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Publicado: 19/05/2014 en Elementum: Candela

Cuando bajamos, otro tipo con túnica nos esperaba. Tenía dos brazaletes metálicos en las manos. Ya le habían llegado nuestras hojas de inscripción. Bastante sorprendente. Recuerdo que me pregunté cómo lo habrían hecho. Unos años después, lo descubrí. Sin perder tiempo, le puso un brazalete a Roc. Su brazalete se volvió de color marrón oscuro y unos dibujos geométrics aparecieron en la superficie metálica del brazalete. Recordaban a un acantilado. Luego me puso el mío. Fue todavía más impresionante. Primero, se puso de color rojo y luego, este se sustituyó por un color azul claro. Y luego, aparecieron surcos en mi brazalete. Pequeñas llamas brotaban de ellos a medida que aparecían. Una vez terminados, recordaban a las llamas de un incendio y eran de color rojo vivo. El que nos esperaba lo apuntó en mi hoja de inscripción.

Después de eso, nos hizo un tour. Desde el avión no lo vimos, pero había unos enormes búnkers en la isla principal. Nos explicó que las torres eran los dormitorios y cómo saber cual era el de cual. Estaban separados por elementos, para que si ocurría algo, hubiese más gente capaz de controlarlo. No solía ocurrir, pero en más de una ocasión, en el dormitorio de fuego había habido un incendio hecho por un recién llegado. Luego nos enseñó el castillo. Eso era la escuela. Era gigantesco. Tenía cientos de clases, aunque era muy sencillo saber en que clase te tocaba y donde estaba situada. No nos dijo nada de la isla con puente extensible.

Nos dijo la típica pregunta de si teníamos alguna duda. Roc le preguntó por la isla que no nos había enseñado. Su respuesta fue tajante. “Todavía no podéis saber nada de esa isla”. Aun a día de hoy no entiendo por qué no. No es algo tan secreto. Toda la escuela la usa constantemente. Aunque supongo que tiene sentido que los novatos no puedan acercarse. Algunos se lanzarían por los portales para ver a sus familias o a correr aventuras. Yo le pregunté a qué venía una escuela en medio del mar. Era de lo más poco práctico para llegar y la comida, agua o cualquier otra cosa no se podían traer con facilidad. Su respuesta era que por tradición. Lo cual se traduce en un “No tengo ni idea”. También le pregunté el motivo de la estética medieval que tenían los edificios. Era porque “queda chulo”.

Nos cieron el horario para el día siguiente. Nos tocaba en los búnkers. De momento, nos daban el día libre, así que fuimos a nuestras habitaciones a dejar las maletas y rondamos por la isla. Todavía no le había preguntado cómo se manifestaron sus poderes. Me dijo que estaba en medio de una excursión cuando una roca se desprendió de una cornisa. La roca iba a su padre. Entonces, otra roca salió de la pared y protegió a su padre. En comparación, mi historia de congelar un vaso de agua quedaba cutre.

Pero lo importante era el día siguiente. Tuvimos que ir a los búnkers. Yo estaba asustada. Un búnker tiene un nombre que hace pensar que no hay nada bueno dentro. Pero no en este caso. El búnker estaba impoluto y los elementales se entrenaban ahí. Nos recibió un tipo muy grande, con bigote. Por un lado, su cara daba miedo. Pero al mismo tiempo, tenía unos ademanes y una forma de andar que daban risa. En realidad fue muy amable.

Creo que todavía sigue en ello. Sí, míratelo ahí. Acaba de matar a un tipo.

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