Publicado: 23/09/2011 en La muerte fría

Tras acallar el clamor de la gente, cada uno recibió 50 puntos negros(que solo servían para el mercado negro, que eran las mejoras) y volvieron a formarse los equipos, pero esta vez, el campo estaba desierto, no se podía esconder, era obligatorio luchar.

Cada uno tenía una pelota negra de balonmano delante, eran muy ligeras y no causaban dolor. Volvió a comenzar la cuenta atrás: Todos se prepararon y al llegar al cero, cada uno tenía un objetivo fijado: Joel chutó con todas sus fuerzas y corrió para protegerse de los posibles pelotazos que iba a recibir, no le llegó ninguno. De los 50 iniciales, se libraron 30, a partir de entonces, comenzó la locura:

Pelota que se veia que estaba en el suelo, pelota que se chutaba sin ton ni son, como consecuencia casi ninguna daba en el blanco. Meida hora después, estaban casi reventados y ninguna daba en el blanco como mucho, alguno se retiraba voluntariamente y quedaron 10, A base de chutar pelotas, Joel derribó a dos, tres más se retiraron y otro derribó a uno, de los cuatro restantes, dos se retiraron y quedaron Joel y Laurence(mira que aguantan los tios) ninguno podía ni con el alma(es un decir, no me critiqueis los que no creeis en el alma y todas esas cosas). Joel no quería alargarlo mucho, ya que sabía que cada momento le iba a costar un poco de su fuerza, Laurence lo sabía tambien y no quería que se alargara.

Joel apuntó a Laurence, que la esquivó sin problemas y aprovechó para devolversela. Joel sabía que no la iba a esquivar, de modo que hizó lo único que podía, chutar una pelota hacia Laurence y, cuando la chutó, se derrumbó por el cansancio(bueno, y porque la pelota le había dado en sus partes intimas). Con una sonrisa, vio que su pelota le había dado.

Tras una pausa dramática, todo el mundo lanzó un clamor ,como los del futbol cuando marca el equipo, y el juez tuvo que decidir quien era el campeon, la pelota les había dado con una separación mínima y el juez no sabía a quien le había dado primero, así que decidió que ninguno era ganador, los dos habían sido eliminados no había ganador.

Tras la batalla, Joel y Laurence debían volver a la habitación. Cuando llegaron, se echaron en las camas y quedaron fritos antes de que se dieran cuenta.

Cuando sonó el bocinazo habitual, ni Joel ni Laurence se podían mover, el sueño era increible, los parpados se les cerraban y les dolía todo el cuerpo, además, el típico desayuno no ayudaba demasiado.

cuando fueron a entrenar, se desesperaron, porque tocaban ejercicios para aumentar la musculatura, y eso unido al agarrotamiento, los dejó exhaustos. En la herrería, por lo menos era más facil, tras cojer el hierro, les hicieron ablandarlo mucho para adaptarlo al molde y con prisa, era mejor que quedara líquido, puesto que debía soldarse de forma perfecta. Cuando el metal quedara de color blanquecino, era el momento, debían meterlo. Joel insertó el acero blando en el lado aserrado, para parar los golpes con un menor efecto, y el duro en la hoja, para cortar con mayor facilidad. Aun así, fue un alivio cuando terminó la clase y fueron a comer.

Ese día estaba resultando francamente malo, la comida consistía en unas patatas deshechas, con una salsa marron opaca y de segundo una carne imposible de cortar. Además, todo estaba insípido. Las clases teóricas no fueron mucho mejor, puesto que les pusieron un examen de nombres de todos los planetas del imperio y sus capitales.

Pero el buen momento del día tenía que llegar, y no era la hora de ir a dormir(aun faltaba un ratito), Joel recibió una carta, solo una, pero eso le alegró todo el día, puesto que era una carta de Paul, con las noticias de casa y una pequeña parte de su historia, para que Joel no la olvidara con sus estudios. La carta rezaba así:

“Hola Joel, espero que estés bien, por aquí, está todo muy aburrido, seguimos igual, yo de curandero y los otros de esclavos, espero que no olvides mi historia, porque si la olvidas, todos los que luchamos y todos los que murieron en aquella guerra habremos sido inservibles. Por si acaso, aquí la continuo. Habíamos terminado la batalla en el planeta de los dinosaurios:

Nos estuvimos una semana en el planeta, hablando y trazando estrategias para los ataques que íbamos a realizar. Mientras, los soldados rasos y los de poca graduación, hacíamos “turismo”. Pero ese turismo consistía en ver los animales y plantas del planeta. Las plantas parecían animales y los animales, plantas. Había plantas de todo tipo, pero nunca te podías fiar de nada. Las plantas pequeñas podían soltar venenos que te paralizaban todo el cuerpo en cuestion de segundos y luego salían y te comían para merendar. Otras plantas eran enormes y parecían tener una boca arriba, pero su órgano para comer estaba a ras de suelo. Unas te atrapaban con bocas, otras con tentáculos y casi ninguna te dejaba estar tranquilo.

Y luego estaban los animales: Había desde pequeños hasta enormes, de armados con todo tipo de apéndices horribles hasta los que no tenían ni garras, de todos los colores y texturas. Vimos una batalla por comida entre dos especies, una era enana, pero en lugar de manos, tenía dos cuchillas ligeramente curvas, perfectas para atravesar la carne y los huesos. El otro era enorme, diex metros como mínimo y veinte toneladas, pero en cambio parecía totalmente desarmado. Fue sorprendente. El enanito se lanzó como un kamikaze y trepó hasta la cabeza del otro, pero se resbalo. Cuando cayó al suelo, el gigante lanzó un escupitajo que le dio en la pierna. Esta quedó pegada al suelo y fue disolviendo la carne poco a poco, primero pudimos verle los músculos y más tarde el interior de las venas, hasta que le vimos los huesos. Los chillidos que soltaba el desgraciado animal eran aterradores, parecía que era un bebe al que habían amputado una pierna. Pero todavía faltaba lo peor: el grande, no se contentó con la víctima que ya había muerto, sino que con su boca, atrapó al otro carnívoro y de un mordisco, le arrancó la cabeza, el bicho era igual que un pollo descabezado: comenzó a moverse y a soltar espasmos mientras la sangre salía a borbotones de su cuello, la cabeza aún tuvo tiempo de soltar un chillido una vez descabezada, un chillido que nos heló la sangre. Tras eso, todos decidimos quedarnos tranquilitos en nuestras casas.

Bueno, espero que no te olvides de escribirnos y contarnos que pasa, que no nos enteramos de todo por los periódicos”.

Joel terminó de leer la carta, la cogió y la guardó en un cajón de su mesilla de noche. Tras esto, se fue a dormir.

Al día siguiente tenían que terminar su arma. Joel estaba emocionado: harían la empuñadura y la afilarían. El trabajo se vería reducido, ya que tenían una modernidad extravagante, pero útil: Cinturones magnéticos. Habían sido desarrollados por la rama tecnológica de la escuela y permitían llevar las armas, tenerlas a mano siempre y ahorrar el trabajo de una gran vaina, pero era obligatorio hacer una pequeña guarda metálica para no cortarse accidentalmente.

El trabajo fue sencillo y lo más pesado fue eliminar las irregularidades del arma y afilarla.

Salieron de la herrería todos con sus flamantes armas nuevas en su cinto. Las clases prácticas duraron toda la mañana. La mayoría las aprovechó para probar sus nuevas armas y comprobar si estaban equilibradas.

Joel estaba encantado: el equilibrio era perfecto y su peso le permitía realizar esgrima y el estilo de batalla que se practica en campo abierto.

Agotados tras la clase, fueron a sus dormitorios para dejar sus armas y cambiarse antes de las clases teóricas de la tarde. Joel y Laurence iban hablando animadamente cuando, al llegar a su habitación, vieron algo raro: había un sobre encima de la cama de Joel.

Este lo abrió y sacó una tarjeta de colores en la que se leía:

Invitación a la boda de:

Idemara y Tatcher

El día diez de Octubre del año 1492 D.C (Después de la Colonización)

Y este texto tan escueto, un verbo y un nombre, unas simples palabras, le sentaron como un puñetazo en la boca del estómago. La persona que más amaba en el mundo se iba a casar en dos días, y el no podía hacer nada.

Se sentó en la cama y le leyó la carta a Laurence. Este preguntó:

-¿Dice algo más aparte del nombre?

-No, es tan solo lo que he dicho, no hay más.

-Pues vaya. De todas formas, creo que se a que Tatcher se refiere. Tu estabas absorto en tu arma, pero en la herrería había un tal Tatcher. Es de nuestro curso y debe medir como un metro noventa y pesar cerca de cien quilos, es un bruto. Pues este tipo ha estado toda la clase pavoneándose de que se iba a casar muy pronto.

En ese momento, el estómago de Joel gruñó, sobresaltándolos a los dos. Tras unos instantes de silencio, comenzaron a reír como dos locos y fueron hacia abajo con lágrimas en los ojos.

Tras comer la comida típica, bastante insulsa, hicieron las clases teóricas. El aburrimiento que daban algunos profesores solo era comparable al sopor que entraba en sus clases.

La parte buena del día vino por la noche, cuando bajaron a los sótanos para hacer el torneo de lucha. Esta vez, eran combates con armas y escudo. La armadura era opcional. Se realizaron los sorteos pertinentes. Los contrincantes permanecieron ocultos, nadie sabía con quién le iba a tocar batallar. Perdía aquel que se desmayaba, se rendía o le paraban el arma en el cuello o el corazón (protegidos por láminas de acero reforzado, para que no hubiere muertos)

A Joel le tocó el último. Los primeros combates fueron muy rápidos y el ganador se sabía de antemano, ya que había mucha diferencia. A pesar de todo, hubo varias sorpresas, como uno de segundo que derrotó a uno de quinto con una hábil finta.

Finalmente le tocó a Joel. Los nombres no se anunciaban a menos que lo hicieran los propios concursantes.

Ambos contrincantes se pusieron enfrente uno del otro, se saludaron y comenzó el combate.

Joel y su enemigo se miraron durante unos instantes. Tras una primera evaluación, ambos se lanzaron al ataque.

El intercambio de golpes fue breve: Joel hizo lo que pudo, pero en un momento dado, su dussägge salió volando por los aires. Durante ese vuelo, le hizo un corte en la mejilla, no muy profundo, pero si doloroso. También recibió un puñetazo en la boca del estómago propinado por su rival.

Medio aturdido en el suelo, se levantó y sacó su espada normal, la que le dieron cuando ingresó en la escuela. Esta vez, fue Joel el que lo derrumbó. Lo único que hizo fue cargar con el escudo. El golpe le provocó un moratón en el ojo. Enfadado, se levantó. Otra vez hubo un choque de espadas. Los golpes se sucedían a toda velocidad. En un momento dado, su enemigo lanzó un puñado de arena que había cogido del suelo a los ojos de Joel y aprovechó que no veía nada para quitarle la espada y tirarlo otra vez al suelo. El primer golpe lo desvió Joel, pero con tan mala suerte que fue directo a su pierna. El segundo en cambio, lo detuvo con su espada. Una serie de golpes más hizo que Joel soltara su arma y que terminara en el suelo, fruto del impulso de los golpes.

Sin tiempo a levantarse, su enemigo cargó contra el. Joel levantó el brazo, en el cual se había atado un puñal. El golpe fue rechazado por Joel, que se levantó tan rápido como pudo(es decir, no muy rápido) y sacó el puñal de su brazo.

Esgrimiendo esa pequeña arma, Joel se lanzó como un loco hacia su adversario soltando un grito. Joel lanzaba golpes con el puñal a toda velocidad, pero todos impactaban en el escudo. Finalmente, un golpe con espada hizo que soltara el arma y otro golpe con el pomo fue suficiente para tumbarlo en el suelo otra vez.

Su enemigo estaba ya de espaldas a él, alzando los brazos en señal de victoria. Joel se levantó otra vez y se abalanzó sobre su enemigo. El grito que pegó mientras corría (bueno, mientras cojeaba), hizo que su rival le agarrara por la camiseta y lo lanzara contra la pared del recinto. Medio inconsciente, vio como su rival le dejaba caer una tarjetita y le decía:

-Vente a ella, me encantará verte desde arriba, derrotado.

La tarjeta en cuestión era del mismo tamaño y color que la invitación a la boda de Idemara con el tal Tatcher. Nervioso, abrió para ver si era la misma tarjeta.

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