Elementum: Cólodin y Kailey. Epílogo, parte final.

Publicado: 23/04/2014 en Elementum: Cólodin y Kailey

-Soldados, hacedle lo que queráis, ya sabéis lo que ha hecho hasta ahora. Conoceis todas las crueldades que ha llevado a cabo. Pero esa ampolla la quiero entera. Que no se pierda ni una gota.

-No te preocupes por eso, no se perderá una gota.

Cólodin se clavó la aguja en el brazo. Vació su contenido en un abrir y cerrar de ojos. Cólodin la dejó caer al suelo y sonrió.

Con una mueca en la cara, cayó al suelo. Se miró el brazo. Unas finas líneas negras comenzaron a aparecer en su mano. Rápidamente se extendieron al resto de su brazo. Cólodin gritó de dolor. Kailey no le había visto gritar así ni cuando se arrancó la lanza el último día. Estaba gritando de verdad. Era como si el brazo le quemara. Su grito se fue distorsionando. Al principio, era humano, pero poco a poco se fue volviendo más animal. A medida que el negro de su brazo avanzaba hacia arriba, gritaba más y más, y se parecía más a un animal. Hasta que el color negro llegó a su cabeza. Había ido directo hacia allí. No se había extendido hacia abajo, solo hacia arriba.

Ahora, el negro le cubría media cara. Y había dejado de gritar. Cólodin se levantó. Esta vez, era seguro que no era él. Movió el brazo ennegrecido un poco. A una cuarta parte de la tropa, una especie de araña de hielo les salió de sus entrañas, destrozándoles desde dentro. Arrancándo la armadura a trozos. Casi todos los soldados comenzaron a vomitar. Pocos pudieron terminar. El vómito se les congeló en la garganta, sin poder salir ni dejándoles entrar aire. Cayeron asfixiados al suelo. Los pocos soldados que todavía estaban vivos salieron por patas. Un enemigo que es capaz de hacer eso no lo puedes vencer. Nunca jamás.

El gran ejército del rey se havía visto diezmado en menos de dos minutos. Cólodin no se había ni movido. No había avierto la boca. Simplemente, estaba ahí de pie. El caballo en que el rey estaba se convirtió en una estátua de hielo y se deshizo en miles de piezas. Entonces Cólodin avanzó. Parecía una bestia salvaje. Kailey le había tapado los ojos a Flora. No tenía por qué ver la carnicería que aquello era.

Cólodin se acercó al rey y, agarrándole del cuello, lo levantó al cielo.

-Adelante, mátame. Otra víctima más. ¿Que te importa eso? Solo soy otro más de todos los que has matado. ¿Acaso sabes toda la gente que has matado? Nunca los has contado. Tu solo vas adelante. Una muerte más, otro pago para tí. ¿Me equivoco? Para tí las vidas humanas son tan solo números. ¿Qué te hace diferente de mi? Ese poder, ¿sabes para qué lo quería? Para defenderme de tí. Todos los reyes de este mundo te temen y admiran. Todos se unirían contra tí si supieran que pueden vencerte. Pero no lo hacen porque son unos cobardes. Mi úico objetivo durante todo este tiempo has sido tú. Tú y tus asesinatos, tus batallas. El inmortal Cólodin. El invencible. El bárbaro. El asesino. ¿Crees que hacías el bien? ¿Crees que tus acciones han ayudado a la gente? No. La gente aquí quiere a sus reyes. Los respeta. Los ama incluso. Liberanto a la gente de sus gobernantes tan solo has hecho que líderes sedientos de guerra suban al trono para evitarte. Para proteger a su gente de tí. ¿Realmente pensabas que no queríamos a nuestro pueblo? ¿Quien nos haría la comida? ¿Quien nos defendería? Nosotros no somos nada sin el pueblo y el pueblo no es nada sin nosotros. Yo era un buen rey. Aplicaba mi idea de bondad, así como tu has aplicado tu idea de bondad. Somos iguales en realidad.

-He matado a 428.631 personas exactamente.

Y una gigantesca estaca de hielo lo empaló. Tras unos últimos estertores, se quedó quieto.

Cólodin, o mejor dicho, lo que ahora era Cólodin, se dirigió hacia Kailey. No parecía que fuese a decirles algo. Kailey puso a Flora detrás suyo y se preparó. Tal vez tendría que luchar. Cólodin tenía el brazo en negro cubierto de escarcha. Lo lanzó hacia Kailey.

Se detuvo a un centímetro de su estómago. Gritando, llevó el brazo atrás. La parte oscura de su cara estaba desapareciendo. También la de su brazo. Poco a poco, volvió a ser normal. Y cayó desmayado al suelo. Kailey se acercó hacia él y le levantó la cabeza.

-¿Cómo te encuentras? ¿Que te ha pasado?

Todavía un poco mareado, Cólodin comenzó a explicarse.

-¿Sabes la botellita esa? Pues era un concentrado. Un concentrado de virus. Del que dio los poderes. Es una cosa muy extraña. Por un lado, te da poderes. Pero, además, como para controlar los poderes necesitas fuerza mental, también te aumenta la capacidad mental. Te vuelves más inteligente. Tu cabeza procesa más datos. Yo, como ya tenía los poderes, al ponerme esa cantidad, he sufrido una sobredosis. Mis poderes han aumentado exponencialmente, al igual que mi mente. Pero ha sido algo extraño. El virus me susurraba… cosas. Iba a mataros a ti y a Flora. No podía pensar claramente. Al final, he conseguido congelar al virus. Pero me ha afectado al sistema nervioso. Eso no he podido evitarlo.

-¿De que manera te ha afectado?

-Dentro de quince minutos, mi corazón se detendrá. Aun si no se detuviese, en media hora mis sinapsis cerebrales se desharían hasta el punto que no podría controlarlo.

-Déjame ayudarte entonces.

-No. Esto es algo que ya sabía. Kailey. Déjame. Por una vez, no quiero seguir viviendo. El rey tenía razón en algo. Mis motivos para actuar han sido egoistas. Pensaba en lo mejor para mí. En lo que creía correcto, en lugar de lo que lo era. ¿Cuando vinimos por primera vez, recuerdas que nos dijeron?

-Que traeríamos sangre y muerte a esta realidad, sí.

-Al final, yo solo lo he hecho. He traído más sangre y muerte yo solo a este reino que ninguna otra persona. Todos esos soldados tenían familias, vidas. La mayoría estaban aquí obligados. Y yo, en nada de tiempo, les he quitado la vida. Ya sabía esto, pero no podía dejarlo así. Tenía que solucionar este asunto. Pero he tomado esa decisión. Ya he hecho todo lo que tenía que hacer aquí y todo lo que debía hacer aquí. Es hora de dejar este mundo a su propia merced.

-Entonces ven conmigo. Puedo ayudarte con mis poderes.

-¿Cómo vas a poder ayudarme con tus poderes de fuego, Kailey?

-¿Fuego? Soy de curación. ¿No lo recuerdas?

Cólodin se rió. Era una risa franca. Estaba realmente feliz.

-Ni siquiera he sido capaz de llegar hasta el universo al que quería ir. Eres igual a la Kailey que conocía, pero con otro poder. De todas formas, no quiero vivir. Por primera vez en la vida, estoy en paz. Todas las vidas que me he llevado pesaban mucho. Y con todas las que me he llevado hoy, pesarían todavía más. No puedo vivir así. Es imposible. Lo único que quiero es estar aquí tumbado, contigo. Por primera vez en mucho tiempo, no me pesan las muertes. No debo pensar en que haré mañana. Soy feliz. Simplemente feliz. Nunca lo volveré a estar. Kailey, concédeme esto.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Kailey. Estaba con Cólodin, por última vez. Esta vez, definitivamente era la última vez. Y estaba muriendo. Pero al menos, era feliz. Flora se había apartado para no estorbar. Cólodin estaba recordando todos los momentos felices de su vida mientras se los contaba a Kailey. La privera vez que se conocieron. Cuando descubrieron que tenían poderes, cada vida que salvaron o hicieron mejor con sus acciones en la escuela, las caras de agradecimiento de la gente a la que salvaban…

Tras diez minutos, Cólodin le dijo.

-Kailey, antes de que me olvide, tengo que hacerte un regalo.

Cólodin levantó su mano. Una pequeña bola comenzó a formarse en medio del aire. Cada vez era más y más grande, hasta llegar al tamaño de una bola de fútbol. Comenzó a arder. No se hizo más grande, pero Kailey podía comprobar como Cólodin añadía cada vez más materia en cada vez menos sitio. Y entonces, explotó. Pero no del todo. Al mismo tiempo que se formaba una supernova en miniatura, se formó un agujero negro en medio de la supernova. El espacio hizo cosas muy extrañas en ese sitio. Kailey no sabría decir exactamente qué. Y justo en medio de todo, se abrió la realidad. Y apareció Cólodin. De pie enfrente suyo. Sin ningún problema.

-Mi regalo…-Dijo el Cólodin que tenía en su regazo.

-Soy yo.-Siguió el otro.

-Nos dejas un momento a solas. Cinco minutos. No más.

-Por supuesto.-Se contestó a si mismo. Pero no a Si mismo, sino a si mismo. Era todo un poco confuso.

-Viene de otra realidad. Una realidad en que no vino aquí. Una realidad en que no va a morir. Una realidad en la que te ama. Y en la que no le amas. Lo he traído para quedarse en tu realidad. Contigo. Ese es mi regalo.

-¿Y su madre?

-Murió. Es huérfano. Nadie le echará de menos. Contigo, te tendría a ti. Tendría una familia. Sería feliz. Y era lo que tu querías, ¿no? Ya se que no soy yo en verdad, pero tampoco lo era hasta ahora y no ha pasado nada. Dime que lo aceptas. Tan solo eso. Por favor.

-Por supuesto que sí tonto.

-Gracias. A cambio, debo pedirte dos cosas. La primera es que incineres cada átomo de mi cuerpo cuando muera. No deben quedar restos míos de ningún tipo. Si no fuera así, vendrían a buscar el virus que todavía llevo encima. No puedo permitir eso. No dejes que ocurra. Debo arder hasta que no quede nada mío. ¿Lo entiendes? ¿Lo harás?

-Sí.

-Bien. La otra cosa que te debo pedir es que te quedes conmigo hasta que muera. Solo eso. Y no llores, por favor. Este no es un adiós.

Kailey no lo pensaba así, pero aceptó. Por supuesto que era un adiós. Era el segundo adiós definitivo que le daba a Cólodin. El primero fue cuando se fue por primera vez. Nunca más volvió a ver a ese Cólodin. Este era el segundo. Y era posible que hubiese un tercer adiós.

Cólodin volvió a hablar.

-Kailey…

-Dime.

-Han pasado quince minutos.-Sonreía. Cerró los ojos. Una última vez.

Kailey lloró. Tenía a Cólodin a su lado y al cadaver de Cólodin al otro. Era una situación extraña. Era un gran hombre. Tal vez el más grande de todos. Y se había ido. Había hecho tanto. Muchas cosas buenas. Muchas cosas malas. Pero todo lo que había hecho lo había logrado por si mismo. Y era impresionante. Quemó el cuerpo, tal y como le había pedido. Elevó la temperatura hasta lo más alto que pudo. El plasma dejó lugar a otro estado de la materia. Y cuando solo quedaron las cenizas, las volvió a quemar. No quedaron restos de Cólodin. Absolutamente nada.

Finalmente, abrió de nuevo el portal a su nueva vida, con Cólodin y con Flora.

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