Víctor

Publicado: 19/08/2013 en Elementum: Cólodin y Kailey

Víctor estaba confuso. No sabía cómo reaccionar por una vez en la vida. Siempre había sabido cual era la mejor reacción para las circunstancias concretas. Ahora estaba confuso.

-Pero, ¿cómo?

Cólodin le ignoró. En su lugar, se centró en Casilda.

-¿Que debes coger de aquí? Coge todo lo necesario.

-Ya lo tengo. No es mucho. Con esto y la flor que nos falta debería poder crear el antídoto.

-¿Deberías? Solo tendremos una oportunidad.

-Podré seguro. Era una forma de hablar.

-Bien, vámonos a la puerta principal y salgamos de aquí.-Dijo Lóraj.

-No creo que sea una buena idea. He dejado unos cuantos puntos de frío. Es una forma que tengo de saber si nos siguen o no. Ahora mismo, está infestada. No podemos pasar por ahí. Víctor, tú conoces el castillo mejor que nadie. ¿Algún pasadizo secreto?

Kailey había estado consolando a Víctor hasta ese momento. Estaba derrumbado, pero pareció recuperarse.

-Sí, conozco uno. Está en la sala del trono, bastante bien protegido. Vamos, os llevaré ahí y huís.

-Perfecto, vámonos.

El rostro de Víctor volvió a quedarse sombrío. Estaba triste. Pero en sus ojos, se podía ver determinación, aceptación de lo que era en realidad.

Llegaron al pasadizo en poco más de 15 minutos. El rey estaba reunido con sus consejeros en una sala aparte, así que no les vió. Víctor abrió el pasadizo y todos comenzaron a cruzar. Primero fue Casilda. El último, fue Cólodin. Este esperó un momento antes de seguir.

-Cuidaremos de Casilda. Te lo prometo.

-Más os vale. U os perseguiré en sueños.

-Nos veremos.

-Vamos, sé que no piensas realmente eso. Casilda, confía en estos hombres. Y recuerda que tu papá te quiere. Si quieres decirle algo a mamá, dímelo. La veré luego.

-Dile que la echo de menos.

-Un momento, antes quiero darte algo. Déjame tu chaleco.

Víctor se sacó su chaleco y se lo dio. Era un chaleco sin mangas. Cólodin abrió su mochila y sacó los cartuchos de dinamita. Unió todas las mechas a un pulsador. En el momento en que se presionase, se activaría todo. Después, usando el frío, pegó los cartuchos de dinamita al chaleco. Hizo esas uniones como un sistema cerrado de energía. Nada entraba, nada salía. Así, se lo dio a Víctor.

-Si aprietas este botón, el chaleco explotará. Eso hará daño estructural al castillo, tal vez te sea de ayuda. También te matará e impedirá que te conviertas en uno de esos. Es lo único que puedo hacer por tí ahora mismo.

-Gracias. Vamos. marchaos.

Y así, Víctor cerró la puerta del pasadizo secreto. Después, fue a la sala en que estaba reunido el rey. Entró tirando la puerta abajo y se puso a mandar órdenes. Sabía lo que pensaban y cómo necesitaban oir las órdenes para cumplirlas. Decidido, les dijo:

-Ahora mismo vais a coger a todos los soldados disponibles y evacuais la ciudad con todos los ciudadanos posibles. Que no quede nadie. Absolutamente todos. Id a cualquier lugar menos aquí. Que nadie se infecte. Si hay algún muerto, le cortáis la cabeza. No queremos que haya más en el bando enemigo. Cada minuto que pasáis aquí, son vidas inocentes que se desvanecen y se convierten en «eso». He enviado un grupo de soldados hacia una posible solución. En cuatro días sabremos si han tenido éxito o no. Vamos. Y usted, majestad, acompáñeme.

Nadie discutió sus órdenes. A todos les parecían lo más sensato que se había dicho esa noche. Nadie cuestionó que fuese el guardia real. Ya había intervenido otras veces en el consejo.

El castillo quedó desierto en unos instantes y grupos de soldados se dispersaron por toda la ciudad, rescatando a tantas personas como pudieron. Mientras tanto, Víctor cogió las llaves de las mazmorras y cargó un barril de cecina. Víctor llevó al rey hacia abajo. Hacia lo más profundo de las mazmorras.

-¿Dónde me llevas?

-A un lugar seguro, majestad.

-¿Por que? ¿No es seguro el castillo?

En ese momento, un zombi apareció. Se había colado por los conductos de desague. Víctor le cortó la cabeza con una daga que había cogido.

-No, no es seguro.

Finalmente, llegaron a su destino. Era una celda normal y corriente a simple vista. Víctor hizo entrar primero al rey. Después, entró, dejó el barril de cecina y trajo uno de agua. Salió de la celda y la cerró con llave.

-Víctor, pero que haces.-Dijo el rey abalanzándose sobre los barrotes.

-Protegerle, majestad. Durante lo que me queda de vida. Ahora mismo, ningún lugar es seguro. Aquí, al menos, los monstruos no le podrán tocar si se pega al fondo. Dentro de cuatro o cinco días, el grupo que he enviado debería solucionar el problema. Si no lo hacen, estamos prácticamente condenados. No hay lugar seguro en la tierra ahora mismo. Si lo consiguen, aquí tiene la llave. Si no lo consiguen, aquí tiene una daga. Ya ha visto como son. Y no se detienen nunca. No comen, no beben, no duermen. Si me disculpa. Debo ir arriba para conseguirles algo de tiempo.

-¿Por qué? ¿Por que no te encierras conmigo tu también?

-Debo decirle, majestad, que durante años ha tenido a un antinatural a sus órdenes. Y como las leyes ordenan, debo morir y pagar así por mi crimen a la naturaleza. Adiós majestad. Si alguna vez nos vemos, será en la otra vida.

Víctor se fue y cerró la puerta del castillo. Sin ayuda de nadie, cerró los dos portones y puso el travesaño. También cerró todas las puertas interiores y las apuntaló con absolutamente todo lo que pudo. Estanterías, mesas, sillas. Normalmente, una persona normal no habría podido. Pero ni era una situación normal, ni Víctor era normal. Una vez estuvo todo cerrado, se puso la armadura al completo. El pecho lo había cogido de la armería y era un par de tallas mayor para que el chaleco explosivo de Cólodin cupiera debajo. El cable era lo bastante largo para llegarle a la mano y así se lo había atado. Se sentó en las escaleras que llevaban al trono. Esperando a que entrasen.

El tiempo pasó. Comenzó a oir ruidos. Miró por las ventanas. Estaban negras. «Un momento, si todavía es de día. No puede estar oscuro.»

Las manos comenzaron a romper el cristal y la madera. Era muchos. Muchísimos. La puerta se rompió en pocos minutos. Víctor se puso en pie. Parecía que sabían exactamente dónde debían ir. Se puso el casco y comenzó a avanzar. No se lo iba a poner fácil. Desenvainó la espada. Tendrían que pasar por encima de su cadáver.

Así pasó sus últimos minutos de vida. Golpeando, cortando y acuchillando a todo lo que veía. Algunos de ellos eran soldados. Todavía llevaban el uniforme. Otros eran civiles. Entre esos, había amigos, conocidos, vecinos y familiares suyos. Los reconoció a todos. Y cada uno de ellos le rompía un poco el corazón. Pero conocía su tarea. Ganar todo el tiempo posible para que Cólodin y los suyos pudiesen cumplir su misión.

Pero ningún hombre, por muy excepcional que sea, es invencible. Víctor también se cansaba. Y le golpeaban. A los 15 minutos estaba totalmente empapado. A los 20 jadeaba. A los 25 ya casi ni se tenía en pie. Era fuerte, pero hay muy poca gente que aguante más de 30 minutos en una armadura al completo. Y menos todavía dando golpes continuamente. Víctor ya no podía más. Pero siguió. Golpeó, golpeó y golpeó hasta que ya no podía ni levantar su espada.

Supo que ese era el momento. Se apartó y abrió los cierres de la coraza. Soltó tanto la espada como el escudo y agarró el detonador. Tenía que apretar el botón. Eso era todo. Podía hacerlo. Se tambaleó hasta una columna. Estaba cerca de la salida secreta, con lo que si se caía, bloquearía el paso. Al menos durante un tiempo. Gritó, hizo ruido. Atrajo a tantos como pudo. Cuando ya no pudo más, presionó el detonador.

Vio a su mujer delante suyo. Era un fantasma. Transparente. Casi parecía que podía tocarla. Alargó la mano hacia ella, pero solo tocó el aire.

-Por favor, perdóname todo lo que te hice. No te pude salvar.

-No tenías que salvarme. Lo sabes. No podía nadie. Deja de torturarte. No has disfrutado de estos años. Al menos, quédate en paz estos últimos momentos.

Víctor sabía que todo eso eran imaginaciones suyas. No era real, su mente se lo inventaba todo para darle una muerte tranquila. Sin embargo, eso no hizo que fuese menos feliz. Era algo que le había atormentado mucho tiempo. No le importaba ya nada. Sabía que había muerto. De hecho, se encontraba en el cielo. Era tal y como se lo imaginaba. Ahí estaba su esposa, sus amigos. Fue feliz. Durante mucho tiempo, fue inmensamente feliz.

Pero volvió a la realidad. Todos los años que creyó haber estado en el cielo habían sucedido en su mente en apenas un instante. Fue consciente de cómo el chaleco explotaba y le arrancaba la carne de los huesos. Cada fracción de segundo fue dolorosamente consciente del dolor que eso le causaba. Sintió todo el dolor. Y aún así, estuvo sonriendo todo el rato. Ya no le importaba. Tras todo ese tiempo, por fin era feliz. Y breve momento de felicidad pura compensaba todo. Todo ese dolor y la muerte le daban igual. Ese fue su último pensamiento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s