El sueño del Celta (vale, no lo es)

Publicado: 28/05/2012 en La muerte fría

Joel estaba aturdido. Estaba tendido en el suelo. Estaba cansado. Estaba cubierto de polvo y sangre. Estaba furioso. Y, por supuesto, estaba inconsciente. Tras tantas hostias, había perdido el sentido y rondaba por el país de los sueños. Habitualmente soñamos con lo que hemos hecho ese día, pero en ocasiones extremas, podemos soñar y recordar pasajes que nos puedan ayudar.

Joel recordó otra parte de la historia de su abuelo. Recordó el suceso más dramático, la muerte de su padre en la guerra.

Soñó que estaba junto a un fuego que no tenía llama, sentado en una silla que no existía, mirando a su abuelo, de quien comenzaba a olvidar la cara. La calidez del fuego del sueño era tal que lo llevó más cerca del abismo de la muerte. Un paso más cerca de ser uno de los mucho cadáveres que poblaban el campo en que realmente estaba tendido. Soñó y recordó la historia de su abuelo como siempre se la había contado. Él no había estado con su padre cuando murió. Recordaba su pelo, negro azabache, sus ojos, de un azul penetrante, su porte antes de marchar. Y nada más. No habían intimado. No habían tenido tiempo. Tenía una foto suya, perdida en un montón de escombros de su casa, que también estaba perdida en algún lugar del espacio profundo. Su padre, que le había dejado tan solo una carta, algo que ya no se hacía en esos tiempos. Los caminos que escoge la mente para las situaciones son realmente extraños, insondables e insólitos. Pocas veces podemos comprenderlos, pero son los caminos correctos.

Su abuelo siempre le decía que había tenido un padre estupendo. Sabía moverse entre multitudes, tenía grandes aptitudes de mando y no era ambicioso. En las situaciones difíciles sacaba sus mejores cualidades.

Había sido un día lluvioso y todo estaba cubierto de barro. El cielo seguía oscuro cuando ocurrió. Lo habitual para ese tipo de personas es una muerte honorable, en medio de una lucha o por una cuestión de honor. Seguía siendo una muerte, bastante dolorosa, pero es el tipo de muerte que proporciona el tipo de inmortalidad que dan las palabras y los hechos. Sin embargo, con su padre no había sido así. Paul le había contado que iba en un escuadrón de reconocimiento. Una nave enemiga pasó por encima y soltó una bomba encima suyo. Tres compañeros sobrevivieron al ataque. De su padre, se pasaron una hora recogiendo los trocitos que había dejado la bomba. Más de uno decía que, en cuanto vio la bomba, apartó a quienes estaban a su alrededor y uno aseguró que le habían empujado. En medio de la explosión, se oyó un grito desgarrador.

Joel no supo más de su padre. Por acuerdo de todos, incineraron los restos de su cuerpo y los lanzaron al espacio, al polvo estelar del que viene toda la materia y al que, algún día, volverá. Su madre recibió una simple nota contándole lo sucedido. Siempre envían esas notas, pero son totalmente inútiles. Si alguna vez recibes una, te golpean con la desgracia en todo el estómago, sin amortiguar, con causas y razones frias que no sirven para nada. Es el lado que nunca se ve de la guerra y el que nunca se quiere ver. Y cuando lo muestran, nunca es lo suficientemente doloroso. Se muestra lo que dicen, las reacciones, pero los sentimientos que había antes por esa persona, todo el afecto y el vacío que deja no se pueden representar en ninguna línea, en ningún parlamento ni en ninguna metáfora o símbolo. Es un vacío total, una ausencia enorme.

Joel estaba determinado a honrar a su padre. Todo lo que recordaba de él era narrado, lo que le habían contado, pero de momento le bastaba. Joel  abrió los ojos y se movió ligeramente. Estaba vivo. Todo le dolía de forma indescriptible, pero al menos estaba vivo. Trató de levantarse y le fallaron todos los músculos. El sonido de fondo de la batalla había terminado. Dejó pasar un tiempo, descansó unos minutos y volvió a intentarlo. Tambaleándose, sin tener estabilidad, consiguió levantarse. El campo estaba sembrado de cadáveres y resbaladizo, pero se levantó. Le dolía todo, y aún así se levantó. Empleó todas sus fuerzas y se levantó. Y estaba feliz por estar de pie. Y vio que no estaba solo. Quedaba un pequeño grupo de desconocidos, soldados enemigos que pasaban por el campo de batalla recogiendo despojos, rematando a los vivos enemigos y ayudando a los amigos.

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