Epílogo, parte 2: El líquido

Publicado: 07/04/2014 en Elementum: Cólodin y Kailey

-No saldremos de aquí.

Con un movimiento de su mano, Cólodin abrió el portal al otro mundo que estaba oculto. Cruzaron al otro lado y Cólodin lo cerró, tal y como Kailey le había visto hacerlo hacía siete años. No había cambiado nada, y al mismo tiempo, era otra persona totalmente distinta. Seguía siendo Cólodin. Se veía como Cólodin. Hablaba como Cólodin. Pero no actuaba exactamente como Cólodin.

-¿Y ahora, que?

-Esperamos aquí. Tiene que llegar una persona muy importante.

Parason las horas. Cólodin miraba hacia el horizonte fijamente y conversaba espontáneamente con Kailey, mientras que ella jugaba con Flora y admiraba sus habilidades para hacer crecer árboles.

Una columna de polvo comenzó a elevarse por el horizonte.

-Ah, ya llega. Por fin.

Un rato después, Kailey pudo ver algo claro: No era una persona. Eran muchas. Era un ejército al completo. Y menudo ejército. Era enorme. Habría unas 200.000 personas en el ejercito. Y cada vez se acercaban más.

Tardaron dos horas en llegar hasta donde estaban. Cuando lo hicieron, se pararon. 200.000 personas se detuvieron ante una sola. Un caballo se adelantó de la enorme formación que era el ejército. Era un caballo que haría quedar en ridículo al mejor de los caballos que había visto Kailey. Y al final, había visto muchos. El hombre que lo montaba llevaba una armadura chapada en oro. Destilaba dinero. Y poder. Era un hombre poderoso. Supuso que el rey que le había mencionado antes Cólodin.

-Veo que has decidido entregarte. Una pena que a estas horas, todos tus amigos estén muertos.

-Que va, no todos. Ahí están jugando dos, precisamente. Deberías contratar mejores asesinos, sabes, los que tenías hasta ahora son bastante cutres.

-Pagarás por tu insolencia.

-Ya lo he hecho. Te toca pagar tu parte. Por explotar a tu pueblo. Por llevarlos a la muerte. Por amenazarme. Por tus asesinatos cobardes. Por declarar la guerra a medio mundo y conquistarles. Por quemar aldeas y cultivos. Por destrozar las vidas de infinidad de gente y no preocuparte en absoluto. Por ser un tirano déspota que solo piensa en si mismo. ¿Crees que ese ejército te va a salvar? Vamos, sabes quien soy. Este ejército no va a durar nada.-El rey se dio la vuelta y se alejó. Cólodin alzó la voz.-Tus soldados harían mejor marchándose a sus casas y viviendo sus vidas con sus familias que quedándose aquí para morir por un rey que los desprecia y los humilla. Saben quien soy. Saben lo que les depara. O eso creen. Lo que he hecho hasta ahora va a quedar en nada. Por cierto, es esto lo que quieres, ¿no?

Cólodin se sacó una pequeña jeringuilla automática. Un avance de la ciencia. Una vez la clavavas, inyectaba su contenido automáticamente. Debía estar clavada muy poco rato, por lo que era ideal para gente con fobia a las agujas. Esta contenía un líquido oscuro. El rey se giró para verlo.

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