Parte 3

Publicado: 19/10/2012 en Cuentos e historias cortas

Tommy había esperado suficiente. Hacía ya dos días que se habían ido todos en busca de su hermano y no habían vuelto. Decidió que debía ir en su busca, aunque solo fuera para saber que había pasado.

Llegó al pueblo. Las casas de madera estaban medio derrumbadas y todavía había rescoldos ardiendo. Entró en la plaza central. Ahí es donde tenía su herrería. Ahora ya no estaba. Y había un cuerpo calcinado en medio. Fue corriendo a ver quien era, si lo podía adivinar. Estaba irreconocible. Tenía las entrañas abiertas y quemadas, la cara totalmente desfigurada… Y en la muñeca un brazalete. Uno que conocía muy bien, ya que lo llevaba su hermano.

Asqueado, corrió fuera de la plaza, al otro lado. Ahí era todavía peor. Olía a carne asada. Teniendo en cuenta lo visto, se lo debía haber esperado. Todos los habitantes del pueblo estaban acribillados por flechas y habían sido quemados. Ninguno había recibido un golpe en lugares vitales, así que no habían muerto por las flechas. Habían sido quemados hasta la muerte.

Retrocedió un poco y tropezó con un cuerpo. Estaba medio descompuesto, pero pudo reconocer a su madre. No lo soportó más, vomitó todo lo que tenía. Sabía que su honor le pedía ir a buscar a los que habían hecho aquella masacre, ir, encontrarlos y romperles cada hueso que tuvieran, hacer que pagaran por aquello. Era horrible, y no debía quedar impune. No había ningún cadaver de soldado, así que seguían todos. Con la sangre todavía caliente, corrió todo lo que pudo hacia donde se dirigían las pisadas. Llegó al campamento hacia medianoche.

Estaban todos. Debía matarlos, hacer que pagaran. Ese era el pensamiento que había tenido hasta que había visto el ejército. En ese momento, había sido como un jarro de agua fría. No podía ganarles, era imposible. Moriría si lo intentaba. Se puso a llorar en silencio, apoyado en un árbol. Era un cobarde. Un maldito cobarde que no se atrevería a hacerlo. Aunque fuera inmolarse, quería restituir el honor que le habían sacado. Volvía a estar con la sangre caliente. Y lo vio de nuevo. Supo que no podría hacerlo, sin importar las veces que lo intentara.

Se fue, no tenía nada, así que se fue a un pueblo cualquiera, alejado del camino del ejército. Se asentó en un pueblo y siguió herrando caballos y haciendo de herrero. Siempre recordó lo que había ocurrido, pero nunca hizo nada para cambiarlo. Lamentó ese día muchas veces.

El ejército acabó tomando el control del lugar y todo siguió igual para la gente, salvo que ahora, las cartas iban a otro nombre y había menos gente. Nunca cambian nada las guerras a la gente de a pie, solo lo hacen las revoluciones.

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