Y sigue la cosa

Publicado: 02/05/2012 en La muerte fría

Tras su hazaña, el ejército avanzó posiciones. Habían conseguido romper el frente y el rumbo de la guerra había cambiado. Finalmente, habían llegado al final de la guerra. Habían decidido que la guerra se iba a finalizar de forma clásica: una gran batalla campal, con mente y fuerza unidas. Disparos y  espadas juntos, escudos de metal y campos de fuerza codo con codo, flechas y balas en unión. Habían planeado la batalla durante semanas, hasta el más mínimo detalle.

Salvo uno. El tiempo. El imprevisible tiempo.

Los nativos lo conocían mejor, sabían combatirlo y sabían aprovecharlo. La batalla por el control del planeta comenzó en pleno vendaval. Rachas de viento de 130 Km/h sacudían las tropas de ambos ejércitos. Los nativos iban sin escudos, reduciendo su superficie de contacto. Sin embargo, Joel y los suyos tenían los escudos preparados. Cada cinco minutos, un soldado salía volando. Si contamos con que estaban al borde de un acantilado, hacia el que soplaba el viento, hubo muchas bajas estúpidas.

Y la batalla comenzó. Joel no estaba precisamente en primera línea, tenía cinco más delante suyo. En el choque inicial, la fuerza combinada del viento y los golpes mandó las tres primeras líneas a tomar por saco. Los enemigos también, no eran inmunes. Joel se encontró con que tenía que entrar rápido en la batalla. Era muy distinto a cómo había luchado hasta ahora. Los compañero podían proteger los flancos, y tu los suyos, tenías menos movimientos y era mucho más caótico a su manera. El viento desequilibraba a Joel. El escudo recogía demasiado viento. Optó por la solución rápida: tirar el escudo y coger otra arma. Sin embargo, seguía siendo muy dificil. En una de estas, se agachó y golpeó. Viendo que así el viento no le dificultaba las cosas, optó por seguir agachado.

La batalla avanzaba favorable al bando de Joel. Tenían más hombres y con mejor entrenamiento. Hacía rato que la munición arrojadiza se había acabado a ambos bandos. O eso creían. Joel recibió un flechazo en el hombro. Ya estaba agotado, llevaba luchando casi media hora, sin dejar de moverse. Entonces comenzó la lluvia de proyectiles. Los nativos habían asaltado un fortín de aprovisionamiento del bando de Joel. Comenzaron a llover proyectiles encima suyo. De todo tipo, tanto explosivos como sólidos, proyectiles que soltaban venenos… Entre las filas de Joel había una matanza indiscriminada. La confusión se apoderó del frente. Y el frente cayó.

Joel sentía mucho dolor en el hombro en que le había golpeado la flecha. Tenía un trozo de acero en el hombro que le impedía mover demasiado el brazo. Y la confusion general le afectó. No directamente, sino con una estampida de soldados que le dificultaban todavía más moverse. Recibió un corte en la pantorrilla. Primero sintió frio. Mucho. Al momento, una sensación húmeda y caliente que bajaba por su pierna. Y otro golpe en el pecho. Era tan solo superficial, no sangraba. Con un solo golpe, Joel acabó con el enemigo que tenía enfrente y, a base de dar hostias a los que tenía alrededor, reorganizó una pequeña parte del frente. Todos ellos comenzaron a masacrar a la línea enemiga. Uno a uno, los enemigos caían. Joel estaba cansado, dolorido, le costaba andar, y siguió adelante. Recibió un corte en la mejilla de una lanza, que rompió. Todo el grupo comenzó a adentrarse en territorio enemigo.

Y tan solo entró el grupo. Pocos soldados. Estaban totalmente rodeados por las tropas enemigas en cuanto se dieron cuenta. No podían volver atrás, ya que había un grupo de soldados fuertemente armados. Tampoco se rendirían, no habían aprendido a hacerlo y contravenía las normas. Estaban sentenciados a muerte.

Joel y su bravo grupo lucharon todo lo que pudieron, pero uno a uno fueron cayendo, hasta que quedó Joel solo, en medio de un corral de gente. Una cosa dura golpeó a Joel en la cabeza. Joel se derrumbó todo lo largo que era en el suelo. El cansancio acumulado le invadió el cuerpo. Luchó por ponerse de pie, por seguir luchando, por sobrevivir y poder ver a Paul, a Idemara y a los amigos que había hecho, pero su cuerpo no respondía. Era bastante irónico que el ejército por el que había luchado, ayudado y muerto no se acordara de el. Ni siquiera rescatarían su cuerpo, sino que bombardearían el área con bombas incendiarias y todos se convertirían en cenizas en un planeta extraño, fuera de casa. Sus familiares ni siquiera sabrían que había sido de ellos. Joel se dejó llevar por la negrura que ya le había invadido.

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