La caverna mediática de los horrores.

Publicado: 12/01/2012 en La muerte fría

-¿Que demonios era eso?-Preguntó Lafitte.-Era enorme.

-Yo diría que la madre. Por el tamaño y por como le obedecieron los otros animales.

Examinando el agujero, Joel tomó una determinación y dijo:

-Dadme un escudo, voy a por él.

-¿Estás loco? Es enorme, te va a matar.

-No hace falta que me lo digas, Jean, pero es la única forma de terminar con esto. También necesitaré un par de ampollas de veneno y granadas.

-No puedes bajar ahí, es demasiado peligroso. Esto es el colmo.-Dijo el director.

-Señor, el curso ha terminado, usted ya no es responsable de mis actos y yo puedo hacerlo si me place. Deme lo que le pido y le juro que volveré. Una cuerda para volver no estaría mal, tampoco.

Cinco minutos después, Joel descendió a la sima. Era un salto de cinco metros y una pendiente cada vez más empinada. Cuidadosamente, se puso el escudo en la espalda y avanzó hasta que ya no se podía tener en pie. El terreno, resbaladizo por una sustancia (que es mejor que permanezca en el anonimato), se había vuelto demasiado empinado. Joel se descolgó el escudo y se lo puso bajo los pies. La forma cilíndrica y la sustancia resbaladiza le hicieron ganar velocidad en un instante. Pronto, el viento azotaba su cara a medida que bajaba por el tubo. Cada vez hacía más calor. La temperatura había aumentado cinco grados cuando la pendiente se comenzó a reducir.

El túnel desembocaba en una caverna subterránea. Era muy grande. Más de cien metros de largo, aunque de alto no superaba los cuatro. Había cientos de estalactitas, estalagmitas y columnas.

También estaba todo cubierto de cápsulas traslúcidas. Estaban llenas de crías de esos bichos. Cientos de miles cubrían las paredes y el techo. Casi todo estaba cubierto. Estaban en distintos estados de gestación. Algunos fetos estaban cerca de la eclosión, otros eran solo criaturas amorfas, todavía más feas (si eso es posible). Cientos de cadáveres humanos cubrían el suelo. Probablemente eran restos de enterramientos, aunque no todos. Un aparato central disolvía la materia viva y la transmitía en forma de alimento. En ese momento, había dos cerdos (o algo parecido, ya que tenían seis patas, un ojo y placas por su columna) y un cráneo humano.

-¿Hola? Me recibe alguien? Necesito confirmación: ¿Estás viendo lo mismo que yo?

Un “Si” débil le llegó por el audífono. Estaban escuchando.

-Creo que no es necesario preguntarlo, pero esto lo tengo que destruir: Que puñetas tenemos para destrozarlo?

-Puesssss… nada.

-¿Nada? ¿Cómo que nada? Algo tiene quehaber. Busca bien.

-No hay nada: lo hemos gastado todo en esta última batalla. Ni bombas, ni gasolina, napalm, naves en condiciones… Y nuestros aliados igual.

-¿Que hago? Esto no puede quedar así.

-Ya lo se. Veamos… Eso del centro parece ser el puntal de toda la caverna. Si consigues destruirlo, tal vez se derrumbe.

Joel se dirigió ahí con decisión y un par de granadas listas. No podría usarlas contra el grande. Tal vez se lo hubiera debido pensar dos veces.

Por detrás suyo, el animal se había desenroscado y le dió un gran golpe en la espalda. Joel voló por los aires hasta chocar contra una pared. El rido resultante fue bastante desagradable. Aturdido, Joel se levantó para comprobar que había pasado. Vió borrosamente  un gusano gigantesco enfrente suyo y dijo:

-Houston, tenemos un GRAN problema.

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