Fantasma

Publicado: 27/10/2014 en Elementum: Candela

Fue en esa época cuando empecé a ganarme el mote por el que todo el mundo me conoce. El Fantasma.

En ese entonces me mandaban varias misiones en las que tenía que infiltrarme a hacer cosas. Cada una era diferente.

En una, tuve que hacer lo mismo que en mi primera misión. Tenía que entrar en un bloque de oficinas y obtener unos papeles. Esta vez tuve más cuidado y conseguí entrar sin que me vieran.

Cuando casi había conseguido los papeles, mientras estaba centrada en forzar la cerradura, entró un guardia. Rápidamente cubrí la habitación de niebla. Sin que me llegase a ver, lo noqueé. Cogí los papeles y me fui. Al día siguiente, en todos los periódicos del país y en alguno internacional se decía que un guardia de sseguridad había sido violentamente atacado por, según él, un fantasma. Las pruebas realizadas por la policía revelaban que había sido un elemental y que se había llevado unos papeles importantes.

Eso me hizo gracia y decidí seguir con la broma.

La siguiente vez que alguien me vio, usé la misma técnica. Esta vez era lo contrario. Me habían encargado entregar un paquete especial a un tipo llamado Drake, del gobierno. Cómo lo acabaría odiando, pero en ese momento no lo conocía. No me podían ver. No me dijeron el motivo, pero no me podía ver nadie. Un policía me descubrió, así que volví a rodearlo de niebla y a dejarlo inconsciente. Los periódicos volvían a estar llenos con esa agresión a un policía. Y se acordaron de mi anterior golpe. De hecho, acertaron a relacionarlos.

En otra ocasión, era una misión de dar una paliza a alguien. Nunca me decían el motivo. Y ya prefería no saberlo. Las habladurías de lo que la prensa llamaba «El Fantasma» habían saltado a las tertulias de todos los bares. Incluso a nivel internacional. Las agresiones a gente no eran infrecuentes. Y las de elementales a gente normal tampoco era infrecuente. Era un secreto a voces lo que se hacía. Pero el mundo estaba sordo. Sin embargo, agresiones firmadas no eran algo habitual. Por eso saltaron a primera plana.

De hecho, en esa misión, cuando me aparecí, rodeada de niebla, y cuando lo envolví, sacó una pistola. Rápidamente me puse fuera de donde apuntaba la pistola, por supuesto, pero estaba tan asustado que sacó una pistola.

Recuerdo lo que gritó al aire, incluso hoy:

-¿Eres el Fantasma? Sé que lo eres. ¿Por qué lo haces? ¿Qué necesidad tienes de recalcar lo que haces? ¿Tanta necesidad tienes de que el mundo te tema? ¿O acaso quieres regodearte con todo lo malo que haces? Eres despreciable. ¿Sabes qué? Yo no te temo. Sé por qué lo haces. Conozco tus motivos. Somos iguales. No. No somos iguales. Tú eres peor. Yo soy un asesino a sueldo. Hago las cosas por dinero. Pero tú, sin embargo, las haces…

No le dejé acabar la frase. Le clavé un cuchillo de hielo en el hombro en que tenía la pistola para que la soltase. Como esperaba, gritó. Es normal hacerlo cuando te clavan un jodido cuchillo en el hombro. También soltó la pistola. Entonces procedí a darle la paliza acordada. Cada vez que intentaba decir algo, le daba un golpe en la cara, para que no hablase. Cuando había terminado, lo dejé tumbado en el suelo. Había tomado la precaución de taparme la cara con una máscara de hielo en cuanto dijo que era un asesino a sueldo.

Pero parece que el ser un asesino a sueldo lo había hecho bastante duro. No había perdido el conocimiento. Y todavía podía hablar.

-Lo haces por placer.

Me dejó parada en el sitio. Sentí que no podía irme sin más. Tenía que responder. Mientras pensaba, siguió hablando.

-Yo era como tú. Hacía daño por placer. Extorsionaba, torturaba… Me daba un morboso placer. Un día, maté a alguien. A partir de entonces, me empezaron a llegar peticiones para que eliminara a gente. Y yo, las acepté. No era lo que me gustaba. Mi vocación era hacer daño, pero no matar. Pero tú eres diferente. No tienes bastante con esto. Necesitas más. Algún día, serás peor que yo. Matarás por placer.

Usé un truco que me habían explicado unos alumnos de último año. Usando el frío, hice más pesado el aire que salía de mis pulmones, con lo que agravé mi voz. El efecto contrario al helio.

-Yo nunca mataré a nadie.

Le di un último golpe en la cabeza para hacerle perder el sentido.

Ahora me doy cuenta e cuan imbécil era en aquel entonces. No me daba cuenta de las cosas. Todo estaba ya decidido.

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