Publicado: 23/09/2011 en La muerte fría

La tarjeta era idéntica, la invitación al casamiento. Además, todavía tenía en la cabeza las palabras de Tatcher: “me encantará verte desde arriba”.

No, ese patán no se iba a casar con Idemara, por lo menos no impunemente.

Sacando fuerzas de la flaqueza, se levantó con una daga en la mano. Tatcher se estaba vanagloriando de su victoria. Daga en mano, Joel se lanzó contra el profiriendo un alarido.

Su ataque fue rechazado con tan solo girarse. En el colmo de la superioridad, Tatcher le preguntó:

-¿Por qué te lanzas contra mi gritando de esa forma? ¿No ves que así se que estas entero? Deberías haberte callado.

-Lo se, normalmente lo habría echo callado, pero quiero que sepas que no todo el mundo es tan tramposo como tu.

Profundamente irritado, Tatcher le espetó:

-Vas a caer.

-Vaya, ¿tanto refleja tu espada que te ves en ella?-Dijo Joel con tono de burla.

Rojo de ira, acalló las risas que habían surgido con un movimiento.

-Parece que eres fuerte de boquilla, pero ya te he tumbado varias veces, crees que no voy a poder tumbarte otras tantas.

-Claro que no, estarás tumbado en el suelo antes de que te des cuenta. Me gustaría ver como vas a la boda con un ojo morado y varios dientes por el suelo.

Esta vez, no hubo réplica, Tatcher le embistió con la cabeza, lanzándolo al suelo nuevamente. El golpe fue brutal. Joel incluso pensó en rendirse, pero le vino a la cabeza la imagen de Idemara, la Idemara agradecida que conoció cuando la salvó, la vio vestida de novia junto con ese paleto y decidió que la imagen no quedaría así.

Su cuerpo comenzó a bombear adrenalina. Nuevamente, Joel se levantó. Regueros de sangre, polvo y sudor cruzaban su cara. El pelo le caía en cascada sobre los ojos y sus brazos, llenos de tierra, no asían nada. Se aguantaba medio encorvado y con la cabeza gacha. Iba a luchar, con armas o sin ellas, y ese tipo no iba a quedarse como si nada, no después de lo que había pasado. Joel le llamó con un grito. Cuando se giró, no se lo podía creer, todavía estaba en pie. Esa paliza habría tumbado a cualquiera.

-Pero tú de que pasta estás echo. Me voy a cansar para ganarte.

-¿Eso te crees? Tú dices que no valgo para nada, todos lo dicen. Claro, como soy el esclavo, no valgo para luchar. ¿En serio te crees esas paparruchas? Yo he visto cosas que te dejarían clavado en el suelo, temblando como un flan con ver solo una de ellas. Además, estarías todo un año con pesadillas. He andado hasta tener ampollas donde no creía que pudieran aparecer, he escalado hasta lugares inalcanzables, he visto la muerte de cerca, y créeme, tu no eres ni la décima parte de lo que he visto.

Os vanagloriáis de ser de una raza luchadora, pero solo sois fuertes en igualdad o superioridad numérica. Si fuerais trescientos soldados y os tuvierais que enfrentar contra treinta mil, ¿que harías? ¿Defenderías tu ciudad o saldrías corriendo?

-Me iría, claro. ¿Quien haría lo contrario?

-los humanos, nosotros lo hicimos. Causamos muertes y muertes, y cuando nos traicionaron y nos rodearon, luchamos hasta la muerte. ¿Que importa una herida mortal? Nada. Puede que vosotros seáis mejores o más diestros, pero os falta lo más importante en el campo de batalla: valor, valor y un poco de locura. Y ahora, verás de lo que soy capaz.

En este momento, Joel se irguió completamente. Su cuerpo bombeaba adrenalina a toneladas. No notaba el dolor, no notaba nada, estaba insensible y tenía un objetivo: Derrotar a su rival.

Lleno de rabia, Joel le dijo:

-¿Quieres conoces las reglas de la lucha?

Entonces, sin armas ni defensa, Joel se lanzó a por su enemigo con los puños. Gritando a pleno pulmón, amagó un golpe al estómago, que terminó en la mandíbula, con el que encadenó una serie de golpes rápidos que lo tumbaron, le hicieron saltar varios dientes y le dejaron un ojo morado, no necesariamente en ese orden.

Durante la paliza, Joel le dijo:

-Reglas del arte de la guerra: uno, sorprende a tu rival.

En acabar la lluvia de puñetazos, Joel recogió su arma, el dussägge que se había echo esa misma mañana. Tras dejarlo levantarse torpemente, se lanzó contra el. Esta vez dijo:

-Dos, aprovechate de sus fallos, si ataca no puede defender, si defiende, no puede atacar.

Dicho esto, atravesó limpiamente su defensa e hizo que su arma saltara por los aires.

Tatcher estaba totalmente furioso, no solo le había dado una paliza brutal, sino que lo había desarmado y no solo no había ganado, sino que estaba perdiendo. Sacando un puñal, se lanzó contra Joel con toda su fuerza.

Durante toda la carga, Joel permaneció impasible y en el ultimo instante, se apartó del camino del arma, diciendo:

-Tres, no te dejes dominar por sentimientos, no ganarás a nadie.

Tatcher, que esperaba encontrar oposición y no la encontró, tropezó y cayó al suelo. Entonces se dio la vuelta con el escudo en la mano para ver a Joel a dos metros por encima de su cabeza.

-Cuatro, no tengas piedad con el enemigo, el no la tendrá contigo.

Y diciendo esto, cayo sobre su escudo con todo su peso, su fuerza y su furia. Tatcher le vio la cara, vio el pelo volando, vio fuego en sus ojos, vio la mueca de rabia que esgrimía y se quedó helado.

El golpe fue brutal. A cámara lenta, al escudo le fueron apareciendo hendiduras en torno a un a la espada, que se iba hundiendo cada vez mas en el acero hasta que, finalmente, el escudo se rompió.

Entonces Tatcher conoció el miedo.

Joel tenía el arma encima de Tatcher, que sin perder ni un momento, rodó por el suelo, lejos del alcance de Joel.

Ya de pie, Tatcher sacó su última arma. Un martillo de grandes dimensiones para machacar huesos, piedras y lo que tuviera delante.

Joel, sin embargo, ni siquiera pestañeó.

Temblando de miedo, Tatcher se lanzó contra Joel con un grito. Joel se apartó de su trayectoria. Tatcher ya se esperaba es reacción y sin perder tiempo, realizó un molinete con su martillo. Paso a paso, Joel fue retrocediendo hasta una esquina. Una vez en ella le dijo:
-Cinco, deja una via de escape a tu rival.

Y diciendo esto, le asestó una estocada brutal en la parte baja del martillo, dejándole insensible la mano. Seguidamente, le golpeó con la empuñadura en la cara, rompiéndole la nariz y dejándosela desviada. Tatcher soltó su arma en un gesto instintivo y cerró los ojos. Joel aprovechó este momento para acercarse contra el y de una segada lo tumbó al suelo. Una vez allí, bajó el arma contra su cuello, deteniéndola a dos centímetros de el.

Cara a cara, Joel le miró a los ojos. Sin necesidad de decir nada más, Joel retiró su arma y se fue del campo de batalla.

El silencio sepulcral que invadía la sala se transformó en una ovación. Laurence se acercó a Joel, que se iba directo a la salida por un pasillito. Luchando por oírse por encima del clamor del público le preguntó:

-¿Cómo te lo has hecho? Ha sido increíble.

-Si te he de ser sincero, no tengo ni la menor idea, pero ahora me voy a la cama, porque yo no me aguanto de pie.

Y junto con Laurence, Joel se fue a descansar hasta el día siguiente.

Al día siguiente, Joel no fue a ninguna clase, tenía todos los huesos molidos y numerosos cortes, en cuanto pudo fue a la enfermería a que le curaran los cortes y magulladuras. Estuvo toda la mañana y por la tarde fue a las clases, ya que no tenía que hacer ejercicio hasta el día siguiente.

Ya por la noche, Joel estaba en la sala de estar, leyendo un libro (de papel, electrónico, en un pad… donde se quiera). Ya cansado de la lectura, se acercó a una mesa en la que jugaban a cartas. Eran unas cartas muy extrañas para Joel: eran circulares y tenían letras y símbolos dibujados y de colores. Como los naipes, tenían cuatro palos y dos colores, pero cada palo solo tenía siete cartas, numeradas tan solo por el número de símbolos que tenían. Además, de cada carta había el número de cartas que indicaban: del siete había siete, del seis había seis, del cinco había cinco… hasta llegar al uno, que solo tenía una carta. Jugaban a algo similar al póker: Cada turno robaban una carta de un montón esparcido por el suelo. Con esto, cada uno escogía sus cartas. Robaban cuatro cartas en total, la mejor combinación eran cuatro unos, lo peor, dos sietes, si eran del mismo palo (cuando era posible), era lo mas bueno, si eran del mismo color, eran lo segundo más bueno y si no coincidían ni en palo ni en color las parejas, nada.

Estaba entretenido mirando la partida cuando se le acercó un tipo de unos quince años, con gafas y el pelo castaño claro, corto y ondulado. Su traje estaba sucio y con manchas y llevaba unos guantes sobresaliendo de un bolsillo trasero. Al cabo de un rato, le comentó:

-Hacía tiempo que no veía tan buen combate como el tuyo, Joel. Estoy impresionado.

-Vale, muchas gracias, estooo…

-Oh, perdona, que no me he presentado: soy Jean Gautier, de la rama tecnológica de la escuela. Gracias a mi se inventaron los cinturones magnéticos.

-Pues vaya, si que eres inteligente tio. Enhorabuena.

-Pues si, pero a mis padres no les gusta, siempre han tenido en mejor consideración a la fuerza que a la inteligencia.

-Pues en mi planeta suele ser al revés, consideramos que alguien inteligente puede superar a alguien fuerte.

-Ojalá yo fuera de tu planeta, quizá no fuera despreciado y apartado como ahora.

-Créeme, ahora mismo no te gustaría en absoluto. ¿Querías algo en particular?

-No, solo charlar un rato y, ya que no puedes hacer ejercicio y como parece que tienes un desprecio casi total por tu integridad física, te voy a hacer un regalo: un robot doméstico.

-Vaya, muchas gracias: ¿que trampa tiene?

-Jajajajaja, no hay trampa, pero todavía está en fase de pruebas y…

-Necesitas un conejillo de indias, ¿cierto?

-Si, eso es. Vamos, vente, que te lo doy ahora mismo y te enseño como va.

Recorrieron varios pasillos hasta llegar a la habitación del robot domestico. Era un robot antropomorfo (con forma humana) pero con cuatro ruedas en su base. Gracias a las ruedas tenía velocidad en superficies llanas, pero no en terrenos accidentados. Era por eso que le habían puesto unos tubos de hierro extensibles, para poder bajar por terrenos accidentados como las escaleras (pero aún faltaba como subir, la teoría la tenían, pero llevarla a cabo era más complicado). En total, medía cincuenta centímetros de alto y tenía sensores por todo el cuerpo. Una serie de explicaciones bastaron para hacer que Joel entendiera el funcionamiento del bicho. Tras darle las buenas noches y quedar para otro día, Joel se llevó el robot a su habitación y lo configuró. Tras eso, y mientras el robot hacía las tareas, Joel se durmió.

Y por fin llegó la esperada boda entre Idemara y Tatcher. La ceremonia se realizó en el jardín de la casa, Joel fue con su mejor traje(es decir, que no era muy bueno) y se situó al lado de Paul. A medida que el jardín se fue llenando de gente, el bullicio fue aumentando. Finalmente, debía de haber unas cien personas allí reunidas cuando sonaron unos tambores. Entonces apareció Idemara con un vestido rojo y ceñido, enseñando una pierna y ocultando la otra.

En ese momento, todo el mundo calló y todas las miradas se posaron en Idemara. Ella andaba dignamente hacia una glorieta montada y decorada con flores (idea sugerida por Paul). En cuanto Idemara llegó al altar, sonó otro redoble de tambores y apareció Tatcher, vestido con un calzoncillo de piel (también llamado taparrabos). Cuando llegó a la mitad del camino, se paró y sonó un tercer redoble de tambor.

Entonces apareció una jaula detrás de la glorieta. La jaula debía de medir cerca de 20 metros de largo y 20 de ancho, además de 3 metros de altura y dentro había un león sin melena, con seis patas y dientes en forma de garra, con orejas puntiagudas.

Sin pensárselo un momento, Tatcher se dirigió hacia la jaula y entró por una puerta lateral que había. La gente se levanto de sus asientos y todos se acercaron a la jaula, excepto Idemara, que permaneció de pie allí donde estaba.

Paul le explicó a Joel que aquella era la parte más emotiva de la ceremonia, en la que el marido le demuestra a la esposa que le puede dar y lo que está dispuesto a hacer por ella. Cuanto mayor fuera la bestia y más extraña fuera, más le podría dar a la esposa y para demostrar que estaba dispuesto a hacer, el hombre debía matar a la bestia. Lo máximo era con un taparrabos y las manos desnudas, a partir de ese punto, cada arma o armadura era un punto menos. Alrededor de la jaula había siete tiradores con dardos anestesiantes para dormir a la bestia en caso de que esta estuviera a punto de matar al hombre o de escaparse.

La pelea fue breve, la bestia le dio un zarpazo en el pecho en el primer embate (que lo tenía la bestia por tradición, en el cual el hombre no se podía defender). Tras el golpe, Tatcher le propinó un puñetazo en toda la mandíbula, seguido de un gancho y se le echó encima. Estuvo un minuto forcejeando con el cuello del animal hasta que, por fin, se lo partió en dos durante un momento de debilidad. El bicho cayó al suelo sin moverse y Tatcher lo arrastró fuera de la jaula. En ese momento aparecieron varios esclavos que se llevaron el cuerpo de la bestia y acompañaron a Tatcher a una carpa.

Durante el rato que Tatcher estuvo ausente, la gente aprovechó para hablar entre si y felicitar a la novia. Joel le contó lo de su batalla contra Tatcher y por que aún llevaba el ojo morado y le faltaban varios dientes, además de tener todos esos cortes por el cuerpo. Por su lado, Paul le puso al día de las cosas de la villa y le contó otro trozo de su historia.

” Cuando por fin salimos de aquel planeta de los dinosaurios, al menos 100 compañeros habían muerto a manos de plantas y animales extraños. A mi, como pago a mis servicios me ascendieron a capitan y me asignaron un grupo de 150 soldados.

Yo pensaba que destruir completamente un planeta suyo no era lo mejor que se podía hacer, ya que así nos tendrían un odio mortal. Si hubíeramos luchado sin destruir ningun planeta ni ninguna propiedad suya completamente, habríamos tenido la posibilidad de negociar una paz, pero al no mostrar piedad con ellos, ellos no la iban a mostrar contra nosotros.

Tras la estancia, paramos un mes aproximadamente en la tierra, para reunirnos con los seres queridos y para reclutar a más gente. La noticia de nuestra victoria se había extendido por todo nuestro imperio y habían venido gente de montones de colonias para ver a los héroes y a la nave capitana.

Yo fui a ver a tu abuela y a tu padre, que debía tener unos diez años. Al comunicarles la noticia de mi ascenso, se pusieron contentísimos. Tu padre era muy inteligente, recuerdo que lo único que se compraba eran libros en lugar de videojuegos.

Finalmente pasó el mes de permiso. Cuando volví a la nave, descubrí por que habíamos vuelto a la tierra. Nuestros ataques, incursiones y movimientos habían echo que tocáramos montones de tecnologías y nuestros científicos habían descubierto una nueva tecnología. Habíamos vuelto para realizar las pruebas y equiparnos con ella.

Eran las primeras (Y únicas) armaduras electrónicas. Consistían en dos tiras de cuero ,o algo parecido, muy recias y con forma de equis, con dos cuadrados de metal en la parte de delante y la parte de detras. Se ponían sujetandose por encima de los brazos y cuando lo cerrabas se activaban. La parte de atras tenía un electroiman que conectaba con los nervios de la espalda por impulsos eléctricos o magnéticos, ya no lo recuerdo. Lo que si recuerdo era que se contralaban con la mente y tenían tres opciones configurables, también con la mente: el pulso detector, la intensidad y el superpulso.

El pulso detector era un pulso electromagnético que te indicaba donde estaba el metal, así sabías la posicion de tus aliados y de tus enemigos, además de las trayectorias de sus armas. Era algo muy raro, no sabías como, pero notabas el metal. Esta opción la podías configurar para tener más alcance o menos alcance segun lo necesitaras.

La segunda era para decir como te protegía la armadura, había varios grados: el primero ralentizaba las armas en la parte del cuerpo que quisieras, el segundo los ralentizaba en todo el cuerpo, el tercero paraba casi todas las armas en una parte del cuerpo, el cuarto las paraba en todo el cuerpo, el quinto paraba absolutamente todas las armas con una minima capacidad conductora o una partícula de metal en una parte del cuerpo y el último lo paraba todo en todo el cuerpo. Cada opción consumía más energía que la anterior, la primera opción duraba una semana entera encendida y la última apenas una hora.

La última cosa que tenía era el superpulso. Agotaba completamente la batería pero repelía todo el acero que tenía alrededor, además de darles un calambre que los desmayaba a todos los que llevaran armas conductoras a tu alrededor. Era la opción más potente que tenía.”

-Todavía conservo el escudo, Joel, y ya que yo no lo voy a usar más, quiero que lo tengas tu. Me olvidava de decirte que es inteligente, sus pulsos se mueven por el sistema nervioso, aprovechando la carga que ya existe en los nervios. Ha estado conmigo en mil batallas y escaramuzas y no se como, ha evolucionado. En principio solo era un escudo pero este ha aprendido mis movimientos y fintas, además de las del rival. No se como lo ha echo, creo que sucedió en una lucha al lado de una central nuclear. Si notas que tienes ganas de ir hacia un lado, déjate llevar, este cacharro conoce muy bien como mantenerte con vida.

Y diciendo esto, Paul le entregó el cinturón a Joel. Era una equis de cuero negro, con unas cintas de un dedo de ancho que debían contener todo el entramado eléctrico. Tal como lo había descrito Paul.

-¿Y como se carga? Me has dicho que va con batería, pero no se como puedo recargale la batería.

-Anda, pues es verdad. Ahora mismo está descargado, así que no puedes usarlo. Se carga con la energía sobrante de tu cuerpo, las cintas estan llenas de cargadores térmicos, que recogen el calor desprendido de tu cuerpo y lo transforman en electricidad, además, en la parte trasera, el intercambio eléctico es mutuo, por lo que al pasar electricidad, una parte ínfima se recoge y se almacena. Esta tecnología de puente se usaba con los que tenían las piernas inmovilizadas porque una parte del nervio no funcionaba. También se usaba con brazos y con cualquier cosa que no se moviera por culpa del nervio.

Tras decir esto, la tienda en la que estaba Tatcher corrió sus puertas y de allí salió Tatcher, en taparrabos. Tras salir Tatcher, de la tienda de al lado salieron los esclavos con la piel del animal que acababa de matar con sus manos y se la pusieron por encima. Así, con el ojo morado, un desgarrón en el pecho y la piel de un animal encima de sus hombros, Tatcher se acercó al altar para terminar el casamiento.

El resto de la ceremonia fue muy sencilla: Tatcher cogió a Idemara de las manos y las adelantaron. El sacerdote que estaba allí cogió una cinta y les ató las manos. Esta cinta era el matrimonio en si, si se querían divorciar, bastaba con cortar la cinta por la mitad. Tras esto, se dieron la vuelta y levantaron las manos. La multitud prorrumpió en aplausos y vítores.

En cuanto terminó la ceremonia, los novios se sentaron en un par de sillas y recibieron a todos los invitados, que les felicitaron y les trajeron algunos regalos. Cuando le tocó el turno a Joel, fingió más que en toda su vida:

-Felicidades a los dos, espero que seáis muy felices y que la prosperidad os acompañe para siempre.

Dicho esto, les entregó el regalo: Una reproducción a escala de la casa en la que iban a vivir y, sin esperar ni un momento más, se fue.

Se reunió con Paul, que le condujo un rato por el interior de la casa del padre y le enseño los cambios, además de recordar los momentos que habían pasado y saludar a algún amigo.

El banquete de boda fue muy opíparo, había exquisiteces de todo el universo, desde paella de la buena de la tierra hasta un pato asado que tenía seis pares de alas y cuatro patas. Toda la comida estaba riquísima y el ambiente fue muy relajado. Cuando comenzó a oscurecer, una banda de música tocó piezas musicales con una precisión y unos sonidos maravillosos. Joel tan solo se quedó a un par de canciones y se fue alegando que mañana tenía que madrugar, pero que había estado todo delicioso.

Finalmente, llegó a la escuela. En su habitación, se lo encontró todo arreglado y limpio y el robot doméstico se había refugiado en una esquina para no estorbar. Esa noche, Joel soñó con una gran flota sobre un planeta que no había visto jamás.

Y al frente de la flota, estaba el.

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