayo. Comencé a contar. Cuando llegué a cinco, se escuchó el trueno. En cuanto vi el siguiente rayo, conté hasta cinco y comencé a subir. El ruido que hacía yo poniendo el hielo y agarrándolo se confundía con el de los truenos. Tardé un poco en llegar hasta arriba. Cuando lo hice, el cielo de encima mío ya estaba totalmente negro. Todavía faltaba un poco para que llegara la tormenta. Los truenos solo tardaban cuatro segundos en oírse desde que caía el rayo. Debía seguir aprovechándolos.

Me moví hacia el centro, donde supuse que estaban los respiraderos. Los rayos ya solo tardaban tres segundos en escucharse. Estaba cada vez más cerca. En el siguiente rayo, me colé por un hueco hacia el interior del granero.

Esperé ahí un momento, mirando la zona. Había una gran zona libre. Hacía mucho que no se usaba. Cada cinco metros aproximadamente había un separador. Tenían dos metros de alto y unos cinco de largo y también eran de hormigón. En el extremo más cercano a la puerta había una máquina enorme, cerca de un silo. Tal vez para limpiar el grano. No lo se. Al fondo, había una pequeña habitación. Dos metros de alto, un par de ventanas y una puerta, que estaba guardada por dos tipos. Tenía un techo. No iba a ser difícil. Llegaría hasta el final por la viga que aguantaba el punto álgido del techo, bajaría en el tejado y los dejaría inconscientes. No se vería desde las ventanas. Si lo hacía rápido, ni se escucharía cuando les dejaba inconscientes. Tenían un par de armas automáticas, según veía.

Esperé. Comenzó a llover un poco. No mucho. No lo suficiente. Al cabo de un minuto ya llovía con más fuerza. La bastante como para enmascarar el ruido que hiciera. Total, vendría del mismo sitio. No iban a mirar.

Llegué al final sin el más mínimo problema y bajé deslizándome por una barra de hielo. Ya no llovía. Ahora granizaba. Todavía mejor. Más ruido que haría. Me asomé por el borde. En efecto, llevaban un par de armas automáticas y, además, una pistola. Me puse en medio de ambos. Apunté y salté hacia abajo.

Antes de tocar el suelo, les cogí de la cabeza y les golpeé contra el suelo. Medio atontados, les hize la técnica de la mordaza hasta que perdieron el sentido del todo. Cogí el arma del tipo de la derecha a tientas. Con la tormenta, no se veía nada. Había paneles traslúcidos intercalados con los verdes, pero como no había luz, no se veía nada. Solo salía luz de las ventanas y las rendijas de la puerta.

Bajé un grado la temperatura del interior. Podría haber bajado la temperatura cinco grados y como caía piedra, no le darían importancia. Había tres personas. Una estaba en el centro. Tenía la cabeza caída. Las otra dos estaban a los laterales, sentados en un par de sillas. El resto de muebles que debía haber ahí estaban arrimados a las paredes. Dispararía al de la izquierda a las piernas y al de la derecha le golpearía yo misma. Me levanté y me puse delante de la puerta. Tomé aire y entré.

Dejé el sigilo aparte. Pateé la puerta, vacié el cargador al tipo de la izquierda mirando de reojo. Mi supuesta madre estaba atada en el centro. Estaba amordazada y consciente. Levantó la cabeza cuando entré. Después de dejar al de la izquierda sangrando en el suelo, giré la cabeza hacia el de la derecha.

Es curioso. Siempre me ha hervido la sangre cuando recordaba su cara, pero ahora no me pasa nada. ¿Será porque voy a morir?

En cualquier caso, ahí estaba. El muy hijo de puta. Mi exnovio. Supongo que lo era. No terminé de decirle que cortaba con él, pero creo que mis actos lo dejaron lo bastante claro.

Cuando le vi por primera vez desde que perdí la memoria, me vino todo a la cabeza. Dolía. Me llevé una mano a mi frente para controlar los recuerdos. Inútil, pero un acto reflejo es un acto reflejo.

Recordé quien era él. Lo que habíamos hecho juntos. Todo muy feliz. Incluso en ese momento, me pregunté qué le había visto entonces a un imbécil como él. Me di cuenta de cuanto abusó de mi durante nuestra relación. Pero lo peor estaba por llegar.

Recordé nuestro último día juntos. Y resolví el motivo de mi pérdida de memoria.

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