Epílogo, parte 1

Publicado: 31/03/2014 en Elementum: Cólodin y Kailey

Kailey salía de su trabajo. Pero no era otro día más. Habían pasado siete años desde que empezó a trabajar. Siete años desde que Cólodin se fue. Esos días siempre lo recordaba, y miraba el orbe que le había dado. Al principio, pensó en deshacerse de él, pero no tuvo fuerzas para hacerlo. Lo mantuvo. Hoy iba a llegar a casa e iba a mirarlo. Lo sabía. Ese día siempre lo recordaba con más fuerza. De hecho, ¿ese tipo del otro lado de la calle no era él? No, no podía ser. Se había ido a otro mundo. No podía ser.

De camino a casa, le pareció verlo dos veces en la multitud. Pero cada vez qeu algo le tapaba la vista, desaparecía. No podía serlo. Era imposible. Se había ido y no lo volvería a ver. Todo esto le estaba afectando. Se iría a casa y se relajaría. No podía seguir así. Tenía que superarlo de una vez.

Cuando llegó a su apartamento, la puerta estaba entreabierta. No estaba rota la cerradura, eso lo podía ver, pero estaba segura que no había dejado la puerta abierta, y mucho menos la luz encendida. Kailey preparó sus poderes. Tal vez tendría que hacer uso de su entrenamiento. Hacía mucho que no combatía, pero todavía podría tumbar a la mayoría de los oponentes. Con sus poderes listos, entró en su casa.

-Buenos días Kailey, ¿que tal estás?-Dijo Cólodin.

Pero no podía ser Cólodin. Se había ido. ¿O tal vez sí? Estaba ahí. Sentado en su salón.

-Sí, Kailey, soy yo de verdad. He venido. Por fin he venido. Vamos, siéntate. Siéntete como en casa.

Cólodin le contó todo lo que había hecho en el otro mundo. Le contó como había estado haciendo pequeñas incursiones en este mundo para analizar sangre de Isaac. Como trató de mejorar la vida para los campesinos de la otra realidad, ayudándoles en época de sequía, luchando contra soldados para evitar que arrasasen aldeas.También cómo descubrió que la sangra de Isaac tenía unos virus. Unos virus que en cuanto entraban en contacto con la sangre de otras personas, los mutaban.

-Esos virus, cuando entran en el torrente sanguíneo, modifican tu ADN. A partir de ese momento, tu ADN te permite manipular elementos. Esos virus nos crearon, y todavía los tienen en su torrente sanguíneo. Un rey supo de la existencia de estos virus y que yo los tenía y me los lleva exigiendo. Y me los quiere sacar a toda costa. Y eso quiere decir que ha aprovechado portales que he ido dejando. Aunque los cerré, todavía se pueden volver a abrir. Es una herida reciente en el tejido de la realidad. Cuando más se alejen las dimensiones, más difícil será volver a abrirlos, pero esas son muy recientes y se requiere muy poco para abirlo. Tan solo necesitan materia. A través de esos huecos, ha enviado asesinos. Ammós y Lóraj han muerto y del resto no tengo ni idea. Por eso he venido. No quiero que te pase también a tí. Estás en grave peligro.

-¿Crees que no me puedo defender sola de unos asesinos? Recuerda lo que llegué a hacer, Cólodin. Recuerda a Drake. ¿Crees que por muy buenos que sean podrán conmigo?

-No creí que pudieran vencer a Ammós y Lóraj y lo hicieron.

-Yo no soy Ammós ni Lóraj. Yo soy yo.

-Por si acaso, quería asegurarme.

-Dime, ¿Por que te fuiste? De verdad. No me cuentes mentiras o frases trilladas. ¿Que fue lo que te hizo irte?

-Cuando me clavaron la lanza en el estómago, creí que moría. Realmente lo creí. Y en ese momento, vi todo. No me refiero a mi vida. Me refiero a la realidad. A la historia. A la totalidad de los universos. Cuando me la clavaron, abrí los ojos y vi ante mi toda la historia pasada. Todos los acontecimientos que habían pasado, brillando como estrellas. Los más importantes brillaban más. Los menos importantes menos. Y algunos eran simples motas de polvo. Era precioso y aterrador. Y me giré. Y vi todo lo que estaba por venir, en este y en otros universos. Por mucho que girase, nunca terminaba de verlo todo. siempre había algo más. Las luces más brillantes estaban ahí. No sabía que eran, pero eran gigantescos destellos. Y ante todo eso, tomé conciencia de mi importancia. De que era menos que una mota de polvo en el torrente de la historia. De que toda mi vida no tenía la más mínima importancia. Y me dio pánico. Saber que todo lo que he hecho en esta vida no tiene importancia, tener la sensación de que la había malgastado… No puedes ni imaginarte como me hizo sentir. Me fui por eso. No podía soportarlo. Lo que te dije tiene parte de verdad también. Además, esa forma impulsiva de comportarme no es típica de mi, así que creo que hice bien.

-Entiendo. Por cierto, ¿QUÉ PUÑETAS ES ESE RUIDO EN LA COCINA?

Una niña de unos seis años se asomó por la puerta de la cocina. Tenía el pelo verde. No. No era pelo. Eran hojas. Miles de hojas componían su pelo. Su piel era de color oscuro, pero parecía madera. Casi podía ver vetas en ella. Era como un árbol. Y sus ojos eran de un color azul claro, como el agua tranquila.

-Ella es Flora. Es la hija de Junco y Mar.

-¿No eran…?

-Sí. Un árbol. Ella es otra de las razones por las que he venido. Voy a necesitar ayuda con ella.

Kailey, que se había puesto de pie, se tuvo que volver a sentar.

-Son muchas noticias de vez. No se si podré asimilarlo todo en tan poco tiempo. Por cierto, ahora que pienso. ¿Cómo has sabido dónde vivía?

-Sabes la esfera que te di, la que tienes en tu cuarto.

-¡Dijiste que era unidireccional!

-Lo es. Y el pedestal también es unidireccional, pero en sentido contrario. He visto tu vida estos siete años.

-Incluso cuando yo…

-Sí, incluso eso.

-¡CERDO!

-No te preocupes. Ya sabes cómo soy respecto a eso.

-¡Me da igual! Es mi intimidad. ¿Cómo te atreves?

-Si no te importa, te lo cuento por el camino.

-¿Camino?

-Si Flora está aquí, ¿qué está haciendo ruido en la cocina?

Cólodin congeló la puerta de la cocina, para que quien estuviese dentro no se moviese. Agarró a Flora por la cintura y salió al pasillo, agarrando a Kailey por la mano. Bajaron corriendo las escaleras y corrieron por la calle. Kailey no se sentía así desde hacía mucho, mucho tiempo. Corrieron por varias calles de la ciudad, hasta que llegaron a un callejón sin salida. Los asesinos los habían seguido y ahora se mostraban. Eran cinco. Estaban en la boca del callejón. Estaban acorralados.

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