El depósito

Publicado: 21/03/2012 en La muerte fría

Había un pequeño túmulo en el paisaje. A primera vista parecía que estuviera a unos cientos de metros, aunque, tras andar un poco, seguía pareciendo estar a la misma distancia. Y así casi todo el rato. Tardaron todo el día en llegar y más de un cuarto de hora en encontrar la entrada. Finalmente, un agujero se abrió en la arena. Joel se asomó por el para ver que había. No veía nada, salvo una escalerilla de mano enfrente suyo. Bajó por ella. Ahora que no tenía la luz en la espalda y que se había acostumbrado a la oscuridad, podría ver claramente el depósito.

Una inmensa cúpula se extendía encima suyo en una negrura casi total, solo rota por la ténue luz que entraba por el boquete. Tres inmensos depósitos cilíndricos se alzaban enfrente suyo. Estaban cubiertos de arena y parecía haber muchas telarañas. No era por el abandono, sino que se debía a que medían cerca de cuarenta metros de alto y no había necesidad de limpiarlos. Encendió las luces al encontrar un interruptor y se iluminó la caverna. Era redonda, de piedra y daba escalofríos. Había huesos humanos por el suelo, no eran muchos, eso si, pero los había. También había un hoyo considerable bajo la escalera, probablemente debido a las caídas que había sufrido a lo largo de los siglos. Era algo antiguo, decrépito y tenebroso. No se había tocado durante cientos de años más que para rellenar los depósitos. Estos tenían una cubeta debajo. Si presionabas el botón, caía un plato lleno de comida, una cantimplora o el suministro aleatorio.

Comió casi toda su ración. Se guardó una pequeña parte en previsión de no encontrar un depósito en un tiempo. Gastó el mínimo posible de agua, para ahorrar lo que pudiera. En cuanto al suministro, le tocó una mochila aislante, en la que guardó el agua, la comida y todo lo que se pudiera pudrir con el calor. Durmieron en la caverna y salieron de mañana a localizar otro túmulo en que hubiera comida y bebida. Era mejor no correr riesgos.

Tras tres horas bajo el sol inclemente, Joel tenía los brazos rojos como un cangrejo. No sabía como podía llevar tantas cosas encima. Dos mochilas y su armadura eléctrica: Parecía un personaje de videojuegos.

Hubo un pequeño temblor en el suelo y Ficino se lanzó al suelo, cubriéndose con las manos.

-¿Que haces?

-Bueno, creo que Eso te lo explicará.

Y Joel miró adelante y lo vio. Una cobra real se alzaba ante el. Y sobre el. Y detrás de el. Obvia decir que era realmente grande y, como todos los animales grandes, su piel era muy dura.

-Detecta el movimiento. O eso creo.

-Pues hasta donde yo se, detectan el calor. Claro que con este sol, la diferencia debe ser nimia. Bueno, creo que necesitamos un poco de carne. ¿Te gusta la carne de serpiente?

-Tu estás loco. Por lo menos, deja aquí las mochilas. Si te come, me lo quiero quedar.

Antes de que terminara de hablar, Joel había llegado hasta la cabeza de la serpiente. Seguidamente, le clavó su daga en los ojos, dejándola ciega de vista. La serpiente se agitó y lanzó a Joel a varios metros de distancia. Joel se preparó para la embestida de la serpiente. Claro que una cobra de doce metros tiene bastantes más recursos que lanzarse a la desesperada. El medio hostil le había proporcionado otras habilidades. Un escupitajo con más veneno que saliva salió disparado de su boca. Joel se apartó justo a tiempo. Un pequeño lagarto que no se había podido apartar lo recibió de lleno y se disolvió, quedándose en los huesos.

Joel concentró energía en la hoja de su daga. Lo que pudo, y nada más. Corrió esquivando los escupitajos, que caían como meteoritos a su alrededor y le clavó la hoja. Al principio no pasó nada. Más tarde, el cuerpo se convulsionó, confundiendo la descarga eléctrica con un impulso eléctrico y se derrumbó.

-Venga Ficino, nos vamos. No creo que la carne ya cocinada de serpiente se muy buena.

Joel y Ficino se dirigieron hacia donde indicaba su brújula que estaba el norte.

La serpiente se levantó y se lanzó hacia ellos. Joel se lanzó hacia el lado en cuanto oyó el ruido. Nuevamente fue a por la cabeza, que era el punto más vulnerable. Ahora, la hoja estaba caliente. Muy caliente. Sin embargo, falló y no le dio en la cabeza, sino que la clavó un poco más abajo, en el cuello. Entre su peso y el calor de la hoja, fue bajando, abriendo la serpiente en canal. Mientras bajaba, Joel envió impulsos eléctricos para mantener el cuerpo quieto y que no lo aplastara.

-Jodido bicharraco.-Dijo al llegar al suelo.-No me pensaba que sus impulsos nerviosos fueran tan fuertes.

Ficino tenía la boca abierta de par en par. No entendía que acababa de pasar. Ese era el animal más peligroso de cuantos había en el desierto. Que el conociera, ya que era muy probable no salir vivo de un enfrentamiento con uno de ellos. Joel cortó dos tiras de carne, que puso en la mochila.

-Que, ¿nos vamos?

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