Director

Publicado: 13/10/2014 en Elementum: Candela

El segundo año llegó sin sobresaltos. Nos concedían un mes sin clases ni entrenamientos, pero seguíamos teniendo que ir a hacer misiones. Por suerte, nos dejaban viajar por todo el mundo. Ese primer año aproveché para visitar el Taj Mahal. Lo había visto por fuera en fotos, pero no esperaba ni esa blancura ni unos jardines tan preciosos. Tan verdes. Incluso se oían pájaros. También fui a Nueva York, a la gran manzana. Los carteles luminosos captaron mi atención en un momento. No recordaba tanto colorido ni tanto ajetreo en mi vida.

No se volvió a repetir el incidente. Al menos, no tan grave. Seguía teniendo que emplear la violencia de vez en cuando para detener a los que se escapaban. Alguna vez acabé haciendo sangre por romperle a alguien la nariz o le rompí algún hueso sin querer, pero no hice sangre. No se por qué, me parecía más grave hacerle heridas sangrantes a la gente que romperles huesos. Pero pude seguir con una relativa tranquilidad.

Llegó el día en que me mandaron una misión más rara. No tenía que detener a nadie. Tenía que golpearle. Todavía no se que se pasó en ese momento por mi cabeza. Salí a hacer la misión.

Localizar a mi objetivo no fue muy difícil. El mismo me llevó a un lugar sin testigos. Era un edificio antiguo de ladrillo. El muro estaba lleno de pintadas. El interior tenía pintura verde, que se caía a pedazos. Era evidente que se trataba de una zona marginal. Había también una especie de letrero luminoso roto. No se que anunciaba. Era ilegible. Estaba a punto de decirme algo cuando comencé a golpearle. El primer golpe fue a la mandíbula, desde el lateral. Por lo que me dijeron luego, se la rompí. Volvió a incorporarse cuando le di en la boca del estómago. Siempre se doblaba la gente cuando le daba ahí. Era un acto reflejo. No lo podían evitar. Le golpeé la espalda para tumbarlo al suelo. Esta vez, fue con mis propias manos.

Cayó con toda la cara y se rompió la nariz. Un charco de sangre se comenzó a formar en el suelo. Le agarré el cuello para levatarlo. Todavía estaba consciente. Lo tiré al suelo de nuevo. Cayó de espaldas. Usé un poco de nieve para levantarle la cabeza y que la sangre que le salía de la nariz no se le metiera en las vias respiratorias. No iba a matarlo. Seguí golpeándole una y otra vez. Patadas en las costillas, pisotones en los brazos… Esa vez, la sangre llegó a mis manos. Cuando perdió el sentido, avísé a una ambulancia para que lo salvaran y me fui.

Otra vez, tuve que llegar a mi habitación para darme cuenta de toda la sangre que tenía. Mis manos estaban manchadas. Llenas del rojo brillante de la hemoglobina. ¿Cómo puede un color tan brillante y bonito ser tan siniestro? La túnica también la tenía con manchas de sangre. Más que la otra vez.

Fue en ese momento que pensé en lo que había hecho. Había golpeado a un hombre al que no conocía de nada hasta hacerle perder el sentido. Todo porque me lo habían mandado. Me sentía como una marioneta. ¿Por qué no había pensado en lo que estaba haciendo? ¿Cómo podía no habérmelo cuestionado siquiera? ¿Tan acostumbrada estaba a golpear a gente?

En ese momento, llamaron a la puerta. No me había quitado todavía la sangre de las manos y llevaba puesta la túnica manchada. No podía dejar que Roc me viera así.

-¡Un momento!-Grité, mientras corría al baño a lavarme las manos y esconder la túnica para lavarla después.

Pero no esperaron. Abrieron la puerta. No era Roc, por suerte. Era el director. Había oído de mi misión. Venía a hablar de ello. El director no era un hombre excesivamente formal. Siempre llevaba unos pantalones largos. En verano, vestía camisetas de manga corta. En invierno, camisas de manga larga. Nunca le vi en traje. Ese día, llevaba unos pantalones de color rojo y una camisa negra con un texto que no recuerdo estampado. Su voz estaba perfectamente modulada y el hecho de tener una complexión atlética, hacía que la gente se sintiera a salvo cerca suyo. Como si les fuera a proteger de todo.

-¿Cómo te sientes, Candela?

-¿Cómo me voy a sentir? He hecho mucho daño a alguien sin motivos.

-No es así. No es cómo hacemos las cosas en esta escuela. Todo tiene un motivo de ser. No siempre es un motivo que nos guste, pero siempre está. Normalmente, la gente nos encarga trabajos. También el gobierno. El es el que más trabajos nos encarga. Este era uno de esos.

-¿Por qué querría el gobierno europeo que le diera una tunda a nadie? Y además yo. Tienen mejores formas de resolver sus problemas que así.

-No lo se. Pero es el gobierno. No es una palabra que se pueda cuestionar. Y este no es un trabajo que se pueda hacer visiblemente.

-Continúe.

-No todos los trabajos son bonitos o útiles. En esta escuela, nos ocupamos de los trabajos. Sean el trabajo que sean. Muchas veces, son los trabajos sucios. Los que nadie quiere hacer. Pero son trabajos que deben hacerse. No es un gran consuelo, lo se. Pero es todo lo que hay. Lo habría terminado haciendo alguien. Y tal vez, ese alguien no habría tenido tu cuidado y se habría ahogado en su sangre y muerto. Lo has hecho muy bien.

Qué listo que era el muy cabrón. Primero, se sacó toda responsabilidad por su parte. Después, me dio un discursillo moralista sobre hacer lo que hay que hacer y haciéndose el afectado. Y para rematar, me alaba, elevando mi moral. Siempre te levanta la moral y te quita un peso de encima que te digan que lo has hecho bien. En momentos como ese, que te digan que lo has hecho bien, oir que otros lo habrían hecho peor, te da un empujón de ego que necesitas para mantener la cabeza alta. En ese momento, ni siquiera me planteé cómo sabía lo que había hecho. Todavía no había entregado el informe de la misión.

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