Todo estaba oscuro y frío cuando te levantaste. No sabías quien eras. No sabías dónde estabas. No sabías qué aspecto tenías. No sabías ni siquiera qué pensabas.

Miraras a donde miraras, todo estaba oscuro. Sin luz. Sin calor. Sin comida ni bebida. Sin futuro. La nada se expandía a tu alrededor y te invitaba a abandonarte a ella. Pero tu decidiste no rendirte aún. Decidiste que intentarías seguir adelante. Escogiste una dirección y comenzaste a andar. Las rocas del suelo te herían los pies. De vez en cuando, alguna rama te azotaba la cara, los brazos o el pecho. No llevabas nada para protegerte y marcas de heridas comenzaron a llenar tu cuerpo. Pero seguiste andando hacia adelante. Las heridas tan solo te mantenían alerta.

Poco a poco, te fuiste volviendo insensible al dolor. Las ramas y las rocas eran algo más de la miserable vida que te había tocado vivir. El dolor era insoportable. La llamada del vacío era cada vez más fuerte. ¿Qué clase de broma de mal gusto era esta? Acaso tu creador quería reírse de ti? ¿Para esto te había dado vida? Para sufrir y morir. Si no iba a haber nada más, ¿por qué seguir? Solo te esperaba dolor y sufrimiento más adelante. Nada iba a cambiar si te detenías ahora. Tan solo ibas a dejar de sentir dolor. Y eso era bueno. El pensamiento te gustó. Sí. Dejar de sentir dolor era bueno. ¿Por qué deberías seguir viviendo? Las ramas te llenaban el cuerpo de cicatrices. Las rocas del suelo te herían los pies a cada paso. Daba igual la dirección en que fueras, no había nada diferente en ninguna de ellas. No había futuro alguno. Paraste de andar. Habías tomado una decisión. Echaste un último vistazo a tu alrededor.

Fue entonces cuando lo viste. Lejos, en la distancia. Apenas visible. Una zona que en lugar de ser de un negro absoluto, era ligeramente gris. Un cambio en el panorama desolador. Podrías haberlo pasado por alto. Podrías haber decidido ignorarlo. Pero había algo más adelante. Tal vez era algo bueno. Decidiste soportar durante más tiempo la negrura y el dolor para ver qué era eso gris.

Poco a poco, fue aumentando de tamaño y volviéndose cada vez más claro. Era algo que emitía luz. Algo que vencía a la oscuridad. Las piedras aún te taladraban los pies. Las ramas aún te llenaban el cuerpo de heridas. Pero la curiosidad de ver qué era eso era más fuerte. Un cambio era bienvenido. No sabías si sería algo bueno o algo malo, pero cualquier cosa que fuera diferente era bienvenida. Incluso otro tipo de dolor sería bienvenido a estas alturas.

Finalmente, llegaste a la fuente de luz. Una sola ramita yacía en el suelo. La punta encendida en llamas. Estaba caliente. No era el frío al que te habías acostumbrado. Estaba caliente. Quemaba. Te abrasaba la piel cuando te acercabas a la llama. Te acurrucaste un poco lejos, dándole la espalda a la llama. La vista mirando a la oscuridad, la espalda mirando a la luz. Para recordar lo horrible del mundo mientras esperabas el final. Y esperaste. Y a medida que esperabas, el calor de la llama te fue inundando. Empezaste a encontrarlo agradable. Y te acercaste a la llama, poco a poco. Tal vez no era tan malo. Era algo nuevo. Ibas a intentar avanzar con ello. Tomaste el palo en llamas y seguiste avanzando.

La fuente de luz dio sus resultados. Las rocas aún te hacían daños, pero ahora la luz te permitía evitar las ramas. Dejaste de hacerte daño con las ramas por todo el cuerpo. Había mejorado tu situación, pero todo seguía siendo un desierto yermo, con rocas por todas partes y sin cambio alguno. Ni siquiera había elevaciones del terreno. Tan solo una larga planicie de rocoso suelo. Pero la llama te daba luz. La llama te daba calor. La llama te daba esperanza.

Un nuevo sonido te sobresaltó. Era algo nuevo. Tan solo habías escuchado el crepitar de las llamas hasta ahora, así como las rocas y las ramas dañándote. No fue difícil acercarte a la fuente de sonido para ver qué era. Cuando llegaste, viste que era un charco de agua. Te acercaste a mirar el charco.

Fue ahí cuando viste por primera vez tu reflejo. Y no te gustó. Las cicatrices de las ramas surcaban tu rostro, dejando marcas por todo tu cuerpo. Era una monstruosidad. Un recordatorio perenne del sufrimiento. Era imposible apreciar algo así. Era un error de la naturaleza. El sobresalto te hizo soltar la llama. Mientras seguías contemplándote en horror, el charco crecía y crecía y la llama se fue haciendo cada vez más pequeña, hasta casi extinguirse. Cuando pudiste apartarte, la llama era una sombra de lo que había sido antes. Aún así, la sacaste del agua e intentaste seguir adelante. Andando. Hacia cualquier lugar. Buscando más cambios, pero con la seguridad de acabar sin compañía. Nadie querría a un mónstruo como tu.

Pero la luz no dura para siempre. La llama se acercaba a su final. Poco a poco, te fue quemando la mano. Te fue haciendo daño. Otro tipo de daño. Mucho peor que las piedras y las ramas que habías tenido hasta ahora. Habías confiado en el palo. En que te daría seguridad y bienestar, y no dolor. Finalmente, soltaste el palo, que cayó al suelo y se apagó. Dejándote sin luz una vez más. Habías conocido el bienestar gracias a la llama. Habías conocido la luz y el calor. Ahora no podías volver a la oscuridad. No. Era imposible. No ibas a volver a pasar por ello.

Pero entonces, lo viste. La luz del palo no te había permitido darte cuenta, pero a lo lejos, había otra fuente de luz. Esta era mucho mayor. Su calidez te empezaba a llegar. Fuiste en su dirección, las ramas te hacían daño, pero no te importaba. Las rocas se clavaban en tus pies, pero no te importaba.

Cuando llegaste a la luz, te paraste en seco. Había alguien más ahí. Una figura se alzaba delante, con la piel sin rastro de arañazos por las ramas y los pies cubiertos por sandalias. Te dio miedo. Estaba muy por encima de ti. Era un ser perfecto. Y tu eras un mónstruo. Un ser desfigurado y dañado. Nunca estarías a su altura. Te hiciste un ovillo en el suelo, lejos de las llamas. El calor residual era suficiente.

Pero la figura se acercó a ti. Te envolvió en un abrazo. Te tendió la mano para ir hacia el fuego. Te acercó al fuego y continuó abrazándote. Tal vez sí que un mónstruo como tu pudiera encontrar a alguien. Tal vez, este mundo oscuro, lleno de dolor, sí que tuviera algo que valiera la pena.

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Arthur quitó la última palada de tierra del agujero que estaba haciendo en el suelo y se secó el sudor de la frente. Había sido un día muy duro trabajando y sus viejos huesos ya empezaban a quejarse. Renqueando, fue hasta su casa a descansar. El día siguiente todavía tenía cosas que hacer. Mientras el sol se ponía en la distancia, Arthur admiró el paisaje que se extendía ante él. Una gigantesca urbe, construída en los tiempos antiguos, se alzaba hasta más allá de donde sus ojos le permitían ver. Grandes moles de acero, cemento y cristal habían desafiado al cielo. Hoy en día, tan solo quedaban los restos. Le habían contado las historias, cómo antiguamente había sido un bullicioso centro de la gente más importante de todo el mundo. Le parecía irónico, tal desafío ante la tierra y el cielo, reducido a ruinas por el tiempo y la naturaleza. Había habido carros metálicos que llevaban a la gente, pero habían sido destripados todos hacía ya tiempo para hacer herramientas. Ya nada quedaba en esa gran urbe de antaño.

Su padre le había contado las historias del mundo antiguo. Su vieja memoria apenas recordaba nada de ellas, pero en sus tiempos mozos las había recogido por escrito y había guardado los escritos en un lugar seguro. Sin embargo, todas las historias tenían algo en común. El espíritu humano de no rendirse nunca y confiar en que todo iba a salir bien. Por supuesto, eso se estaba volviendo más y más difícil a medida que el tiempo pasaba y había que afrontar la realidad. Había esperado todo lo que había podido. Esperando que algún otro ser humano se le acercara. Pero no había tenido esa suerte. Los que habían partido de la aldea buscando otras localidades no habían vuelto. Los que se habían quedadado habían intentado mantener una población estable, pero habían sido muchos años de endogamia. Arthur era el último de todos. Hacía dos días había enterrado a su mujer. Habían tratado de tener hijos, pero la infertilidad era cada vez más común y por desgracia ambos la padecían. De su generación, ninguno había podido tener hijos. Todos habían muerto ya. Arthur era el último humano vivo. Y cada vez le quedaba menos tiempo.

Arthur fue a la cama. Mañana tenía que terminar con su propia tumba e instalar el aparato que le enterraría cuando muriera.

5

El día se fue enfriando a medida que se acercaba la noche y las estrellas comenzaban a brillar en el firmamento. Era una noche clara y las estrellas brillaban con fuerza. Aunque hacía frio, era un bello espectáculo, con la luna reflejándose en el mar.

Una voz salió de la parte de atrás del coche.

-¿Podríais poner el capote? Hace frío. O al menos poner la calefacción.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alchi y Viriato. Sin girarse. Alchi preguntó:

-¿Quien dice eso?

-Hektor. Me habéis sacado de mi sitio así que exijo al menos un poco de cuidado.

-JAJAJAJAJA. QUÉ GRACIOSA ALCHI. AHORA PARAMOS Y PONEMOS LA CAPOTA QUE YA REFRESCA.

La voz de Viriato era tan forzada que no había forma de que nadie creyera lo que estaba diciendo, ni siquiera sin contexto. El frenazo fue también brusco. Alchi ni se movió de su asiento. Estaba aterrorizada. Sentía frio, pero no era por el ambiente. Aún así, tragó saliva y, con voz temblorosa, preguntó:

-¿Así que eres un fantasma, Hektor?

-No, soy una rana que habla si te parece. ¿Tu qué crees?

-¿Y cómo es que acabaste como fantasma?

-Era contable en el templo. Un día bajando las escaleras me resbalé en una piel de plátano y morí. Pero como todavía tengo que hacer algo, no he podido pasar al otro lado.

-¿Y qué es ese algo? A lo mejor podemos ayudar.

-Ya, para libraros de mi, ¿no? Mira, no me voy a quejar ya que estar varios cientos de años en un edificio abandonado es un rollo y la vida eterna no me llama. Llevadme al jefe de la iglesia y ya me las arreglaré solo.

-Pues eso está difícil. Es un hombre ocupado.

-Meh, tengo todo el tiempo del mundo. Puedo esperar. Por cierto, como medida de presión no os voy a dejar abrir el cofre este hasta que no pase al otro lado.

En ese momento Viriato entró en el coche.

-Así que según dices, Alchi, para abrir el cofre tenemos que llevarlo al jefe de la iglesia. ¿Que te parece si hacemos esa la primera parada en el viaje. Seguramente nos tengan unos cuantos meses en lista de espera en los que podemos ir al resto de los templos.

-O podríamos enviar el cofre como un regalo.

-¿Estás loca? Con todo lo que puede haber en este cofre no me separaré de él ni muerto. Vamos a pedir audiencia y el cofre siempre con nosotros. ¿Que te parece si te encargas tu de manejarlo y eso?

-Te da miedo, ¿verdad?-Dijo Alchi con una sonrisa pícara.

La respuesta de Viriato quedó acallada por el ruido del motor al arrancar.


 

Y hasta aquí la historia que nos hemos montado de momento. ¿Qué os ha parecido hasta ahora? ¿Qué os gustaría ver? ¿Qué esperáis que pase? ¿Qué consejos nos podéis dar?

4

Viriato pisó el acelerador a fondo, alejándose del lugar tan rápido como pudo. Hasta que no llegaron a la carretera principal, ninguno de los dos habló. Alchi fue la primera en romper el silencio.

-Casi no lo contamos.

-Pero ya todo ha terminado y tenemos el botín, ahora…

Un ruido vino de la parte de atrás. Sonaba como el cofre moviéndose.

-¿Qué ha sido eso?-Preguntó Alchi repentinamente nerviosa.

-Habrá sido un bache. Deberían arreglar la carretera un poco. Ya estamos muy lejos de esas ruinas. Además, los fantasmas no existen.

-Claro. Lo que tu digas…

La voz de Alchi sonaba apática. Viriato intentó animarla por todos los medios.

-Vamos, no te pongas así. ¿No es esto lo que querías? ¿Que ambos hiciéramos un viaje juntos y pasar tiempo junto a tu hermanito?

-Es que después de tanto tiempo sin verte, no esperaba que lo primero que hiciéramos los dos juntos además de ir en coche fuera entrar a unas ruinas a robar un cofre antiguo. Esperaba algo. Ni siquiera se qué has estado haciendo estos años fuera. Un día apareciste y te me llevaste. Cierto, quería ir contigo, pero esperaba poder recuperar el tiempo. No… esto.

-Ya te enseñaré y explicaré cosas luego, que ahora estoy conduciendo y no puedo. Tengo un montón de cosas en mi maleta que creo que te gustarán. Recuérdamelo cuando montemos en el zeppelín. ¿Por cierto, cual es el siguiente destino en tu mapa personal? ¿A que templo vamos?

-Creo que lo mejor es al del Fuego. Pero cuando montemos al dirigible tienes que contarme lo que has estado haciendo.

-Claro que sí. Pero cuando lleguemos al zeppelín, ¿vale renacuajo?

Le revolvió el pelo con la mano y Alchi soltó una risita. El sol brillaba fuerte en el cielo y el mar pasaba al lado del coche. El día era demasiado bueno para usar la capota, así que Viriato paró un minuto y le quitaron la capota para disfrutar del tiempo. El fresco y salado aire del mar animó a Alchi, al menos un poco. Incluso se permitió una pequeña siesta. Aunque el templo del aire estaba en una isla, era una isla grande y la estación de zeppelín todavía estaba lejos. Llegarían aproximadamente a medianoche teniendo en cuenta la hora a la que habían salido.

3

Con mucho cuidado, bajaron por el hueco hacia la nueva cámara que habían encontrado. Viriato fue primero, iluminando con una linterna que había traído por si acaso. Alchi iba detrás agarrada a su hermano, temblando como un flan.

En la cámara había un par de estanterías vacías y un escritorio con una silla. Un pequeño cofre reposaba en el suelo. No era muy lujoso, pero aún así estaba adornado con alguna incrustación de metales poco preciosos. No había nada más, pero no parecía que hubieran saqueado la cámara.

Viriato se acercó al cofre e intentó abrirlo, pero estaba cerrado y la cerradura era de buena calidad, con lo que ni siquiera pudo forzarlo. Lo levantó y notó que pesaba lo suyo. Se le iluminó la cara. Un cofre con algo dentro, en una cámara secreta de unas ruinas antiguas… Seguro que contenía algún artefacto arcano. Lo levantó en brazos y se dio la vuelta.

-Si no es de nadie, nos llevamos esto. Venga Alchi, volvamos al coche.

-¿Seguro que nos lo podemos llevar?

-¿Quien nos lo va a impedir? ¿El fantasma de los antiguos moradores? Vamos, ya sabes que los fantasmas no existen.

Cuando salieron de la estancia, la losa de la entrada a la cripta se cerró tras ellos con un fuerte chasquido. Un aire frío les recorrió la espalda. A medida que avanzaban, aumentaba la tensión y el nerviosismo. Ambos notaban algo que les seguía, pero no querían darse la vuelta.

-Viriato, te hecho una carrera hasta la salida.

– Ya tardabas en decirlo.

Y ambos echaron a correr desesperadamente. La presencia detrás suyo se hizo más fuerte y aumentó en número. Ahora les parecía que no era una cosa lo que les seguía, sino que eran varias y en aumento. A cada momento más terribles y más cerca. Ramas de árboles que habían crecido les golpearon en la cara haciéndoles pequeñas heridas que comenzaron a sangrar más de lo que deberían.

Mientras corría, Viriato se decía a si mismo “Se racional Viriato, los fantasmas no existen. No pueden existir. Son todo imaginaciones tuyas. Es solo el viento. No pueden ser los fantasmas. Nunca te han hablado de fantasmas, con lo que no deben existir. Vamos, mantente firme. Sigue adelante. Y NO MIRES ATRÁS.”

Por la cabeza de Alchi solo pasaba un pensamiento. “AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA”

Pese a ir corriendo, el camino se les hizo más largo que el de ida. Cuando por fin llegaron a la luz del sol, se sintieron tremendamente aliviados, pero no dejaron de correr hasta llegar al coche, solo por si acaso. Llegaron resollando, doblados por el flato, pero no se detuvieron, cargaron el cofre en el asiento trasero y montaron en el coche.

-¿Donde vamos Alchi?

-ME DA IGUAL, ARRANCA Y YA VEREMOS.

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-Por supuesto que iremos. Ya tengo las mochilas preparadas y todo. Pero mañana.

Finalmente entraron en una orfebrería, donde el herrero engarzó la joya de viento en un pendiente dorado de forma triangular. Cuando terminó, era ya tarde, así que fueron a la posada del pueblo a descansar.

Cuando el sol se levantó de nuevo, ya estaban a medio camino de las ruinas. De lejos se veían pequeñas, pero de cerca eran casi tan grandes como un pueblo entero. La entrada todavía se mantenía en buena forma y no estaba bloqueada, pero el interior ya no estaba en tan buen estado.

Los tapices se habían retirado y la mayoría de las estatuas también, pero aún se podía ver donde habían estado y el tamaño que debían de tener. Solo la cantidad de estatuas y tapices que parecía que había ya era impresionante, pero los grabados en las paredes, con trozos esmaltados de vivos colores, ahora cuarteados, la gran escala de la arquitectura e incluso las puertas daban la sensación de estar en los restos de algo que había sido muy grande.

Tras un pasillo particularmente largo, llegaron a una zona más abierta. Probablemente porque el techo que había encima se había derrumbado y estaba todo por el suelo. Ahí, la luz del sol y la humedad del mar habían desarrollado una pequeña jungla. Los árboles crecían cerca de las paredes, enredaderas se mezclaban con las piedras del techo caídas e incluso crecían juncos en algunos lugares donde el agua se embalsaba. Alchi dió un grito y se escudó en su hermano.

-¿Qué te pasa Alchi?

-Creo que he visto un fantasma. Tenía el pelo largo y ondulado, iba desnudo y la piel se le pegaba a los huesos.

-Habrá sido tu imaginación. Puede que una brisa haya movido una telaraña y lo hayas confundido.

-¿Seguro?

-Seguro. Escucha bien el ambiente. ¿Crees que habrá alguien más? No se escucha nada salvo los pájaros.

La voz de Alchi tembló al contestar:

-Pero los pájaros están fuera. No me gusta esto. Ya he visto suficiente. Vámonos por favor.

Viriato miró a su alrededor. Una brisa agitó los árboles, las hiedras y las telarañas del patio derruido.

-Aún quiero ver un poco más. Cinco minutos y nos vamos, ¿vale? Mira, si tienes miedo, que sepas que golpearé a lo que te de miedo con este palo. Y recuerda que ahora tienes magia. No tienes nada que temer.

Alchi se agarró a la camisa de su hermano durante el resto del trayecto. Viriato decidió entrar en una habitación. Estaba totalmente desierta. No había ni estanterías carcomidas, ni huecos para estatuas ni absolutamente nada. Viriato comenzó a golpear el suelo con el palo. Alchi no sabía qué estaba haciendo, pero aparentemente Viriato sí que lo sabía, porque se acercó a una pared y, tras mirarla un rato, presionó una piedra. Un click sonó  desde el suelo y una gran losa que se confundía se deslizó hacia atrás. Una escalera bajaba hacia abajo.

-Pero qué diablos…

-Vamos Alchi, bajemos allí abajo a ver que hay y nos vamos. Y si hay algo hasta nos lo podemos llevar. Puede que este sitio más escondido todavía no haya sido desvalijado.

Ya visteis una colaboración con @marelisablanco en mi anterior escrito llamado Minirex en el que ella hizo un dibujo y yo hice toda la historia alrededor de ello. Pues a los dos nos gustó y hemos decidido hacer lo mismo, pero más largo. Ella empezó haciendo un dibujo y yo a desarrollar la historia de ese dibujo hasta llegar a su dibujo y luego un poco más. Luego, ella continua la historia con otro dibujo y yo lo mismo. Así hasta que acabemos. Aún está en desarrollo y me falta darle una revisión al escrito, que lo haré cuando esté para que quede todo mejor atado, ya que aún no sabemos dónde vamos o cuando acabaremos. Pero de momento, pondremos el principio a vuesra disposición, durante toda la semana laboral. Para la pausa para el café o algo así.

Toda opinión será bienvenida, salvo las que sean directamente insultantes, evidentemente. Eso nos ayudará a saber lo que querríais ver y lo que deberíamos mejorar.

Sin más demora, aquí tenéis la historia que todavía no tiene título.

historia-conjunta

Alchi y Viriato estaban agotados por la subida.

-¿No podrías haber vigilado mejor el depósito de combustible del coche?-dijo Alchi resoplando.

-Si no lo hubieras roto hace dos días, tal vez podría haberlo sabido, pero no soy un adivino, hermanita.

-¿Será por fin este el pueblo en el que está el templo del viento? ¿O has vuelto a coger el mapa del revés?

-Por el amor de Dios Alchi, ha sido solo dos veces. Y esta vez está bien. Ya lo sabes. El señor de abajo nos lo ha dicho. Mientras tu vas al templo, yo iré a por combustible.

Por fin llegaron a la cima de la colina. Un cabo se extendía delante suyo. Al fondo, había unas ruinas del antiguo templo del aire. Delante, se extendía la nueva ciudad del templo del aire y el nuevo templo del aire. El número de magos se había reducido considerablemente desde hacía ya mucho y el templo había quedado grande. Algunas partes se habían derrumbado y los magos del templo habían decidido que era más sencillo y barato hacer un nuevo templo que arreglar el viejo.

Alchi fue directa al templo en cuanto llegó. Dentro, los magos la recibieron con los brazos abiertos en cuanto supieron que quería unirse. Tras unas breves pruebas de aptitud, que pasó con extrema facilidad (tampoco es que fueran muy exigentes para conseguir nuevos magos. Probablemente las habría pasado incluso un recién nacido). Así, los magos del templo comenzaron con el ritual.

Se reunieron cuatro de ellos en el centro del templo y cogieron tres tipos de arena diferentes. Una era blanca, otra era marrón y otra era negra. El cuarto encendió el horno y puso el molde de la joya. Uno tras otro, pusieron las arenas dentro del horno mientras murmuraban palabras místicas, que las fundió, y se metieron dentro de dos semicírculos. Luego, sacaron una pequeña figura metálica, similar a un triángulo de alambre dorado, pero con más detalles que solo se veían desde muy cerca y lo pusieron entre los dos semicírculos. Los semicírculos se cerraron y un brillo cegador salió de dentro del horno cuando lo hicieron. Cuando los moldes se enfriaron, los abrieron y sacaron la joya, una esfera de metal verde, con el triángulo metálico en su interior, no más grande de dos centímetros.

Alchi salió fuera del templo con su joya, donde encontró a Viriato sentado. El coche a vapor que habían usado para venir ya estaba delante del templo. Había ido a buscarlo mientras Alchi hacía el ritual. Con una gran sonrisa, Alchi le enseñó la joya. Viriato también sonrió y ambos fueron a la calle de los herreros. Era tradición que las joyas fueran engarzadas según su poder. Para el viento, era habitual un pendiente o la montura de las gafas, pero alguno había con propuestas inusuales. Mientras andaban por la calle buscando un herrero, Alchi le dijo a su hermano:

-Mañana nos vamos a explorar las ruinas.

Todo comenzó un lluvioso día de Abril. Por supuesto, esto tiene una connotación diferente en el espacio que en la tierra. Desde la ventana de mi despacho en la estación espacial se podía ver la tierra de fondo, con una lluvia de meteoritos sobre su superficie. El planeta estaba cubierto de centenares de colas de fuego de las estrellas fugaces. Era todo un espectáculo. Pero siempre me había parecido más bonita la tierra. Siempre me distraía mirándolo desde el espacio. Por eso mi mesa de despacho daba la espalda al ventanal. Si no, me sería imposible hacer cualquier trabajo.

En ese día en concreto, vino el señor Blake. Ya había recurrido anteriormente a mis servicios. Llevaba un traje impoluto, a la ultima moda, cosa que contrastaba mucho con el sombrero de copa anticuado que llevaba. Debía ser un engorro en las zonas de microgravedad de la estación. También lucia un frondoso bigote, cuidado con mucho detalle. Destacaban en su cara unas cejas tan pobladas que darían envidia a la ciudad de Tokio.

Ya sabia a que venia. Siempre era igual. Tenia un problema grave que le iba a costar un dineral si no conseguía una solución satisfactoria. Y yo era la persona encargada de solucionar el problema. Ojala vinieran antes, cuando solucionar el problema me llevaría unos pocos minutos. Incluso podría evitar que el problema ocurriera del todo. Pero por supuesto, este también se le había ido de las manos. Siempre se les iba de las manos.

Siempre, ruegos desesperados. Había escuchado tantas veces el “Por favor, ayúdeme. Es mi única esperanza.” Siempre era igual. Estaba empezando a estar hasta las narices de tantos ruegos desesperados, todo por no seguir unas sencillas pautas.

Pero esta vez, fue diferente. Por eso lo recuerdo tan claramente. Por una vez, me habían hecho caso y habían tomado precauciones, pero no habían sido suficientes.

-Se trata de un problema que ha surgido con un viaje hasta próxima Centauri. Los muy…

El señor Blake solo podía balbucear. Estaba muy alterado. Más de lo habitual. Pero el caso pintaba interesante. Así que en un viaje hasta Próxima Centauri. Bueno, esto iba para largo. La tecnología hiperespacial era todavía muy nueva y tan solo sabíamos usar el hiperespacio para transportar información por aquel entonces. Eso quería decir que para comunicarte con Orión o con cualquier otro punto de la galaxia o incluso del universo, podías hacerlo instantáneamente, pero el viaje físico hasta allí todavía tenia que hacerse a velocidades cuasiluminicas. Con lo cual, se tardaban cinco años en ir desde la tierra hasta Próxima Centauri. Este trabajo iba a salirle muy, muy caro.

Para tranquilizarlo un poco, le pregunte:

-Vamos a ver, cálmese. ¿Qué ha pasado?

-Es mi invento. Me lo han robado. Los muy malvados…

-¿Cómo? Me parece que no le entiendo bien. ¿Le han robado el invento y no se ha dado cuenta hasta ahora?

-No. Bueno, si. Dejame explicarme.

La cosa, por visto, era que hace un año presentó un invento relacionado con la tecnología hiperespacial en una feria. Llevaba mucho tiempo desarrollándolo, pero todavía era poco mas que un prototipo. Hacía poco tiempo que había terminado de desarrollar el invento completamente, pero la oficina de patentes le había respuesto con una negativa alegando que ya tenían un invento con las mismas funciones exactamente y que este no era más que un plagio. Cuando había pedido ver la entrada de la que se suponía que se había copiado, se lo habían negado.

El pobre hombre estaba muy alterado con todo lo que había ocurrido, así que traté de calmarlo.

-Vamos a ver, tranquilícese. Arreglaré este problema cueste lo que cueste. ¿Que pone en mi puerta?

-Sam Boggart

-¿Y qué más pone?

-Abogado especialista en propiedad intelectual interestelar.

-Exactamente. Soy el mejor en esto, y lo sabe. El caso que me plantea es bastante peliagudo, al menos en parte, pero no se preocupe que voy a solucionarlo. Lo primero es saber quien es el que le ha robado el invento. Necesitamos un nombre. Una vez tengamos ese nombre, sabremos quien se lo ha robado. Y una vez sepamos quien ha sido, podremos saber qué es lo que tenemos que investigar. Sin embargo, me preocupa que no me esté diciendo toda la verdad.

-¿Que quiere decir?

-Vamos señor Blake. Soy su abogado de confianza. Soy el que se va a encargar de este caso. No me oculte información. Usted ha dicho que era un problema y que tenía relación con Próxima Centauri. Creo que usted ya tiene una pequeña idea de quien es el culpable. Y le agradecería que me lo dijera. Me ayudaría mucho.

-Yo no le oculto nada, como se le ocurre pensar eso.

El señor Blake había empezado a sudar profusamente, pese al control climático de la estación. Comenzó a tocarse el cuello, como si le incomodara algo. Se puso rojo y desvió la vista de mi. Me ocultaba algo. Estaba totalmente seguro. Hasta un niño de preescolar se habría dado cuenta. El señor Blake no era muy bueno mintiendo. Sabía lo que tenía que hacer para que cantara como un pajarito. Aunque en su caso tal vez sería más adecuado decir como una morsa. Me recliné en mi asiento, junté las puntas de los dedos y le miré a los ojos con una ceja levantada. Guardé silencio. A los pocos segundos, el señor Blake se rindió.

-Está bien. Cuando llegué a mi laboratorio, estaba muy cabreado y me puse a gritar. Fue entonces cuando me enteré que RSI, ya sabe, la empresa competidora a la que me tiene contratado, acababa de anunciar que habían hecho un descubrimiento revolucionario en viaje hiperespacial. El jefe de desarrollo y tecnología de RSI se fue hará unos tres años y medio hacia Próxima Centauri, con lo que en ese tiempo no puede haber desarrollado nada. Así que supuse que serían ellos. No es más que una suposición pero…

Así que era eso. Tan solo una suposición. Una muy probable, pero no tenía ninguna prueba que la respaldara. Seguía teniendo que comprobar quien era el que había registrado el invento de mi cliente en su lugar y le había robado el invento. Rápidamente, tracé un plan de acción.

-Muy bien señor Blake. Ahora mismo, quiero que usted vaya a su despacho y me traiga el impreso que presentó a la oficina de propiedad intelectual como petición registral. Ademas, quiero que me traiga la respuesta escrita que le dieron. En ella ha de haber suficiente información para poder ver la patente por la cual se lo denegaron.

Quince minutos después, tenía el impreso de petición registral delante. Pero no tenía la respuesta escrita denegando la inscripción. Esto era muy extraño. Debía tener una. Si no era así, era un problema muy gordo, pero para el registrador que no había aceptado a trámite la petición. Así no era como funcionaba. Tendrían que habérsela aceptado primero y luego habérsela denegado con un escrito.

-¿Y la respuesta escrita, señor Blake?

De nuevo, el señor Blake presentaba todos los signos de estar nervioso, amén de algunos más, como un tic en el ojo. ¿Cuándo aprendería?

-Verá es que… no me dieron ninguna. Cuando me dijeron que estaba ya patentado me puse furioso y me fui echando pestes de ahí.

No me sorprendía. Sin embargo, seguía siendo altamente irregular. Pero tenía que buscar una solución. Ahora tenía que encontrar quien era el responsable de denegarlo. Si no lo encontraba, podría tardar semanas en obtener una respuesta correcta, que probablemente fuera negativa, pero tuviera los datos que me hacían falta. Datos, información. Eso era lo que siempre me faltaba. Siempre guardaban lo que no me servía y tiraban lo que realmente me era útil.

-En ese caso, señor Blake, acompáñeme al registro y dígame cual es la persona que denegó su inscripción.

Cuando llegamos al registro, me señaló automáticamente a una mujer. Era una mujer por la que valdría la pena morir. Tenía un hermoso pelo largo y negro, unas caderas de infarto y unos brazos largos y delgados. El traje ceñido que llevaba solo realzaba su figura, dejando a la imaginación más de lo que revelaba. Su cara también era una obra de arte. Sus ojos almendrados captaban la mirada de casi todos los de la sala. Pero sus labios destacaban por encima de todo, pintados de reluciente negro. Era la mujer más bella que había visto. Debía de ser nueva en la oficina, puesto que por mi trabajo venía aquí con cierta frecuencia y nunca la había visto. Pero tenía que centrarme en mi trabajo. Ella era la que había denegado la inscripción. Muy bien, era hora de ponerme a trabajar. Me acerqué al mostrador.

-Disculpe señorita, me gustaría inscribir esta patente. Si fuera tan amable de tramitarlo, por favor.

Apenas miró la patente. Cuando contestó, lo dijo con una forzada simpatía y sin ni mirarme. Era evidente que no le apetecía estar allí encerrada y toda la simpatía que estaba dispuesta a ofrecer era la necesaria para conservar su puesto. ¿Cómo habría terminado en la estación? No era un destino normal. Tenía que pedirse expresamente y tan solo se podía venir aquí si ya se tenía un puesto de trabajo por los grandes costes del viaje.

-Lo siento. Ya tenemos una patente idéntica a esta. No se lo puedo tramitar. Gracias por venir.

Me quedé ahí, sin decir nada, mirándola atentamente. Cuando volvió a contestarme, toda la simpatía se había esfumado.

-¿Qué diablos se le ha perdido? Ya le he dicho que no. Váyase o llamaré a seguridad.

-Verá estimada señorita, según el artículo 43 del reglamento de funcionamiento de las oficinas del registro de patentes, no puede inadmitir una solicitud de registro de una patente de entrada, sino que tiene que admitirla de entrada y luego comprobar si infringe algún precepto. No puede denegarlo de entrada.. Es su obligación recogerla, tramitar la solicitud y dar una respuesta escrita. Es posible que usted no me conozca. Me llamo Sam Boggart y soy abogado especialista en propiedad intelectual aquí en la estación. Mi cliente, el señor Blake, ya vino a registrar esta misma patente y usted misma se la inadmitió directamente, sin darle ninguna respuesta escrita.. De hecho, tan solo ha echado un vistazo al nombre de la patente. No le ha dado tiempo a observarla en mayor detalle, por lo que creo que es muy presuntuoso por su parte negar directamente el registro. Déjeme decirle una cosa. Con las pruebas de que dispongo ahora mismo, y créame, dispongo de pruebas para demostrar lo que acaba de hacer, podría hacer que perdiera su puesto, que fuera encarcelada y que tuviera que abandonar la estación, además de abonar una suma más que cuantiosa al señor Blake. Y eso solo por los cauces legales. Tengo a mi disposición suficientes remedios paralegales que tomar que podrían ser muchísimo peores. Sin embargo, estoy dispuesto a pasar este incidente por alto si accede a cooperar conmigo.

La mujer me miró fijamente, sopesando sus posibilidades.

-¿De verdad cree usted que me importa este trabajo lo más mínimo?

-Lo dudo. De hecho, parece que lo desprecia, pero aún así, estoy seguro de que hay algo que hace que usted no huya a la tierra. Puedo averiguarlo sin ningún problema y sin dejarle con pruebas para decir que he sido yo.

Una mirada dice más que mil palabras. Eso es algo que había aprendido a lo largo de años y años de profesión. Y había aprendido a fingir todas las miradas que hicieran falta. Tras unos momentos, la mujer dio media vuelta y volvió tras cinco minutos con unas fotocopias que dejó en el mostrador.

-Esto es todo lo que puedo hacer y dudo que pueda hacer esto siquiera. Nada de esto ha ocurrido, ¿lo entiende?

Esta vez fue ella la que habló con su mirada. Su mirada pedía auxilio desesperadamente. Pero a la vez, dejaba entreve que estaba atada de pies y manos y que con esto se estaba arriesgando más de lo que debería.

-Le doy mi palabra. Nadie más se enterará de que usted me ha proporcionado estos papeles. Perdón por las molestias. Espero poder devolverle el favor algún día.

Con todos los escritos necesarios en mi poder, me fui a mi despacho a examinarlos con comodidad. Cuando entré, la visión de la tierra de fondo me hizo suspirar como siempre. Era tan bella… Pero tenía trabajo que hacer. Comencé a examinar de que iban las patentes. Probablemente tendría que haberlo hecho antes, pero no lo había necesitado. Ahora tenía que comprobar que iban de lo mismo.

Tan solo sabía que se trataba de un invento relacionado con tecnología hiperespacial, pero cuando descubrí cual era la invención en concreto que estaba en juego, comencé a entender por qué alguien se habría arriesgado a robarlo.

Era un motor hiperespacial. Con lo que tenía en mis manos, si se creaba el objeto, se podría viajar a cualquier punto del universo conocido y por conocer en cuestión de segundos. Hasta ahora, solo la información podía viajar por el hiperespacio, pero con esto… Se abría una nueva era de la exploración espacial. Se abrían todas las riquezas que ofrecía nuestra galaxia. Y no solo nuestra galaxia, también el resto de galaxias. Con esto, teníamos el universo a nuestros pies. Todo el espacio existente. Y aquí estaba la patente. El que consiguiera tener la exclusividad de este invento haría miles de millones. Probablemente se hiciera el hombre más rico del planeta. Es más, probablemente fuera el hombre más rico de toda la historia, aun sin ajustar a la inflación en el futuro. Pasaría a todos los libros de historia. Sería considerado la mayor eminencia científica de todas, ofuscando a Einstein, Newton, Pitágoras… En mis manos, tenía oro puro. No, el oro puro era menos valioso. En mis manos tenía el objeto más valioso de toda la historia. En mis manos, estaba escribir la historia bien o mal.

Y por supuesto que yo iba a sacar tajada de ello. Con este caso, podría retirarme si quisiera. Y si no recurrían a mi, estaban perdidos. Era el mejor. Y este caso era lo suficientemente importante para usar todos mis recursos. Yo no iba a pasar a los libros de historia, pero eso no era algo que me importase. El dinero que sacaría era suficiente recompensa, y me iba a asegurar de ello. Me puse a examinar los documentos al detalle.

El resultado final fue que ambos eran prácticamente idénticos. El invento del señor Blake era más avanzado, pero apenas había diferencias. Solo pequeños ajustes, típicos del paso de prototipo a modelo definitivo. Sin embargo, aunque se había intentado registrar posteriormente, se había hecho publicidad del invento en una feria muy especializada. Esto debería permitirme atacar el de la competencia.

El escrito ya registrado era, como se imaginaba el señor Blake, de RSI. De hecho, llevaba el sello de la oficina de Próxima Centauri. Según decía, se había presentado telemáticamente a través de comunicación hiperespacial. Además, tenía la firma del jefe de desarrollo de RSI. Por lo tanto, tenía que haber recibido el diseño por comunicación hiperespacial. Debido a ello, debía haber un topo que había filtrado los planos. Y era alguien que tenía acceso a ellos. Ese era un problema que tendría que esperar. Por mucho que quisiera atrapar a quien lo había filtrado y saber por qué, no me iba a ayudar a resolver el problema de que ya estaba registrado.

Era hora de recoger pruebas. Tenía que pensar lo que la otra parte iba a alegar y buscar formas de desmontarlo. Lo básico era demostrar que el invento era del señor Blake. Busqué gente que hubiera ido a la feria y que hubieran visto el invento. Unos cuantos testigos que lo certificaran. Tenía las fotocopias con el sello oficial que certificaba que eran idénticas a lo que estaba registrado. No creía que fuera a tener muchos problemas. Sin embargo, era probable que los de RSI decidieran confundir al tribunal con la relatividad. Ahí es donde tendría problemas.

Siempre se me habían dado mal los números. Esa era una de las razones por las que había escogido la carrera de derecho. Era bueno con las palabras. Se me daban bien las personas. Pero no podía tragar los números. Si tiraban por la relatividad y lo hacían bien, estaba perdido. A pesar de estar especializado en el espacio, no tenía ni idea de como funcionaba la relatividad a nivel técnico. Sí que pillaba el concepto general, pero estaba seguro de que en el propio tribunal iban a usar las ecuaciones concretas y ni yo ni los miembros del tribunal íbamos a entenderlas. Nos iban a liar y eso jugaba en mi contra. Necesitaba encontrar ayuda o aprender el funcionamiento de las ecuaciones como nunca. Pero ese día decidí ahogar mis preocupaciones el alcohol. A lo mejor el licor me iluminaba la cabeza. O a lo mejor pillaba una intoxicación etílica. Lo que ocurriera antes.

Por lo visto, ese fue mi día de suerte. Llevaba ya dos copas y el alcohol comenzaba a hacer de las suyas. Fue entonces cuando la vi. La mujer del registro, con su ajustado vestido, su cabello negro y su preciosa cara y sus sensuales labios. Lo sensato habría sido no acercarme a ella, pero el alcohol había tomado suficiente control sobre mi cuerpo para que esa idea fuera descartada.

El resto de la noche la recuerdo brumosa. Recuerdo hablar con ella. Se llamaba Dalila y por lo visto tenía un grado en astrofísica. Siempre había querido viajar al espacio a trabajar, pero llevaba un tiempo sin encontrar nada. Un día, RSI contactó con ella para un trabajo. Le iban a conseguir un puesto como registradora de la propiedad, pero a cambio iba a tener que denegar la inscripción del señor Blake. Esto me cuadraba perfectamente. Por eso la había inadmitido en lugar de admitirla y denegarla. Había entrado a través de unas oposiciones amañadas. No sabía cómo funcionaba el registro. Pero ahora RSI había roto el acuerdo y había conseguido que la expulsaran de su puesto de trabajo. Sin un puesto de trabajo, tendría que abandonar la estación en la siguiente nave que partiera.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme a la mañana siguiente en una habitación desconocida, totalmente desnudo, con Dalila también desnuda a mi lado. Había ropa por todas partes. Había sido una noche loca, por lo visto. Tendría que repetirlo en un futuro, pero sin alcohol, para recordarlo. Comencé a vestirme. Ya tenía a mi experta en astrofísica. Estaba casi vestido cuando Dalila se despertó.

-¿Ya te vas, hombretón?

-Tengo trabajo que hacer. Ya lo sabes. Y cuanto antes me ponga a ello, mejor.

-Esperaba que pudiéramos hacerlo una vez más antes de separarnos para siempre.

-No te preocupes, así será. Vente a mi despacho dentro de una hora. Tienes una tarjeta en la mesilla.

Cuando volví a mi despacho, allí me estaba esperando, tan perfecta como siempre. Yo llevaba una carpeta con un montón de papeles.

-¿Qué es eso que llevas?

-Los registros de vuelo de la nave en la que viaja el supuesto inventor de la patente de RSI y los detalles técnicos de su nave. Voy a necesitar que les eches un vistazo y me digas qué conclusiones sacas.

-Mi nave sale dentro de cuatro horas y todavía tengo que empaquetar todo. ¿Cómo me va a dar tiempo a mirar todo eso?

-Fácil. Te ofrezco ser mi ayudante. Tengo el contrato ya preparado. Con solo una firma tuya puedes quedarte en la estación. Además, te ofrezco la posibilidad de vengarte de RSI. Ambos salimos ganando.

Primero me miró extrañada, pero luego se encogió de hombros y agarró el contrato de trabajo. Tras leerlo entero dos veces, lo firmó.

-Perfecto. Voy a formalizar esto antes las autoridades de la estación para que cancelen tu salida de la estación. Mientras, échale un vistazo a eso y me cuentas.

Pronto descubrí que Dalila era igual de metódica en todo lo que hacía. Estuvo dos días seguidos repasando los datos antes de darme una respuesta definitiva.

-Esta nave ha seguido un curso un tanto extraño. Si examinas los datos con atención, hay un momento en que cambia su velocidad. Debido a eso, mientras que deberían haber pasado doce meses en su interior, solo han pasado once. Y fue un punto muy concreto. Es hace un año. Es muy posible que recibieran las órdenes y los planos por comunicación hiperespacial. Esta nave en concreto no debería tener instalado un comunicador hiperespacial, pero se modificó para que tuviera uno.

Eso era perfecto. Teníamos una prueba que demostraba que la nave podía recibir comunicaciones. Y además, que había habido un cambio de la velocidad de la nave que coincidía con el anuncio de un motor que permitía ir por el hiperespacio. No solo eso, teníamos el testimonio de Dalila de que la habían contratado y le habían encargado trabajar en el registro para denegar esa inscripción, además de grabaciones y documentos que lo demostraban. No había tirado nada. Todo iba a pedir de boca y por lo tanto, algo se nos estaba pasando por alto.

Me pasé todo el día siguiente examinando tratados internacionales y acuerdos entre ambas empresas hasta que encontré una cláusula en un acuerdo por el que ambas empresas se sometían a la competencia del tribunal de la estación espacial internacional en materia de propiedad intelectual. Ya tenía donde ir, así que redacté el escrito de demanda y lo presenté.

Tardaron un poco en dar la respuesta admitiendo a trámite la demanda y todavía más en contestar a la demanda. Como esperaba, se opusieron a ella. Su principal argumento para oponerse, por lo que pude entender del horrible escrito que hicieron, era la relatividad, como me esperaba. El invento se había presentado en la feria hacía un año exactamente, sin embargo, por la relatividad, los integrantes de la nave llevaban solo once meses en el espacio, con lo que para ellos, todavía faltaba un mes para que se presentara el invento. Esto cuadraba con lo que había calculado Dalila, salvo que no mencionaban el cambio de velocidad. El tribunal señaló vista para dentro de una semana.

Cuando llegó el día del juicio, Dalila, el señor Blake y yo tomamos una lanzaderas hacia la estación espacial internacional. Había sido sustituida hace unos 20 años por una nueva estación espacial, con todos los avances modernos. No era la tecnología más puntera que existía, pero estaba bastante cerca. Durante un tiempo, el tribunal había estado situado en el centro de la estación, en la zona de gravedad cero, pero rápidamente cambió de lugar porque los magistrados y las partes se mareaban con el movimiento de las paredes. Yo estuve y hay que decir que era, como mínimo, molesto, y una distracción innecesaria.

Las dos partes estábamos preparadas para entrar en el tribunal. En él, tres jueces nos escucharían y decidirían quien tenía razón. Estaba tranquilo, cosa que no se podía decir de Dalila y Blake. Yo ya estaba curtido en cientos de batallas judiciales, pero para ellos, esta era la primera vez. Les había explicado cómo debían comportarse y les había dejado muy claro que a menos que se lo dijera expresamente yo o algún miembro del tribunal, no dijeran nada. Era importante que no respondieran a las pullas de la defensa.

Por fin, los jueces nos dejaron entrar y comenzó la vista. En la tierra, las vistas duraban un tiempo determinado y si hacía falta se posponía para otro día. Debido a los costes del viaje espacial, aquí era diferente. Las vistas duraban lo que hacía falta, con pausas cada cierto tiempo para reorganizar la estrategia y relajarse un poco, ya que podía hacerse muy pesado. Si se alargaba demasiado, proseguía al día siguiente y las partes descansaban en la propia estación espacial.

Así comenzó el juicio. Las primeras intervenciones de cada una de las partes no fueron más que formalidades. Nosotros expusimos nuestra versión de los hechos, ellos expusieron su versión de los hechos… lo típico. La parte interesante venía después, con las pruebas.

Por fin llegó la fase probatoria. Lo verdaderamente importante. Lo primero que hice fue presentar el testimonio de Dalila conforme había denegado la inscripción de la patente por instrucciones de RSI. Cuando protestaron, supe que los tenía. Tal y cómo esperaba, dijeron que si lo que había dicho Dalila era cierto, era un delito de usurpación de la función pública y por lo tanto, el tribunal no era competente. El abogado encargado de la defensa no era especialmente brillante.

Aquí entró en juego otra de las especialidades del tribunal de la estación espacial internacional, también por el precio del viaje espacial. El tribunal de la estación espacial internacional podía conocer de asuntos civiles, mercantiles, penales, administrativos, laborales… Todos los juicios con una conexión con el espacio ultraterrestre se llevaban a cabo en la misma sala. En la tierra, si en un juicio civil aparecía un problema penal, se abría un proceso penal y este lo llevaba a cabo otro tribunal. Aquí no. Todo se hacía en el mismo.

Hubo un descanso de unos minutos y comenzamos con la parte penal del juicio. Aquí la evidencia fue abrumadora. La metodicidad de Dalila había facilitado mucho mi trabajo. La evidencia era tal que para evitar una pena de cárcel, admitieron todo.

Casi no podía creerme lo bien que estaba yendo todo. Ahora tenía una declaración expresa de que habían influenciado en el registro de la propiedad para evitar que mi cliente registrara una patente. Eso era como dispararse en el pie, pero claro, preferían eso y que nosotros nos conformáramos con una pequeña multa a que encarcelaran a los jefes de la compañía. Eso habría hundido la compañía.

Con la parte penal ya resuelta, retomamos la parte de la patente. Comencé a atacar todas sus alegaciones, sin dejar ninguna en pie. Fue entonces cuando llegaron a la que era más difícil de todas. No porque fuera complicada de refutar, sino porque lo difícil era hacer que los miembros del tribunal entendieran algo de lo que se les decía. Nos tocaba hablar de relatividad.

Ellos alegaron que en el interior de la nave no había pasado un año desde que se hizo la presentación en una feria, dando publicidad al invento del señor Blake. Por lo tanto, no podrían haber sabido del invento. Yo presenté el peritaje hecho por Dalila. Todas las ecuaciones, todas explicadas, una detallada explicación de cómo funcionaba la relatividad con ejemplos que aclaraban lo que ocurría… Fue una clase magistral. Y aun así, creo que la prueba decisiva para convencer a los jueces de que sí pudo saber algo aún estando en la nave es el hecho de que la nave alteró su velocidad tras la presentación. La gente puede ser muy obtusa con lo que no entiende.

Los había desarmado completamente. No les quedaban argumentos. Había refutado todo lo que habían alegado. Los jueces estaban convencidos de que el señor Blake tenía la razón. La sentencia de condena no fue más que el clavo final en el ataúd. Habían de pagar una cuantiosa multa por usurpar una función pública, se les revocaba la patente que tenían registrada y se le daba al señor Blake, además de una indemnización por daños y perjuicios y de las costas del juicio. Dalila no se libró tampoco de una pequeña multa por hacerse parar por registradora de la propiedad, pero se libró también de la pena de cárcel. Y gustosamente iba a pagar yo la multa.

En el viaje de vuelta a nuestra estación, hablé con el señor Blake.

-Enhorabuena, Señor Blake. Debe estar muy contento con el resultado del juicio.

-Muchísimas gracias. No lo podría haber hecho sin usted. Por fin está todo solucionado.

-Bueno. Todo todo no.

-¿A qué se refiere? ¿Qué falta por solucionar?

-Bueno, en primer lugar, todavía pueden recurrir la sentencia. Por suerte, solo cabe un recurso. Y tal y cómo ha ido este juicio, dudo que se atrevan. Solo supondría más gastos para ellos. Además, queda por saber quién filtró los planos a la competencia. No creo que pudieran desarrollarlos ellos solos, ni mucho menos que el diseño fuera idéntico al suyo en todo con solo un vistazo y una explicación breve. Esos planos fueron una filtración.

-Pero si trabajé en total secreto. Nadie sabía de los planos aparte de mi y de mi ayudante.

-Pues entonces, o bien su ayudante filtró los planos, o bien entró un espía y se los robó. Porque no creo que usted los filtrara a la competencia sin darse cuenta. Usted mismo, elija cual de las dos es más posible. Y para la próxima vez, a ver si lo registra antes y nos ahorramos disgustos.

Finalmente, no hubo ningún recurso y la sentencia se hizo firme. Por supuesto, el motor hiperespacial, capaz de transportar materia por el hiperespacio, está cambiando el mundo tal y como lo conocemos. Y tanto yo como Dalila nos llevamos una más que suculenta tajada de ese caso. Pero no dejé el ejercicio de la abogacía, me gusta demasiado este mundo. Además, aunque tenga suficiente para retirarme, siempre puedo retirarme con más dinero en el bolsillo.

Resulta que hoy @MarelisaBlanco me ha dedicado un dibujo por Inktober. Y yo tenía ganas de escribir así que me he puesto a darle contexto al dibujo. Aquí está el dibujo y la historia que le he puesto. Magia. Dinosaurios. Intento de humor. Una imagen. ¿Qué más podríais pedir?

innktober

-¿Me explicas otra vez cómo acabamos atados por minirex?-Gruñó Lotte.

-Pues te intenté despertar porque había escuchado un ruido extraño, pero me caí encima tuyo y entonces…

-No hace falta que lo digas. Era una pregunta retórica. Maldita sea Brand, te contraté para algo además de ser un patán. No solo nos han atrapado los minirex, sino que se han llevado mi bolso con mis pociones y hierbas y se han llevado tu espada. Por el amor de todos los dioses, son minirex. Con sus manos no deberían ni siquiera podernos atar.

-…

-¿Brand?

-¿Si?

-¿No les darías un frasco con un líquido azulado que había en mi bolso, verdad? Con la etiqueta “Desarrollo de extremidades” escrita en él. Dime que no se lo diste, por favor.

-¿No?

-Cuando salgamos de esta te mato Brand. Pero antes tenemos que salir de esta. Puedo quemar las cuerdas con un hechizo pero seguimos teniendo que enfrentarnos a media docena de minirex. Y uno de ellos armado con una espada.

-¿No puedes quemarlos a todos?

Lotte soltó un suspiro.

-Los minirex son afines al fuego. No podría quemarlos. Y todavía no se otros hechizos que no sean de fuego. Para esto estamos viajando. ¿O no te acuerdas?

Brand y Lotte callaron un rato mientras discurrían lo que hacer. O más bien dicho, Lotte discurría lo que hacer mientras Brand murmuraba “Si tuviera cualquier tipo de arma…” y miraba a los minirex mientras se zampaban todas sus reservas de comida.

-Brand, tengo una idea. Puedo quemar la base de la rama que está encima nuestro con cuidado y que en cuanto se suba un minirex se rompa. Cuando eso pase, tu agarras la rama y la usas de garrote.

Así lo hicieron. Lotte quemó las cuerdas un poco con su magia para poder romperlas fácilmente con hacer un poco de fuerza y la base de la rama quedó convertida en carbón sin que los minirex se dieran cuenta. Ahora necesitaban que un minirex se subiera. ¿Cómo los iban a engañar? Brand no tenía ni idea. Lotte, en cambio, sí. Miró hacia arriba como si hubiera algo y dijo en voz alta:

-Anda, esa granada de ahí arriba tiene una pinta muy jugosa. Ojalá me la pudiera comer.

Los minirex adoraban la comida por encima de todo. Eran unos glotones. Si creían que había comida buena, irían a por ella sin pensárselo. En cuanto el primero subió a la rama, esta se rompió y cayó. Brand rompió sus ataduras y cogió la rama.

Al minirex que la había roto le dio un tremendo golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente en el suelo. Luego fue a por el de la espada. Con la rama mantuvo la espada en el suelo y de una patada lo envió entre las ramas. Ya con su espada en mano, el resto de la pelea fue como un paseo en el parque. Brand tal vez fuera torpe en muchas cosas, pero con la espada no había quien le ganara. Despachó a dos con un solo tajo. Un tercero se lanzó a por él y mientras lo esquivaba su espada abrió un tajo en el cuerpo del minirex, que cayó inerte al suelo. El último era el que tenía la bolsa con las pociones de Lotte. Antes de que pudiera empezar a correr lo decapitó.

Ya no había minirex en el lugar. El cuerpo del último cayó al suelo, llevándose consigo la bolsa con las pociones, de la que salió un sonido de cristal rompiéndose. Mientras Lotte se acababa de librar de sus ataduras, Brand miró dentro de la bolsa temiendo que se hubiera roto algo importante. Solo vio una botella con un líquido naranja y una etiqueta medio despegada que tenía una raja en el cristal. Supuso que Lotte no la querría, así que la tiró entre los árboles.

Lotte le arrancó la bolsa de las manos en cuanto llegó a su altura y miró su contenido.

-Brand…

-¿Sí?

-Ya se que la botella de desarrollo de extremidades no está, pero me falta otra.

-Estaba rota así que la tiré entre los árboles. ¿Era importante?

Un fuerte sonido de madera rompiéndose llegó de la dirección en que había tirado la botella. La misma en que había tirado al minirex que se había llevado su espada.

Con una sonrisa forzada y un tono sarcástico tan marcado que hasta Brand lo notó, Lotte respondió a su pregunta.

-No, que va. Solo era la de aumento de tamaño.

Un gigantesco T-rex entró en el claro del bosque blandiendo un árbol caído como un garrote.

-Como salgamos de esta te mato, Brand.

-Como salgamos de esta, ya lo hago yo.

Alguien estaba a punto de comerse un bocadillo de nudillos. Por desgracia, no era yo. Los bocadillos de nudillos de Ammyt eran una delicia traída de egipto. Y como eran una delicia, se salían de mi presupuesto. No, quien se iba a comer el bocadillo de nudillos era el hombre que estaba investigando. El falso alquimista. Parecía tener unos trenta o cuarenta años, llevaba el pelo corto y perilla en la que se veían unos cuantos pelos blancos. También llevaba un colgante de Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola.

Hacia una semana que había llegado diciendo que había conseguido crear la piedra filosofal o la piedra chintamani o alguna cosa parecida. La cuestión es que podía convertir el hierro en oro. Aunque algunas de las criaturas del submundo tienen literalmente un caldero lleno a rebosar de oro, siempre podrían usar un caldero de oro para transportar su oro. Por impráctico que fuera, les atraía lo brillante.

Pero por desgracia para este supuesto alquimista, estaba en Barcelona. Y a quien no han intentado timar cuatro o cinco veces, lo han conseguido timar al menos diez. Así que muchos de los seres del submundo vinieron a mi para que comprobara la veracidad de lo que decía. En ese momento comenzó mi investigación.

Le llamé como una potencial cliente, para ver cuanto pedía. Para ser que convertía hierro en oro, no pedía mucho. Podías hacer negocio con eso. Cuando le mencioné esto me dijo que ya tenía todo el dinero que podía querer, así que decidía ayudar a los demás. Se le olvidó mencionar que ayudando a los demás cobraba el dinero que decía que le sobraba, pero la experiencia me decía que la gente rica no siempre era racional. Muchas veces era justo lo contrario.

Mientras se comía su bocata de nudillos, saqué una vieja olla de hierro que uno de mis muchos clientes me había prestado y se la di para que la convirtiera en oro. Por suerte para mi, era una de las primeras clientas que tenía en Barcelona, así que me dejó pagar después de la transformación. Le di la olla y me dijo que al día siguiente la habría transformado en oro. Como no tenía nada más que hacer, por ahí hasta que me diera la olla, me fui a mi oficina a hacer un poco de papeleo y luego me fui a casa a descansar un poco. Al día siguiente fui a primera hora de la mañana a ver al alquimista.

Cuando llegué, efectivamente había una olla de oro como la que le había dado. Y también era más pesada. No sabía mucho de ciencias en general, pero sí que sabía que el oro era bastante pesado. Pero seguía habiendo algo que me escamaba. Y de hecho, se me había ocurrido una idea.

Hacía tiempo que había aprendido que era una buena idea llevar encima una navaja. Más de una vez la había usado para cortar cuerdas y escaparme. Y como último recurso para defensa personal tampoco estaba tan mal. Si seguía subiendo el precio de la munición iba a acabarla usando mucho más que hasta ahora.

Cuando intenté clavar la navaja en la olla, rebotó y saltó una fina película dorada, dejando al descubierto el metal de debajo. Era justo lo que imaginaba.

-¿Así que tu piedra filosofal no es más que un truco de poner plomo para simular el peso y pintar con un espray dorado lo que te dan? Joder, que cutre. Al menos podrías usar pan de oro y no un triste aerosol.

Antes de acabar la frase, el alquimista había recogido ya todas sus pertenencias y se había largado por la puerta. Tampoco es que me imporara. A mi me pagaban por descubrir si de verdad convertía las cosas en oro o no y ya lo había descubierto. Cogí la olla y volví al Rainbow’s Arse para devolverle al cliente que me había dejado el caldero su premio y recoger mi pago de todos los clientes. El alquiler de este mes ya estaba pagado.

Le devolví el caldero Kilbeggan, el leprechaun más avaricioso de toda Barcelona.

-Así que era cierto lo que decía…-Dijo con los ojos puestos en el caldero brillante.

-Que va. Ese Kent no era más que un engañador. Ponía plomo para simular el peso y lo pintaba de dorado. Solo era una estafa. En cuanto le he pillado ha cogido todo y se ha largado de Barcelona. A estas horas debe estar todavía por la Diagonal parado en algún semáforo. Yo ya he cumplido con mi parte. Si queréis hacerle algo ya os apañaréis.